Apocalipsis de intangibles, un mitin del MAGA en Minnesota, el regreso del cura Merino, los carlistones y los vapores de una sobremesa de pacharanes.
Cuando todo el mundo creía que la tarde se rendía, que este martes de mayo no daba más de sí, un fragor en las redes, la liquidación en directo de años de doctrina y manuales de comunicación empresarial nos lleva, a futboleros y arrimados, a trompicones, al centro del mundo deportivo-empresarial, a la rueda de prensa del presidente del club más rentable del orbe, que algo está pasando, allí donde — salvo el reciente lanzamiento de la sección de Kickboxing— nunca pasa nada.
Y como el fútbol es un pegamento que todo lo une, una colada de lava que sepulta la actualidad más atroz, y un mal día en la oficina, un diccionario redondo que da voz y motivos para polemizar al que nada sabe de este deporte y su circunstancia, aquí nos tienes a todos corriendo rijosos hacia las pantallas, guiñando los ojos ante el discurso deslavazado y faltón de un Richelieu inesperado, de un prócer veterano y desatado al que suponíamos oblicuo, elíptico y sagaz, regalándonos una catilinaria que ya sabemos que le va a costar el puesto a dos becarios de comunicación de la entidad madridista.
Bien visto, no es lo que se dice, sino cómo se dice. Tras un arranque belicoso, después de ordenar y completar la lista de señalados antis en los medios y la empresa, uno va viendo cómo el mito de la liturgia del poder elegante se desvanece, cómo la toga cándida con el Emirates en el pecho va poniéndose amarilla de sulfuros y bilis, y asiste, con algo de compasión pasajera, al espectáculo imprevisto de quien pensábamos que era un cardenal jesuita habitando en la Curia y ha terminado revelándose como un cura de trabuco y bota de vino, con las polainas y la canana perdidas de barro.
Y haciendo memoria, hemos llegado a pensar que vivíamos en una ucronía y que aquellas elecciones al Madrid del año 2000 no las ganó el magnate de la obra pública sino Juanito Navarro, pues es ver a ese Florentino pugnaz, distraído y enfadado, a ese señor que exhibe seguro médico, maneras de bingo y chorrafuerismo, y ponernos a pensar que ya no escuchamos al Príncipe de Maquiavelo ni a Il Cortegiano de Castiglione, que nos los han cambiado por El Chivo de Vargas Llosa, por El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias o por un doble del último Ceausescu, sentado ante el micrófono con los pies colgando sobre la línea grosera que separa a los míos de los que están contra mí.
Después de todo, no es que vayamos a sentir compasión por la compañía de infraestructuras de las tres letras condenada a competir, a este paso, por la depuradora de Benichembla, pero se va haciendo duro caer en la cuenta de que allí donde pensábamos que reinaban inteligencia, discreción y diplomacia vaticana solo queda ya una trinchera mullida en el palco, una legión de genuflexos y siervos incapaces de discrepar y una versión castellana del trumpismo más acometedor y procaz.
Y aunque pronto volvamos a enredar con Mourinho, con los fichajes que vendrán, con la tercera camiseta del Castilla o con el próximo stop-over de la NFL en el Bernabéu, nada puede impedir ya que al comandante de la nave blanca lo ubiquemos, a nuestro pesar, en esa región de sátrapas deslenguados y caudillos montaraces del fútbol, en lo que va de Gil y Lopera al Laporta del estómago perimetral o al Jesús Gil de los años de doblete municipal.
Y si con el río revuelto de la rueda de prensa de Flo todos pensabais que quien salía ganando era el Barça, la factoría de memes o la retórica del desafuero corporativo, quién de verdad se va a llevar esta Champions son los geógrafos, los muñidores de Atlas y los chinos que venden mapas en los bazares de Bravo Murillo, pues ese intemporal “a ver esa niña, que tiene derecho a hablar, que sois todos muy feos”, ha doblado el mapa de Madrid poniendo la calle del Pez en Concha Espina y a Don Latino de Híspalis y el esperpento de Valle en el sillón más codiciado del señorío deportivo mundial.
Contra todo pronóstico, hay partido.