La palabra “estanflación” sigue provocando escalofríos en cualquier economista con memoria histórica. Habla de la combinación más incómoda posible para gobiernos, bancos centrales e inversores: crecimiento débil o casi nulo, acompañado de una inflación que se resiste a bajar. No es el escenario central para Estados Unidos en 2026, pero sí un riesgo que merece ser analizado con calma, sobre todo tras varios años de inflación alta, tipos restrictivos y mercados en máximos.
En términos muy generales, el punto de partida es el de una economía que ha mostrado una sorprendente capacidad de resistencia tras el shock inflacionista postpandemia. El mercado laboral empieza a dar señales de enfriamiento, la inflación ha retrocedido desde sus picos, pero todavía no hay una “victoria clara” sobre las presiones de precios. En este contexto, un veterano de los mercados como se considera este analista asignaría un porcentaje de probabilidad de un episodio de corte estanflacionista en el entorno del 15–20% para 2026: no es el escenario base, pero tampoco ciencia ficción.
¿Por qué vías concretas podría llegar Estados Unidos a esa estanflación?
La primera puerta de entrada a un escenario estanflacionista es, sencillamente, un error de mezcla entre política monetaria y política fiscal.
La Reserva Federal llega a 2026 tras el ciclo de subidas de tipos más agresivo en décadas y con una parte relevante de la economía real aún digiriendo el encarecimiento del crédito. Si la Fed mantiene tipos demasiado altos durante demasiado tiempo, el freno sobre inversión, crédito al consumidor y mercado inmobiliario puede ser más intenso de lo previsto. El resultado, un crecimiento que se va desinflando progresivamente, con un PIB que se aleja de su potencial.
Al mismo tiempo, la inflación puede resistirse a caer hasta el 2% objetivo por varios motivos: salarios que siguen creciendo más que la productividad, ciertos servicios muy indexados a costes pasados, o el impacto de tarifas y regulaciones que mantienen un suelo de precios relativamente elevado. El riesgo es terminar en una franja incómoda, con el crecimiento rondando el 0–1% y una inflación subyacente instalada por encima del 3%.
La política fiscal puede añadir ruido. Si el Gobierno mantiene déficits elevados para evitar un frenazo excesivo, puede sostener algo el crecimiento… pero a costa de alimentar la inflación y las dudas sobre la sostenibilidad de la deuda. Si decide ajustar el déficit de forma agresiva, puede agravar el frenazo justo cuando el sector privado está más vulnerable. Es decir, la política fiscal puede ser tanto un amortiguador como un amplificador del error de la Fed.
La segunda vía, muy clásica, de generación de estanflación, pasa por un shock de oferta. No hablamos aquí de una demanda desbocada, sino de costes que se disparan por factores externos.
Hay varios candidatos conocidos, como son un repunte fuerte del precio del petróleo y del gas por tensiones en Oriente Medio o recortes de producción, nuevas disrupciones en rutas marítimas clave -que encarezcan el transporte y alarguen plazos de entrega- o una escalada en la guerra comercial, con más aranceles, sanciones y restricciones sobre materias primas críticas o tecnologías estratégicas.
Son factores que pueden empujar al alza la inflación sin que la actividad se beneficie. De hecho, suelen erosionar el poder adquisitivo de los hogares y estrechar los márgenes de las empresas. El banco central se encuentra entonces en un dilema incómodo, por un lado si sube tipos para combatir esa inflación de oferta, hace aún más daño al crecimiento; y si mira hacia otro lado, la inflación se consolida en niveles demasiado altos. Es, casi punto por punto, el guion clásico de una estanflación “de manual”.
Una tercera vía la encontramos en el mercado laboral. Estados Unidos ha vivido un ciclo de empleo muy robusto tras la pandemia, pero el patrón empieza a cambiar. Se observa, de forma simplificada, un entorno de “no hire, no fire”, es decir, las empresas contratan menos, despiden poco, pero la creación neta de empleo se modera.
Si esa dinámica se combina con una productividad débil, cambios estructurales hacia sectores de servicios de baja productividad y salarios nominales que siguen creciendo en parte por escasez relativa de mano de obra cualificada, la inflación de servicios puede resultar especialmente difícil de domar. Las empresas, atrapadas entre costes laborales crecientes y demanda que no termina de despegar, se ven forzadas a subir precios donde pueden y a recortar plantilla o inversión donde no.
El resultado puede ser una economía sin dinamismo claro, con subsectores en ajuste, pero sin una caída del empleo tan brusca como para provocar una recesión contundente. Desde el punto de vista del inversor, esto se traduce en menor visibilidad de beneficios, múltiplos más exigentes y un relato macro que encaja bastante bien con la palabra “estanflación”, aunque sea en su versión suave.
Pero quizás el canal más importante a vigilar es el de los activos financieros e inmobiliarios y sus precios. Tras varios años de subidas muy fuertes en bolsa, especialmente en tecnología e inteligencia artificial, y con un mercado inmobiliario que ha mostrado una resiliencia notable pese al aumento de tipos, no se puede descartar una corrección significativa.
Si en 2026 se produjera una caída relevante de las cotizaciones bursátiles y un ajuste más claro en vivienda, el impacto en el consumo podría ser notable vía efecto riqueza. Hogares que se sienten “menos ricos” tienden a recortar gasto, aunque sus ingresos no cambien de forma inmediata. Si eso sucede en un momento en el que la inflación todavía no ha bajado del todo, la narrativa de estanflación se refuerza, la demanda interna pierde fuelle, los beneficios empresariales se resienten, pero los precios siguen lejos del objetivo del 2%.
La Fed, otra vez, quedaría en medio. Si se relaja demasiado para sostener activos de riesgo, se arriesga a reavivar la inflación; si se mantiene firme, corre el riesgo de agravar la desaceleración.
Más allá del corto plazo, hay dos corrientes de fondo que pueden hacer que la inflación de esta década sea algo más alta y volátil que la de la década anterior: la desglobalización y la transición energética.
La relocalización de cadenas de producción, el “friend-shoring” y la búsqueda de seguridad estratégica por encima del coste mínimo tienden a encarecer el proceso productivo. Estados Unidos puede producir más en casa, sí, pero difícilmente con los mismos costes que cuando se aprovechaba al máximo la globalización plena.
En paralelo, la transición energética exige inversiones masivas en infraestructuras, redes y tecnologías bajas en carbono. A corto y medio plazo, ese esfuerzo implica costes adicionales, cambios regulatorios, posibles impuestos verdes y, por momentos, volatilidad en los precios tanto de energías tradicionales como renovables.
Por sí solos, estos factores estructurales suelen traducirse más en una inflación de fondo algo más alta, que en un shock estanflacionista brusco. Sin embargo, si coinciden con cualquiera de los escenarios anteriores (error de la Fed, shock de oferta, debilitamiento del mercado laboral), actúan como amplificador, ya que hacen más difícil bajar la inflación sin causar daños colaterales en el crecimiento.
¿Qué significa todo esto para el inversor?
El punto clave, desde una óptica de mercado, es que la estanflación no es el escenario central, pero sí un riesgo de segundo orden a tener en el radar. No se trata de apostar a que Estados Unidos “va directo” hacia un episodio “a lo años 70”, sino de asumir que la salida del ciclo inflacionista postpandemia puede ser más accidentada y menos limpia de lo que desearían la Fed y los mercados.
En ese contexto, el inversor prudente tiende a:
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Ser más selectivo en renta variable, favoreciendo modelos de negocio con poder de fijación de precios y balances sólidos.
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Vigilar la duración en renta fija, combinando tramos medios con cierto sesgo a bonos ligados a inflación como cobertura parcial.
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Considerar coberturas en activos reales (materias primas selectas, oro) ante un eventual repunte de la narrativa estanflacionista.
En resumen, Estados Unidos no está condenado a una estanflación en 2026, pero el escenario tampoco puede descartarse alegremente. La combinación de un aterrizaje delicado de la política monetaria, tensiones geopolíticas recurrentes, ajustes en el mercado laboral y factores estructurales como la desglobalización conforman un terreno en el que los errores de política se pagan caros.
La clave, para economistas e inversores, no es tanto adivinar si el vaso terminará medio lleno o medio vacío, sino entender que el margen de maniobra es más estrecho que en la década pasada. Y que, en esa franja de incertidumbre, la estanflación aparece como un riesgo incómodo, pero manejable… siempre que se haya pensado en él antes de que llegue.