Ella siempre ha vivido en la calle real, esa arteria neurálgica donde se alzaban las viviendas principales en todos los pueblos antes de que la clases acomodadas migraran paulatinamente a las afueras. Su casa se abre de par en par desde bien temprano, por eso el día que ese ritual matutino se retrasa, el vecindario se alarma, golpea la puerta principal y la falsa, la llaman a gritos desde la calle y si no hay respuesta avisan a los familiares más cercanos para encontrar el motivo de la ausencia. Cuando comenzó a vivir sola se colgó en el cuello el cordón de la teleasistencia junto a la medalla de la virgen a la que venera. Es creyente, pero no tanto como para confiar ciegamente en la protección divina. Tiene los problemas de movilidad funcional que acarrean los años y algunos traumatismos antiguos, la vista un tanto maltrecha, y empieza a estar dura de oído pero se enorgullece de mantener la cabeza bien puesta en su sitio. Eso es lo que más teme. Perder el norte, encontrarse a la deriva en un cuerpo que ya no pueda controlar, depender de la voluntad de otros y no poder seguir ejerciendo como reina de su casa. Todo lo demás tiene arreglo. Las vecinas le traen el pan, las medicinas y las noticias. Casi siempre noticias malas. De muertes, accidentes, ingresos hospitalarios, separaciones o trifulcas variopintas. Su cocina en invierno y la puerta de su casa en verano son como un telediario o un magacín televisivo por donde pasa la vida. La vida propia y la de los demás. El infoentretenimiento se inventó en los pueblos tomando el fresco. Por eso, como un remedo de Paco Martínez Soria, la ciudad no está hecha para ella. Habla demasiado alto, camina demasiado lento y saluda a los desconocidos como si fuera a verlos dentro de un rato. Pero en la capital están sus hijos y sus nietos así que, de tanto en tanto, se pone el equipo de desplazada, prepara su botiquín ambulante, activa el teléfono móvil en modo cordón umbilical, la tajeta dorada, y se prepara para viajar hasta el infinito o más allá. Detesta vivir en una urbanización donde muchos vecinos no le dan los buenos días cuando se cruzan con ella en su peregrinación diaria a santa Mercadona. El supermercado se convierte en su hábitat natural, un sucedáneo de la plaza de su pueblo. Va cada mañana. La compra es lo de menos porque normalmente trae cosas prescindibles o repetidas que luego no caben en el frigorífico. Pero necesita la presencia humana a su alrededor aunque sea entre los lineales de comida para perros o esperando en la cola de la caja. La familia anda en sus quehaceres y no le dan mucha conversación así que traba amistades esporádicas con los vecinos en el ascensor. Luego vuelve a casa con información actualizada sobre los habitantes de cada piso a los que recuerda de un año para otro. En eso está bien entrenada. Es la mejor. “El vecino del tercero, el de los pantalones cortos que se sentaba siempre debajo del árbol en la piscina, se murió en Navidad. Le dio un infarto y no le dio tiempo ni a llegar al hospital, con lo cerca que lo tiene. Me lo ha dicho su mujer. La he visto entrando sola en el portal y le he preguntado por el marido. Sus hijos quieren llevársela pero ella prefiere seguir aquí. Le he dado el pésame en tu nombre porque seguro que ni te habrás enterado. Llevas veinte años viviendo aquí y no conoces a nadie. Esto es como una jaula de oro”. @layoyoba
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