Muchos de ustedes, por su juventud, es posible que no conozcan la divertida película Don erre que erre, de Sáenz de Heredia, de 1970, protagonizada por un genial Paco Martínez Soria, un personaje terco e insistente hasta más no poder.
Y se preguntarán a cuento de qué recuerdo ahora esa película. Muy sencillo: la cabezonería y la insistencia de la Comisión Europea por acabar con la industria cerámica es incluso mayor que la de Don Rodrigo Quesada (Paco Martínez Soria) para que le devuelvan su dinero.
Esa insistencia de la Comisión Europea se va materializando día a día. Esta semana hemos conocido que Bruselas confirma el recorte del 34 % de los derechos gratuitos de CO2, lo que supone que la industria cerámica de Castellón “sufrirá un notable incremento de los costes que amenaza la competitividad, el empleo y la continuidad de la actividad industrial”.
¿Bruselas? ¿La Comisión Europea? Ninguno de los dos son entes abstractos. Están formados por personas, y estas personas pertenecen a partidos políticos. En concreto, la Comisión Europea está formada por 27 miembros: 9 de ellos pertenecen al Partido Popular Europeo y otros 5 pertenecen a la familia socialista, entre ellos la española Teresa Ribera. Una simple suma nos indica que entre populares y socialistas suman 14 miembros, es decir, mayoría suficiente para no haber aprobado esa rebaja en los derechos de emisión. Pero tanto el Partido Popular como el Partido Socialista son como “Don erre que erre” con las políticas verdes y los mantras climáticos que abocan a la industria cerámica a la inviabilidad y, después, a la deslocalización.
Una transición energética forzada, única y exclusivamente por criterios ideológicos condenará a cientos de industrias a la desaparición o a marcharse, y a miles de familias, al paro y a la miseria. La transición de las lámparas de aceite a la bombilla eléctrica, pasando por el queroseno, fue un proceso gradual que combinó avances científicos y necesidades económicas durante los siglos XVIII y XIX. A nadie se le ocurrió dejar ciudades y habitantes a oscuras por el hecho de que el aceite y el gas producían humo, olor y podían originar incendios, hasta que las bombillas incandescentes fueron viables y asequibles.
Bruselas, la Comisión Europea… ¡No! Populares y socialistas. Y hay que decirlo así de claro.
A los políticos españoles del PP y del PSOE se les puede aplicar el refrán español de “Mucho te quiero, perrito, pero pan, poquito”. Mucho viaje a Bruselas, muchas declaraciones grandilocuentes de apoyo al sector, muchas reuniones, muchas promesas y mucho titular, pero, a la hora de la verdad, no están dispuestos a dar el paso; no están dispuestos a forzar a sus comisarios europeos a hacer lo que hay que hacer para salvar al sector, en realidad, a toda la industria. No están dispuestos, unos, a dejar a un lado su sectarismo ideológico y reconocer que acabar con la industria y el progreso no va a salvar el planeta; y otros, a dejar a un lado su tibieza y cobardía intrínsecas.
Vox lo tiene claro. Transición energética, sí. Eficiencia energética, también. Proteger el medio ambiente, sin duda. Pero no a costa de destrozar el medio de vida de miles de personas.
Populares y socialistas siguen con su particular erre que erre, pero en Vox también somos tenaces cuando se trata de proteger lo nuestro y mejorar la vida de nuestros compatriotas, y por ello seguiremos defendiendo la industria de Castellón frente a la ideología que antepone su religión climática y frente a quienes no se atreven a llamar al pan, pan y al vino, vino.