Amor Tres Delicias (II)

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Publicado: 12/07/2026 · 06:00
Actualizado: 12/07/2026 · 06:00
  • Zhang Chongren.
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Con algo de retraso (la vida del abogado en junio y julio puede ser dura), regreso a este tema que me fascina. Al final de mi último artículo, prometí volver a Tintín. Y no era un compromiso artificioso y forzado. A Tintín siempre se vuelve, como al Sur, como al amor. Es curioso, pero si existe un personaje indispensable (como algunas personas de mi vida) para entender este fenómeno del amor a lo exótico y lo desconocido, mucho más de lo que nos puedan explicar sesudos sociólogos y psicólogos, es nuestro admirado reportero belga, enorme creación de Georges Prosper Remi (Hergé), Tintín. Sin embargo, en verdad, el protagonista de esta historia no es ni Tintín, ni la aparentemente lejana Asia. Me refiero a Chang.

Y más concretamente a Zhang Chongren el nombre real que fue la inspiración de Chang. El amigo chino de Hergé. Fue la persona que transformó radicalmente el enfoque con el que el Hergé se aproximó a Oriente. Esto vuelve a demostrar una realidad que nos cuesta recordar: los lugares, los continentes, los decorados, lo exterior no cambian nada en profundidad. Son las personas. Las personas trastocan, transforman nuestras vidas. En definitiva, las personas cambian a las personas. En 1934, Hergé conoce a Zhang en Bruselas. En aquella época ya era un dibujante destacado, consolidado y que había desarrollado un estilo singular. Y, como tantos de sus contemporáneos, era una persona atrapada por los tópicos de lo que era Oriente. Esto era bastante frecuente en los europeos de aquellos tiempos. Y Zhang le abrió las puertas de China. Le mostró genuinamente lo que eran sus costumbres, su cultura, su filosofía, su historia.

Todos esos posicionamientos prejuiciosos fueron aniquilados por Zhang con singular eficacia. Esto no solo tuvo incidencia en la que considero la mejor obra de Hergé, el Loto Azul, si no, y sobre todo, transformó a Hergé. La amistad con Zhang alteró y modificó profundamente la vida de Hergé. Las amistades, como el amor, tienen eso. Y aquí vuelvo a recurrir a Byung-Chul Han para tratar de explicar esta situación. El filósofo coreano sostiene que la conexión con el otro nos transforma porque contribuye a dinamitar nuestro enfoque narcisista. Eso fue lo que hizo Zhang con Hergé. Finalmente,  toda esta situación gira alrededor de la imparable búsqueda del otro que es precisamente aquello que no somos nosotros y que nos resulta de un atractivo insuperable. Aquí algunos biógrafos han querido ver la relación entre Zhang y Herge en clave de relación sentimental o amorosa. 

Es cierto que la biografía parece apuntar a ello. Los dos fueron recíprocamente influidos por esta relación durante años. Físicamente perdieron el contacto durante casi medio siglo por causas varias: conflictos bélicos, imposición de nuevas fronteras, revoluciones varias, rodillo comunista de Mao Zedong, crisis generalizadas. Así cuando en 1981 se consiguen volver a ver, el encuentro fue memorable. No creo que reflexionar sobre si Hergé estuvo enamorado de Zhang resulte realmente relevante. Lo importante es no olvidar que las amistades suelen cambiar vidas. Y eso sin olvidar la gran intensidad que el afecto humano genera siempre y cuando evitemos clasificarlo. Y Zhang consiguió transformar su forma de ver el mundo.

Y esa es una de las más emocionantes y profundas formas de amor que existen. Así Zhang tuvo una influencia determinante en el desarrollo artístico posterior de Hergé hacia la famosa línea clara. Aunque esta afirmación quizás es simplificar la realidad. Lo que consiguió fue precisamente refinarlo, depurarlo y, paradójicamente anclarlo más en la realidad. Desde ese encuentro epifánico que implicó una revelación súbita, desde el referido Loto Azul, Hergé cambia su método de trabajo y comienza a documentarse para sus historias con un rigor obsesivo. Y de esta forma la claridad gráfica empieza a convivir con una claridad moral como elemento esencial. Dibujar va más allá de representar al mundo. Dibujar aspira a entenderlo, a explicarlo a comprenderlo. Y entender siempre implica una mayor dificultad que imaginar. Fantasear es amable, las personas son difíciles. Cualquier persona idealizada, es sencilla. Las personas reales no lo son. Lo que es una bendición. Y que las personas reales sobre todo lo que hacen es contradecir los prejuicios, los estereotipos. 

Y aquí invoco nuevamente a James Bond. Y más concretamente a Sean Connery viajando al Japón de “Solo se vive dos veces” al ritmo de la maravillosa canción de Nancy Sinatra. Ian Fleming comprendió algo básico: que la aventura necesita espacio y distancia. Y apuntar a un lugar en el que las reglas sean diferentes. Y ese fue el papel que tuvo Asia para la imaginación occidental. Todas las ciudades de las novelas de Fleming, Macao, Tokio, Bangkok, Hong Kong proyectan una atmósfera de misterio fascinante y permanente. Bond no viaja a Oriente para conocerlo, Bondo viaja a Oriente porque buscar un lugar donde intuye que encontrará algo que Londres no tiene y que no puede ofrecerle. Incluso el título de “Solo se vive dos veces” es singularmente evocador. Y se refiere al transito de una primera vida conocida, construida dentro de nuestros parámetros culturales, ordinaria, a algo diferente que conlleva la posibilidad de reinventarse, de superar nuestras frustraciones inconfesables. Así Asía ocupa para muchos occidentales ese lugar ciertamente simbólico. 

Y aquí la Corea moderna cambias las cosas. Ya no son hombres occidentales atraídos por el exotismo de la mujer asiática. Se produce en este punto una alteración monumental. Millones de mujeres occidentales se han sentido atraídas por el hombre coreano. En efecto, consumen música coreana, dramas coreanos e incluso se interesan en actores coreanos con una masculinidad diferente a la preconizó Hollywood. Más cercanos, empáticos y comprensivos. 

Todo lo anterior se refiere sobre todo a hombres de Europa Occidental y de Norteamérica. En el caso español se da una fascinación diferenciada que es el atractivo de la mujer latinoamericana. Así, lo que resulta chocante, es que muchos españoles proyectan en las mujeres latinas las mismas fantasías que otros ciudadanos del hemisferio norte atribuyen a las mujeres asiáticas. En efecto, numerosos españoles en relación con las mujeres de Colombia, México, Perú o República Dominicana persiguen la promesa de una relación más cercana, más cálida, más familiar, mas estable. Y es cierto que aquí los españoles disfrutamos de una singular proximidad cultural con América Latina. Y, compartimos muchas cosas. Sobre todo una educación sentimental a ritmo de tangos, boleros, rancheras. Sin duda constituye una tradición maravillosa en la que el amor no se negocia, se dramatiza; el amor no se gestiona y administra si no que se declara. Por eso el Oriente sentimental en el caso española está en el oeste, en América Latina. 

  • Han Kang. -

Estos dos artículos que he disfrutado escribiendo no constituyen una defensa del llamado turismo sentimental. Implican una constatación de que de la misma forma que viajan las mercancías, los productos, los capitales, las manifestaciones culturales, el amor también se ha globalizado. Y curiosamente cuanto más global es la experiencia sentimental más personal, individual e intransferible termina siendo. Y al final, como todo final de canción canónica, una obviedad: uno no se enamora de estadísticas, ni de fantasías. Se enamora de personas que tienen la irreprimible y sorprendente costumbre de no parecerse a las teorías que se elaboran sobre ellas. Y volvamos a Chang. A medida que profundizó en su relación con Hergé, dejo de ser el “chino” y se convirtió en Chang. Y así es cierto que se esfumó el exotismo, pero quedo algo infinitamente más valioso, la amistad. Y así Hergé descubrió algo mucho antes que Byung-Chul Han, que el otro no existe para confirma las expectativas de uno si no para destruirlas y desarmarlo. Y esa destrucción es el comienzo de una vida más interesante y plena. 

Y aquí cerraremos este viaje amoroso invocando nuevamente a Corea, esta vez a través de la voz de Han Kang que con esa literatura suya que sorprende y agita. En Han Kang sus personajes no representan ni un continente, ni una tradición, ni podríamos calificarlos como asiáticos. Son algo mucho más resbaloso e incómodo. Por eso nos fascinan tanto. Son individuos. Y además son tan raros como todas las personas que conocemos y amamos. Y el amor empieza en la curiosidad por el otro. Al final este no ha sido un viaje a Asia ni trata de las mujeres asiáticas. Aquí el verdadero protagonista ha sido la alteridad que nos impulsa a encontrar a los otros para que estos, a su vez, nos saquen de nosotros mismos.

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