En las últimas semanas, Alicante ha vuelto a demostrar algo que, como ilicitano, no puedo evitar mirar con una mezcla de admiración y sana envidia: tiene rumbo, tiene un modelo de ciudad.
Los anuncios vinculados a su nuevo planeamiento - rondas urbanas, aparcamientos disuasorios, ampliación del TRAM o el desarrollo de un nodo intermodal en el entorno de la Universidad de Alicante - no son actuaciones aisladas. Responden a una estrategia. A una visión de ciudad que va más allá del corto plazo.
Y eso, precisamente, es lo que echo en falta en Elche.
Porque lo que estamos viendo en Alicante no es solo urbanismo. Es planificación real. Es definir un modelo de ciudad y, a partir de ahí, ordenar las inversiones futuras. Incluso con una ambición que trasciende su propio término municipal, adentrándose en ámbitos como San Vicente del Raspeig o conexiones a escala provincial. Eso es pensar en clave metropolitana.
Y conviene dejar algo claro: Alicante y Elche no compite en el mismo plano urbano. Cada ciudad tiene su propia área metropolitana, con dinámicas distintas. Ahora bien, en materia de infraestructuras, el área de Alicante está hoy más desarrollada. Y lo está, en buena medida, porque lleva años planificando. Ese es el punto clave.

- Plano con el trazado de las cuatro rondas planteadas para el nuevo PGE de Alicante - AP
Dicho esto, no todo lo que se plantea en Alicante es incuestionable. El anunciado nodo intermodal en la Universidad de Alicante, por ejemplo, plántela dudas relevantes. ¿Tiene sentido añadir otra estación de alta velocidad más en la provincia? Pero, sobre todo, hay una cuestión estratégica de fondo: con ese planteamiento se dificulta - o se condiciona seriamente - la posibilidad de desarrollar una conexión ferroviaria de larga distancia con el aeropuerto, algo que no solo sería lógico, sino que además viene siendo exigido a nivel europeo.
Si hablamos de un nodo intermodal de referencia provincial, su ubicación natural debería estar en el aeropuerto, que es el principal punto de entrada internacional a nuestro territorio. Este tipo de decisiones evidencian algo importante: planificar es imprescindible, pero hacerlo con visión global lo es aún más. Y aún así, incluso con decisiones discutibles, Alicante avanza porque tiene un plan.
Aquí es donde, como ilicitanos, deberíamos hacer una reflexión incómoda pero necesaria. Es habitual escuchar que las grandes inversiones siempre acaban en Alicante y que existe cierto «centralismo» que nos perjudica. Es un argumento comprensible, pero a veces recuerda a quien, ante un mal resultado, prefiere atribuirlo a factores externos en lugar de analizar qué se podría haber hecho mejor.
Porque la realidad es que, si Elche no hace su trabajo, difícilmente puede aspirar a lo mismo. No podemos criticar a quien planifica mientras nosotros no lo hacemos o lo hacemos con un nivel de desarrollo y concreción muy inferior. Las administraciones superiores no financian ideas genéricas ni declaraciones de intenciones. Financian proyectos que forman parte de una estrategia, que están definidas técnica y territorialmente, que encajan en un modelo de ciudad.
Y ahí es donde Elche tiene un reto importante. Porque, a día de hoy, seguimos sin un verdadero Plan General Estructural o un plan estratégico suficientemente desarrollado que marque el rumbo con claridad. No se trata de aprobar un nuevo PGOU al uso, con sus largos y complejos trámites. En los últimos meses se han planteado líneas de trabajo interesantes, pero todavía falta ese grado de concreción técnica que permita convertirlas en propuestas sólidas y defendibles ante otras administraciones.
Y sin ese plan, todo lo demás se debilita. Elche tiene un potencial enorme. No hace falta explicarlo. Y tenemos oportunidades evidentes. Citaré alguna de ellas.
La integración real de la estación de alta velocidad en la ciudad. Hoy es una infraestructura infrautilizada desde el punto de vista urbano. No se trata de crecer por crecer, sino de conectar, de coser ciudad, de aprovechar lo que ya tenemos.
Otro ámbito clave es la movilidad. En Elche utilizamos el coche de forma intensiva, pero no porque queramos, sino porque durante años no se ha desarrollado alternativas de transporte público de alta capacidad. Dicho de otro modo, nos han hecho dependientes del coche. Es cierto que en esta legislatura se ha mejorado el servicio de autobús urbano, pero seguimos sin contar con un sistema de transporte de alta capacidad que vertebre el territorio.
Además, nuestros principales polos industriales y empresariales están alejados del núcleo urbano, lo que incrementa esa dependencia. Por eso, el debate no es si necesitamos TRAM o Cercanías. Necesitamos ambos. Necesitamos una red de transporte metropolitano que combine distintos modos: un TRAM o tren ligero o como lo queramos llamar, que estructure los desplazamientos internos y de proximidad y un Cercanías moderno y eficiente que articule las conexiones de mayor escala.
Y todo ello conectado con el aeropuerto, con Santa Pola, con Crevillente, con Aspe, con Novelda y con Alicante, por citar algunos municipios próximos. Pero un modelo de ciudad no se construye solo con infraestructuras.
También se construye generando actividad, contenido y vida urbana. Y ahí Elche tiene otra gran oportunidad: atraer y consolidar empresas tecnológicas y de la economía del conocimiento en el casco urbano. Son empresas limpias, con empleo cualificado, con capacidad de generar dinamismo económico y social. Y, además, contribuyen a «hacer ciudad»: a llenar calles, a activar el comercio, a generar actividad más allá del horario laboral tradicional.
Ese tipo de decisiones también forman parte de un plan. Porque, en el fondo, de eso estamos hablando: de definir qué ciudad queremos ser. Alicante, con sus aciertos y sus errores, está construyendo un relato. Y gracias a ello puede reclamar inversiones con argumentos. Elche, en cambio, sigue sin haber dado ese paso.
Y no se trata de criticar a Alicante. Se trata de mirarnos a nosotros mismos. Si queremos que Elche tenga el peso que le corresponde, necesitamos algo básico: un plan real, riguroso, técnico y ambicioso. Un Plan General Estructural que no sea un trámite, sino una herramienta. Porque el futuro no se improvisa. Se planifica. Porque si la ciudad no se piensa, la improvisación la acabamos pagando todos.
Y Elche ya va tarde.