Edurne Pasaban lleva sus ochomiles a la empresa alicantina: "El miedo, si sabes gestionarlo, es un buen compañero"

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La alpinista Edurne Pasaban, primera mujer en completar los catorce ochomiles, participa en el ciclo Conferencias Circulares de la Cámara de Comercio de Alicante con una charla en la que traslada su experiencia en la montaña al terreno personal y empresarial para hablar de ambición, motivación, miedo, trabajo en equipo, superación y salud mental, además de reivindicar la importancia de saber pedir ayuda

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ALICANTE. La vasca Edurne Pasaban ha coronado los catorce ochomiles del planeta, pero sabe bien que no todas las cumbres están a 8.000 metros de altura. Las hay profesionales, familiares y, sobre todo, personales. Algunas obligan a elegir entre dos caminos cuando ninguno parece sencillo; otras pasan por asumir que no se puede llegar solo y hasta las hay que consisten simplemente en levantar la mano y pedir ayuda. De todo ello habló este jueves la alpinista vasca en Alicante, en una nueva cita del ciclo Conferencias Circulares de la Cámara de Comercio de Alicante.

Fue una mañana en Finca Pópuli en la que hubo montaña, naturalmente, pero la charla de la primera mujer que logró completar los catorce ochomiles fue bastante más allá de crampones, campos base y ataques a cumbre. Pasaban habló de ambición, superación, miedo, liderazgo, trabajo en equipo, motivación y salud mental, conceptos perfectamente reconocibles también al nivel del mar y especialmente en el ámbito empresarial... de eso sabe también esta Tolosarra nacida en 1973, toda vez que pertenece a la tercera generación de una empresa familiar y recordó cómo en sus primeros años tuvo que conjugar ese entorno, las expectativas familiares y una pasión por la montaña que no había heredado precisamente en casa: "Mis padres no eran alpinistas", llegaba a bromear.

Seguir al corazón aunque ningún camino sea fácil

Elegir terminó formando parte de su particular ascensión. Pasaban invitó a seguir al corazón cuando la vida coloca delante dos caminos, pero sin vender recetas mágicas ni atajos: los dos pueden ser difíciles. Ella terminó escogiendo el suyo.

Licenciada en Ingeniería Industrial por la UPV-EHU, Máster en Gestión de Recursos Humanos por ESADE y Máster en Coaching Ejecutivo y Management por IE Business School, la montaña había formado parte de su vida desde mucho antes de convertirse en su profesión. En 2001 se incorporó siendo prácticamente una desconocida a una expedición al Everest y, en apenas una década, pasó de abrirse paso entre los veteranos del alpinismo a convertirse en la primera mujer que pisaba la cima de los catorce gigantes de más de 8.000 metros de altura del planeta (a la que vuelan los aviones).

Para llegar hasta allí hicieron falta unas cuantas cosas y Pasaban no tuvo reparos en reivindicar una palabra que en ocasiones aparece rodeada de malas connotaciones, la ambición. "La ambición no es mala", defendía. A ella añadió afán de superación, el necesario para regresar después de las ocasiones en las que atacaba una montaña y tenía que volverse sin alcanzar la cima; hambre, porque "me lo he tenido que creer"; y, por encima de todo, la pasión por lo que hacía.

Y sí, también los guiños del destino en la forma de oportunidades: en su camino hacia los catorce ochomiles resultó determinante Al filo de lo imposible, el histórico programa de TVE, que permitió dar soporte a un proyecto tan extraordinario como costoso y complejo.

Un equipo no es un grupo y "el miedo es un buen compañero si se sabe gestionar"

Hubo una idea sobre la que Pasaban regresó una y otra vez fue la de equipo. Y no como sinónimo de grupo. La alpinista insistió en diferenciar ambos conceptos. En un equipo existen objetivos individuales, naturalmente, pero hay uno colectivo que todos han de sentir como propio. Y solo cuando eso sucede puede alcanzarse la meta.

Pasaban lo sabe porque, aunque fuera su nombre el que terminaba asociado a las cumbres, ella sola nunca habría podido llegar hasta allí; detrás de cada ascensión había compañeros, técnicos y personas trabajando en una misma dirección.

De hecho, su proyecto tenía tres objetivos perfectamente definidos: completar los catorce ochomiles, que ella estuviera en la cumbre y que todos regresaran a casa. Porque alcanzar la cima nunca podía justificarlo todo. Ese concepto de equipo, trasladable sin demasiados esfuerzos al mundo empresarial, lleva aparejada otra enseñanza: rodearse de personas, confiar en ellas y entender que el éxito individual depende muchas veces de un trabajo que es necesariamente colectivo.

Pasaban también habló abiertamente del miedo. En el K2, una de las montañas más exigentes y peligrosas del planeta, sufrió una durísima "pájara" que forma parte de las experiencias que marcaron su carrera. Sin embargo, tampoco demoniza el miedo. Bien gestionado, explicó en Alicante, puede convertirse en "un buen compañero" porque alerta, obliga a valorar el riesgo y ayuda a tomar decisiones. La clave, por tanto, no está en no sentirlo, sino en saber gestionarlo.

La depresión

El K2 fue, precisamente, un antes y un después para Pasaban a todos los niveles y muy especialmente en el personal. La alpinista habló abiertamente de la depresión que sufrió, de la necesidad de recibir tratamiento e incluso de ser ingresada y, especialmente, de una decisión que con el paso del tiempo ha convertido también en mensaje: pedir ayuda.

Edurne explicaba que se la pidió a sus padres. Tenía 31 años y miraba alrededor para descubrir que la vida de sus amigas se parecía muy poco a la suya. Mientras ellas transitaban por unos caminos, ella vivía entre expediciones, montañas y objetivos que la alejaban de aquello que socialmente parecía corresponderle. Sentía que no encajaba.

Hasta que entendió algo aparentemente sencillo: su vida era su vida. Cada persona tiene la suya y no todas tienen por qué avanzar al mismo ritmo, seguir el mismo itinerario ni detenerse en las mismas estaciones.

Una conclusión alcanzada después de haber conocido también la cara más dura del alpinismo. Pasaban ha perdido compañeros en la montaña y ha sufrido congelaciones que terminaron provocándole amputaciones, experiencias que en distintos momentos la llevaron a plantearse si debía dejarlo.

Los pequeños detalles

Quizá por eso, después de haber colocado su nombre sobre las catorce montañas más altas del planeta, Pasaban relativiza también dónde hay que buscar el combustible para continuar.

"La motivación no está en las grandes cosas, está en los pequeños detalles", aseguró ante el público de la Cámara de Comercio de Alicante.

Toda una declaración de intenciones viniendo de alguien acostumbrado a perseguir objetivos gigantescos.

Porque la historia de Edurne Pasaban puede medirse en metros, expediciones y cumbres, pero su mensaje en Alicante tuvo bastante más que ver con aquello que ocurre mucho más abajo: atreverse a elegir, ambicionar sin complejos, aceptar que habrá intentos fallidos, aprender a convivir con el miedo, construir un equipo, pedir ayuda cuando sea necesario y entender que la cima de cada uno no tiene por qué estar en la misma montaña que la de los demás.

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