Crisis y democracia, en estos días, conforman uno de esos sintagmas que jamás han desaparecido de la cultura pública. Una y otra vez se nos mencionan diversos fenómenos que ponen de manifiesto el atolladero en que se encuentra esa forma política, tan anhelada como vituperada.
Parece, sin embargo, que ni la agudización de las desigualdades ni el populismo vayan a disolver el prestigio y la importancia que atesora una acción tan simple y simbólica como la de depositar una papeleta en una urna. Tampoco pierden estima instituciones venerables como el parlamento o la prensa libre que, con independencia de las debilidades y faltas que tiene, no existan muchas alternativas a este sistema, quizá precario, pero que ha logrado acomodar razonables dosis de libertad e igualdad.
Si la democracia anda algo resfriada parte de que hay todavía bastante que hacer en el plano social. Por una parte, existe una reciprocidad entre organizaciones económicas, más o menos liberal, y las condiciones democráticas. La idea común que subyace tanto al mercado como a la democracia sigue siendo el derecho de las personas a modelar sus propias vidas allí donde sea necesario tomar decisiones individuales o colectivas.
Nos damos golpes de pecho cuando aún vemos cómo la democracia contemporánea no está suficientemente inmunizada frente a los virus autoritarios, éticos y morales"
Aunque se lleva hablando de esta crisis hace décadas, es ahora cuando el dictamen de los expertos parece haber calado entre los profesionales de la política, así: consultas populares, políticas económicas, tratados internacionales, nivel de vida y no guerras culturales, ni feminismo, ecologismos o defensa de minorías con calados de “vete a saber”. Tenemos claro que la prioridad del Derecho, la rendición de cuentas, separación de poderes, el respeto a la oposición, libertad de expresión o el amor a tu país constituyen la base estructural de los sistemas democráticos. Nos damos golpes de pecho cuando aún vemos cómo la democracia contemporánea no está suficientemente inmunizada frente a los virus autoritarios, éticos y morales.
El particularismo identitario nos sigue subrayando la diferencia y resulta devastador para lo común. Y es que sin algo que integre a los ciudadanos en un mismo proyecto, no es posible ahondar en las libertades democráticas. La ideologización sobre la esfera pública ha hecho que reverdezca la censura, lo cual empobrece el tráfico de ideas del que depende el control democrático. Es como si la democracia estuviese renunciando a las ideas y principios que aseguran su propio mantenimiento. La culpa de todo nos hace mirar a ese posmodernismo, que ha suscitado la confusión y ha provocado que la lucha política se haya desorientado.
Junto al mundo económico andan las soluciones de cómo entendemos a nuestra ciudadanía. No olvidemos que la democracia se funda sobre todo en el compromiso cívico. ¿De qué otro modo se puede restaurar la confianza social? Ahondar en el sentido de pertenencia y ciudadanía exige, por ejemplo, instaurar un servicio nacional para que nuestros jóvenes, apoyados por sus mayores, sean conscientes de que el país solo sale adelante con esfuerzos compartidos.
No hemos de olvidar tampoco de que la sociedad empleó la política para encauzar el progreso técnico, de modo que beneficiara a todos. Más que abandonar la tecnología, la industria, la agricultura, la construcción de viviendas, el mundo del derecho, la importancia de la verdad, hemos de buscar un mundo más humanizado; por otro, reconstruir los contrapesos.
Si nos fijamos a nuestro alrededor, posiblemente haya cosas, bastantes, en nuestros sistemas democráticos que tengamos que cambiar. La amenaza del autoritarismo, la falta de democracia interna en nuestros partidos, siguen ahí. Con todo, existen dos cosas en común en todos estos análisis: primero, que la democracia es un modelo bastante delicado y que siempre hay que extremar las precauciones para no separarse de los principios que la sustentan, entre otros, la igualdad. Y segundo, que el Derecho y los límites del poder, así como las instituciones, tienen que ser respetadas por todos los agentes, también los económicos, para que la democracia sea una realidad y no solo un sueño esbozado en un papel.
Que muchos de nuestros jóvenes, bastantes, se estén marchando de España porque no toleran más ya este “sin sentido” es una realidad. Alemania, Suiza, Holanda, Estados Unidos, Australia, andan frotándose las manos de nuestras buenas cabezas que van apareciendo en sus territorios. ¿No nos suena esto al mundo africano atravesando el mar de Alborán?