Cultura

CRÍTICA TEATRAL

Dedicar a las tablas toda una vida

  • Pepón Nieto
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ALICANTE. “Siempre me ha gustado utilizar mi trabajo para poner la lupa de aumento sobre las «pequeñas tragedias» de la gente corriente. Convertir en héroes trágicos a personas que no suelen ser «protagonistas ejemplares» por la aparente irrelevancia de sus vidas”. A aquellos que asistiesen este domingo al Teatro Principal, estas palabras les serán familiares. Son las de José Troncoso, autor y director de La pasión infinita, la singular aventura escénica que la afición teatral alicantina pudo vivir este pasado 17 de mayo.

En efecto, el protagonista de esta historia, José Antonio, es un héroe de lo más atípico, pero no por ello menos trágico. Casado con la que fue, verano tras verano, su amor de juventud y empleado en una fábrica de salazones que no puede resultarle más aborrecible, este simpático hombre, que aún conserva la esperanza del niño, nunca ha podido olvidarse de su sueño, su única y verdadera meta: ser actor. José Antonio sueña con ser Otelo, Edipo, Romeo, Hamlet, Segismundo… Sin embargo, existe una barrera, un impedimento que, sin ningún éxito, su esposa Asunción le intenta hacer ver por todos los medios: no tiene talento. ¿Pero qué hacer con una pasión tan grande como la suya? ¿Ha de verse totalmente irrealizada por lo que no es más que una ausencia de aptitud? Cuestiones como estas son las que surgen cuando, entre los pasajeros titulares del periódico, el salazonero se topa con un anuncio inexorable, decisivo: “Se busca actor. No se requiere experiencia”. Con este hallazgo, su destino está escrito. José Antonio tiene claro que es capaz de cualquier cosa por cumplir su sueño, aunque esto implique, en un sentido mucho menos figurado de lo que parece, dedicar a las tablas toda una vida; la que ya ha vivido y la que aún le queda por vivir.

Sin duda, lo mejor de esta apuesta teatral, tan cómica y trágica al mismo tiempo, reside en el entrañable modo en que Pepón Nieto encarna a su protagonista. Apoyándose en su inconfundible presencia y su profunda proyección de voz, el actor marbellí envuelve las palabras de José Antonio con una genial comicidad que, como decía, queda perfectamente combinada con la tragedia; el destino, el sueño del teatro. Mención aparte merece la ternura que irradia el personaje en las que son algunas de sus situaciones más íntimas: el salazonero que va a la fábrica con La vida es sueño entre las manos, el aspirante a actor que sueña despierto con su “capita” puesta, el José Antonio hombre que conversa con el José Antonio niño… A esta interpretación se suman otros trabajos geniales, realizados por Ana Labordeta —la pasional pero hastiada Asunción—, Avelino Piedad —un ayudante de dirección que, con toda su frivolidad, sabe mantenerse muy alejado de los esclavizantes anhelos del arte— y Claudio Tolcachir —un sonlocado director que, cual doctor Frankenstein, no muestra ningún escrúpulo a la hora de llevar a cabo su terrible creación—.

Como otra aportación resaltable, ha de quedar referida la de Lola Barroso, que, desde el piano, sabe acompañar con la música más adecuada cada uno de los momentos de este vehemente amor por la escena. En su inabarcable infinitud, esta pasión pasa por todos los estadios para acabar en un grito cuasi unánime que, tras todo lo dicho, podrá parecerles algo chocante: “¡Odio el teatro!”. En realidad, es más que comprensible. ¿Cuántos de ustedes han dedicado, por entero, su corazón a un sueño? ¿Cuántos de ustedes han amado algo tanto como para llegar, por momentos, a odiarlo?

 

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