Cuento de verano

Opinión

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Publicado: 14/08/2026 · 06:00
Actualizado: 14/08/2026 · 06:00
  • Vista de la playa de Levante de Benidorm
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Cerca del paseo principal de la playa se erigía la caseta que conectaba a cada veraneante con la parte de su vida que había dejado en casa. Eran estructuras de aluminio y plástico, ligeramente inestables. En su interior, una hilera de pequeñas cabinas albergaba el teléfono, el ansiado aparato con el que comunicarse con el marido, la hermana, los padres o la novia. Entonces era impensable contactar con el jefe.

Las colas eran enormes, especialmente a última hora del día, el momento de tarifa más económica. Se pagaba por pasos, que duraban más por la noche. Había familias enteras que, después de cenar, se acercaban al peculiar chiringuito para hacer la pertinente llamada. Cuando se acababa de hablar, la operadora, muy amable tras el mostrador, comprobaba la cantidad de pasos y aplicaba la tarifa correspondiente. El resultado era el coste de contactar, aunque apenas fuese durante unos minutos, con los restos de la monótona realidad que se rompía a orillas del Mediterráneo unas semanas al año.

Siempre me llamaron la atención aquellas casetas, que eran como las hermanas mayores de las cabinas de calle. También me fascinaba que la mayor parte de los turistas tumbados en sus hamacas de playa leyese el ABC. Mi padre, a quien llamábamos una vez a la semana, decía que era por la grapa, que impedía que se volasen las hojas.

Las llamadas se producían con una frecuencia dispar. Pocas eran diarias. Era carísimo y, probablemente, había poco interesante que contar. Quizá entonces la gente no se concedía tanta importancia como para retransmitir su vida en directo. Aquella postal era habitual en cualquier playa valenciana, pongamos, allá por el año 1985.

Cuarenta años después, en la misma playa, también cerca del paseo, una familia toma asiento en la terraza de un bar para comer. La pareja se sienta frente a frente. A su lado, tres hijos: dos niños y una niña, ninguno de los cuales debe superar los siete años. Apenas un par de minutos después de sentarse, los padres entregan un dispositivo móvil a cada pequeño. Desde ese momento, los tres permanecen absortos, hasta el punto de que el camarero tiene problemas para depositarles el plato sobre la mesa. Al tiempo, la pareja, de tanto en tanto, recupera el móvil para echar un fugaz vistazo. Se supone que al Whatsapp o a otra red social.

Decía Joan Fuster que el reloj de pulsera había acelerado nuestras vidas. El teléfono móvil no solo ha amplificado este efecto: también ha transformado nuestra relación con el espacio y con quienes lo ocupan. La hiperconexión multiplica los espacios en los que estamos y, por lo tanto, nuestras realidades. Cuando nuestra identidad se reparte entre las diferentes pantallas, el yo se descompone, a riesgo de perder la noción de quiénes somos.

Atendemos las mil notificaciones que nos reclama el móvil a todas horas. Y si no nos llegan, comprobamos el porqué de ese silencio para calmar a un cerebro que necesita nuevos impulsos. Mientras tanto, pasa la vida. La verdadera. La que no presenta artificio. La que empezamos a no sentir y la que quizá acabemos por no recordar.

De camino a casa, mientras dejo atrás la playa, me pregunto cómo hemos pasado, en apenas medio siglo, de buscar durante unos minutos a nuestros seres queridos a no poder separarnos durante un minuto del teléfono que tenemos al lado. Las antiguas cabinas servían para acercarnos a quienes estaban lejos. El móvil que llevamos sirve, demasiadas veces, para alejarnos de quienes están cerca.

Quizá por eso aquellas casetas tenían algo que hoy echamos de menos: un principio y un final. Se entraba, se llamaba, se pagaba y se salía. Después, simplemente, quedaba el verano.

 

Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor

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