La reciente publicación de la nueva pirámide alimentaria por parte del Departamento de Salud de Estados Unidos ha generado un notable desconcierto entre los profesionales de la Nutrición y, por ende, entre la población general. No tanto por introducir matices —algo esperable en documentos vivos que deben actualizarse con la evidencia científica— sino por el mensaje global que transmite y la imagen que lo acompaña: una pirámide invertida que podría recordar a una pérdida de equilibrio, esta vez, de la alimentación.
Entre los cambios más llamativos que observamos con respecto a las recomendaciones recientes y hasta ahora respaldadas por la comunidad científica, llama la atención la prioridad que se otorga a lo que denominan “proteínas de calidad”, situando a la carne roja en una posición protagonista. Este énfasis no solo desplaza claramente a las proteínas de origen vegetal —legumbres, frutos secos o semillas, que algunos de ellos ni siquiera aparecen en la imagen— sino que ignora de forma preocupante el consenso científico internacional que, desde hace años, recomienda aumentar el consumo de proteínas de fuentes vegetales por sus beneficios demostrados en la salud cardiovascular, metabólica y también medioambiental.
La sensación de desconcierto aumenta cuando se observa detenidamente la imagen que acompaña a la guía. Mientras la guía habla de una supuesta “distribución equitativa” entre proteínas, grasas, frutas y verduras, la pirámide se da la vuelta: los cereales quedan relegados a la base más estrecha, transmitiendo la idea de que los hidratos de carbono deben evitarse, y se sitúan al mismo nivel alimentos de consumo ocasional, como las grasas animales. Junto a ellos con una recomendación de consumo “mínima” de verduras, cuya recomendación por parte de organismos internacionales y del propio colectivo de dietistas-nutricionistas es de un mínimo de cinco raciones diarias.
Algo similar ocurre con los frutos secos, situados en un nivel intermedio sin una justificación clara, pese a su recomendación de consumo habitual por su perfil graso saludable. En el caso de las frutas, la imagen llega a fragmentarlas en distintos niveles del centro de la pirámide, junto a la mantequilla, los lácteos, los huevos o el marisco, sin que se entienda qué criterio nutricional respalda esa división.
Estas incoherencias que refleja la nueva pirámide estadounidense dan la espalda a décadas de evidencia científica que ha demostrado cómo una alimentación equilibrada, basada en un consumo adecuado de cereales integrales, priorizando las legumbres como proteína vegetal, las verduras, las hortalizas, las frutas, y el aceite de oliva virgen extra como grasa principal, tiene resultados positivos en la salud de toda la población. Por lo tanto, esta nueva estructura invertida no puede considerarse un progreso, sino más bien un retroceso.
Hay recomendaciones en la guía que, sin duda, son acertadas: el mensaje de evitar ultraprocesados, bebidas azucaradas, azúcares añadidos y edulcorantes —especialmente en la infancia— es correcto y está bien alineado con la evidencia científica. También lo está la recomendación de evitar el consumo de alcohol. Sin embargo, estos aciertos no aportan ninguna novedad y quedan diluidos en un conjunto de mensajes y sobre todo una imagen, poco coherentes.
Y es que las guías alimentarias propuestas por los organismos públicos e instituciones, así como las imágenes que habitualmente las acompañan, tienen un objetivo claro: educar, informar y generar en la población un mayor interés por alimentarse mejor cada día, basándose en resultados científicos que respalden estas recomendaciones. Es importante recordar que estas guías no son documentos universales ni exportables sin más. No se adoptan de otros países, sino que se adaptan a la cultura alimentaria, al contexto social, al sistema productivo y a los patrones de consumo de cada población. Precisamente por ello, resulta aún más relevante que las recomendaciones oficiales se alineen con la mejor evidencia científica disponible y no refuercen modelos alimentarios desequilibrados o difíciles de sostener desde el punto de vista de la salud pública. Esta nueva pirámide, sin embargo, ha logrado justo lo contrario: confunde más de lo que orienta.
Desde el Colegio Oficial de Dietistas-Nutricionistas de la Comunitat Valenciana (CODiNuCoVa) continuamos abogando por el Plato Saludable como herramienta capaz de establecer proporciones nutricionalmente equilibradas en cualquier comida, haciéndola saludable y acorde con una alimentación que contribuya a la salud. Si conseguimos que el 50 % del plato esté compuesto por verduras y hortalizas, priorizando aquellas de temporada y proximidad; que el 25 % sean proteínas —carnes, pescados, huevos o legumbres— priorizando las de origen vegetal; y que el 25 % restante correspondan a cereales, mejor integrales, como arroz, pasta o pan, lograremos una dieta equilibrada que permita comer saludablemente a diario, prevenir enfermedades no transmisibles, mejorar la calidad de vida y evitar el sobrepeso y la obesidad.
En definitiva, las guías alimentarias deberían ser una brújula fiable para la población, una herramienta clara que ayude a tomar decisiones cotidianas con impacto directo en la salud presente y futura. Cuando el mensaje se vuelve confuso, contradictorio o se aleja del conocimiento científico consolidado, se pierde una oportunidad clave de empoderar y proteger a la ciudadanía. En un contexto en el que existe un amplio consenso científico sobre los patrones alimentarios asociados a mejores resultados en salud, insistir en modelos poco claros no solo desorienta, sino que nos aleja de una alimentación más saludable, justa y sostenible.
Maria Tormo Santamaría es vicepresidenta por Alicante del Colegio Oficial de Dietistas-Nutricionistas de la Comunitat Valenciana (CODiNuCoVa)