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CONVIENE SABER

Dos comparecencias, dos maneras de entender lo público

Publicado: 03/02/2026 ·06:00
Actualizado: 03/02/2026 · 06:00
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El contraste no pudo ser más elocuente. El martes pasado, en el Senado, comparecía Pilar Bernabé en la comisión de investigación de la Dana. Ayer, en el Congreso, lo hacía Alberto Núñez Feijóo en la suya. Dos escenarios, dos estilos y, sobre todo, dos formas radicalmente opuestas de entender la responsabilidad pública ante una tragedia que costó vidas, destrozó pueblos y marcó para siempre a miles de familias valencianas.

Bernabé compareció como lo que es: una servidora pública que el 29 de octubre hizo todo lo que estaba en su mano. Con datos, con serenidad, con respeto institucional y con una idea muy clara: explicar qué se hizo, cómo se hizo y desde qué marco competencial. Sin dramatismos impostados ni victimismo. Con la convicción íntima de quien puede decir, con honestidad, que actuó conforme a su deber. Por eso, como ella misma señaló, puede dormir tranquila por las noches.

La comparecencia de Feijóo ha sido, en cambio, un ejercicio de prepotencia política y de desprecio a la inteligencia colectiva. El presidente del Partido Popular acudió a una comisión de investigación no para esclarecer, sino para mantener un relato ya desmontado por la instrucción judicial y avalado por la Audiencia Provincial. Fue a mentir, a reciclar bulos, a blanquear responsabilidades ajenas y a seguir protegiendo a quien no debería seguir ni un día más en la vida pública: Carlos Mazón.

Mazón, recordemos, no solo fue el máximo responsable político de la emergencia, sino que estaba en El Ventorro mientras el agua arrasaba pueblos enteros. A pesar de ello, el PP lo mantiene como diputado y disfrutando de los privilegios de un expresidente “digno”, cuando su gestión fue cualquier cosa menos digna. Feijóo lo ha aplaudido, defendido y blindado durante quince meses. Y hoy ha vuelto a hacerlo, sin rubor, sin autocrítica y sin una sola palabra de empatía real hacia las víctimas.

¿Y qué tiene que aportar a la sociedad española un líder político que miente sin pudor en una comisión parlamentaria? Nada nuevo. Nada útil. Nada que ayude a cerrar heridas ni a evitar que vuelva a ocurrir una tragedia semejante. Solo ruido, confrontación y una estrategia deliberada de desgaste institucional.

Frente a esa frialdad calculada, la dignidad de una delegada del Gobierno y de un Ejecutivo que, desde el primer día, estuvo al lado de la Generalitat valenciana para que lo esencial fuese la ayuda a la ciudadanía. Con una coordinación clara: mando único de la Generalitat y todos los recursos del Estado a disposición de lo que se necesitara y se requiriera. Sin invadir competencias, sin protagonismos, sin convertir el dolor ajeno en arma política.

Pero el problema ya no es solo la Dana. El problema es el contexto de violencia política al que la derecha y la extrema derecha quieren arrastrar a la democracia española. El domingo vimos cómo una concejala del PP acudió a un mitin del PSOE para insultar a gritos al presidente del Gobierno. No para reivindicar un hospital, una escuela o una mejora de servicios públicos, sino para descalificar personalmente. No fue espontáneo, estaba preparado. El insulto como método, la provocación como estrategia.

Es tan fácil para ellos deshumanizar al adversario porque se basan precisamente en eso: en negar legitimidad al diferente. Primero es la descalificación. Luego viene la normalización del desprecio. Y el siguiente paso es la agresión. También la justifican. Hoy Feijóo ha llegado incluso a trivializar una agresión cuando ha criticado que Pedro Sánchez abandonara Paiporta tras sufrir un ataque. Apología implícita de la violencia política, presentada como valentía o como “dar la cara”.

No es una excepción española. Es una tendencia mundial muy consolidada, con consecuencias profundamente peligrosas para la convivencia democrática. Se pide rebajar el tono, pero con este PP es imposible. Porque su estrategia no es debatir, sino depreciar al adversario sin argumentos. No proponen alternativas, no formulan políticas, no ofrecen soluciones. Apelan a las tripas, no a la razón.

Dar la cara frente a las tragedias es lo que hace el PSOE. El PP, en cambio, criminaliza a las víctimas cuando no encajan en su relato y busca culpables externos para no asumir responsabilidades propias. Dos maneras diametralmente opuestas de gestionar una desgracia colectiva: una desde la responsabilidad institucional; la otra desde la propaganda y el cinismo.

Lo más preocupante es que este estilo no solo se tolera, sino que se celebra dentro del propio PP. Cuando la presidenta madrileña convirtió el insulto en consigna, aquel famoso “me gusta la fruta” en el Congreso, no pasó nada. Al contrario: compañeros como Feijóo o Rueda le rieron la gracia, le continuan bailando el agua. Es abominable que un partido que se considere democrático se entregue de una forma tan simplista a la estrategia del odio de la extrema derecha, que no perjudica a la izquierda, ataca en el corazón de la democracia y a los derechos y libertades de los que disfrutamos la sociedad española y no son perennes. 

Hoy, tras la comparecencia de Feijóo, la secretaria general del PSPV y ministra de Ciencia, Diana Morant, lo ha resumido con una claridad demoledora. No se puede ir a una comisión de investigación a mentir con tanta soberbia, a faltar al respeto a las víctimas con esa altanería y a seguir tapando a los responsables políticos. España necesita verdad, no propaganda; responsabilidad, no arrogancia.

Y ahí está, en el fondo, toda la diferencia entre ambas comparecencias. Una representó la dignidad de lo público. La otra, su degradación consciente. Una buscó explicar. La otra, ocultar. Una quiso servir. La otra, simplemente sobrevivir políticamente, aunque sea a costa de la verdad.

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