Cultura

Virginia Soler, una de las médicas más brillantes de la provincia de Alicante en el siglo XX

  • Virginia Soler con 25 años
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ALICANTE. Con motivo de la inauguración, esta semana, del Museo de la Medicina Dr. Balmis en el Colegio Oficial de Médicos (COMA) de la provincia de Alicante, se ha presentado también una exposición temporal sobre la Dra. Virginia Soler y Alberola, la primera colegiada de la provincia y que sobresalió como una brillante profesional.

Nació el 4 de marzo de 1883 en Alcoy, y desde niña mostró que poseía un talento innato para el aprendizaje. Terminó la enseñanza primaria con buenas notas y, por ello, el ayuntamiento le concedió una beca para que pudiera obtener el título de bachillerato en el Instituto de Alicante, que era el único de educación secundaria de la provincia. Se matriculó en la modalidad de enseñanza libre, es decir, estudiaría en Alcoy, pero tendría que desplazarse periódicamente a la capital para examinarse.

¿Y por qué una beca?, cabe preguntarse. La respuesta es que por aquel tiempo había que desembolsar una cantidad importante para ir a Alicante, pues la única forma de viajar era mediante diligencia que resultaba muy caro, ya que se tardaba unas nueve horas.

No hay que olvidar que se transitaba por caminos de piedra machacada (la pavimentación comenzó unas décadas después) y que este trayecto discurría buena parte por la peligrosa Carrasqueta, que obligaba a circular despacio. Además, la familia tenía que pernoctar al menos dos días en la capital para que pudiera realizar los exámenes.

Estos desplazamientos debían realizarse varias veces en cada curso y durante los siete años que duraba el bachillerato, lo que implicaba unos gastos, que una familia humilde no podía afrontar, y a los que había que añadir los costes del material escolar y los libros que se precisaban.

  • Expediente del Instituto de Alicante de Virginia Soler -

Terminó el bachillerato con las máximas calificaciones y, según señalan el historiador Àngel Beneito y el cronista Eduardo Segura, artífices del rescate de su figura, a partir de ese momento empezó un tortuoso camino para cumplir con su sueño de ser médica.

En primer lugar, cumplimentó un escrito dirigido al ayuntamiento en el que expuso que quería estudiar medicina y, como su familia carecía de medios, solicitaba que le sufragaran la carrera, adjuntando la certificación académica final del instituto. Tras sortear diversas dificultades burocráticas, finalmente le fue concedida la petición.

A continuación, dio comienzo su verdadera odisea: luchar contra el machismo reinante en su sociedad.  Como mujer, necesitaba la autorización paterna para acceder a la universidad, así que su padre tuvo que remitir una instancia al Ministro de Instrucción Pública haciéndole saber que daba su permiso para que su hija pudiera estudiar la carrera.

  • Instancia de Virginia Soler al Ministerio de Instrucción Pública -

A la vez, ella también envió otra instancia al ministro solicitándole que le permitiera ingresar en la Universidad de Barcelona. (En principio, era la facultad donde ella pensaba que tenía más posibilidades de ser admitida). El ministro escribió al rector y, felizmente, todos los catedráticos aceptaron, pero con la condición de que no se alterase “el orden en las aulas”.

Ya, por fin, pudo matricularse, siendo compañera del que sería una eminencia de la oftalmología mundial: el Dr. Ignacio Barraquer. Durante el periodo universitario colaboró en prensa sobre la crianza de los hijos, y su actividad intelectual llegó a oídos de la reconocida revista La Educación que afirmó: “esta señorita es de un talento verdaderamente excepcional”. El último año, escribió un libro titulado Catecismo higiénico para escuela de niños que fue premiado con matrícula de honor [El significado de “Catecismo”, en este caso, corresponde a la 2ª acepción de la RAE].

Se licenció en 1908 con un expediente pleno de excelentes, matrículas de honor y premios extraordinarios, siendo la única mujer de su promoción. Tras obtener el título, volvió a Alcoy para ayudar a su familia económicamente y con el fin de que su hermana pudiera estudiar comadrona. Abrió una consulta y se dio de alta en el Colegio de Médicos.

Como era natural, su decisión fue bien recibida por sus paisanos, que conocían de sobra su exitosa carrera universitaria. Pero es posible que muchos desconocieran sus circunstancias familiares y se extrañaran de que resolviera abandonar la prometedora vida académica e investigadora que se le presentaba, y más en una capital de la importancia de Barcelona.  

  • Virginia Soler en el Sanatorio San Jorge -

Merece mencionarse, asimismo, que su figura guarda cierta similitud con la del Dr. Pedro Herrero, otro de nuestros grandes médicos que, tras finalizar su formación universitaria con un extraordinario expediente, regresó a su Alicante.

Inició el ejercicio privado de su profesión mediante las denominadas “igualas”, vigentes en muchos pueblos hasta las últimas décadas del pasado siglo. Esta modalidad de atención médica consistía en que los pacientes pagaban una módica cuota mensual al médico para que los atendiera en cualquier momento, tanto del día como de la noche.  

Pero Virginia Soler no se desvinculó de la comunidad científica catalana. Recibía las revistas médicas que se editaban y solía escribir artículos para las mismas. A finales de 1910 tuvo lugar en Barcelona el Primer Congreso Español Internacional de la Tuberculosis donde participó activamente. Resultó elegida vocal de la organización, presentó una ponencia sobre el contagio de la enfermedad y formó parte de un jurado que concedió unos premios a los trabajos más destacados. Además, este evento le brindó la ocasión de relacionarse con prestigiosos médicos de todas las nacionalidades. 

Tras asistir a este congreso, regresó a Alcoy y prosiguió con su consulta. Transcurrieron los años y paulatinamente se fue alejando del ámbito científico, debido tanto a su trabajo, como a las obligaciones familiares que le fueron ocupando casi todo el tiempo.  

  • Portada del manual de higiene para niños de Virginia Soler -

Según sus biógrafos, tenía un semblante serio, pero afable, y con un 'ángel' especial. Mostraba un espíritu feminista, de hecho en sus recetas el membrete rezaba “Virginia Soler. Médica”, que para su tiempo resultaba sorprendente. Su inteligencia la han descrito como “afilada e irónica”; su mentalidad abierta y avanzada socialmente, que sin duda se gestó durante su estancia en Cataluña que, en aquellos compases de principios de siglo, se consideraba la sociedad más desarrollada del país, entre otras razones, por lindar con Francia.

Dado que permaneció soltera sin tener a nadie que la cuidara, al llegar a la última etapa de su vida, unos médicos le sugirieron que ingresara en el Sanatorio San Jorge de su ciudad. Para animarla a que tomara esa decisión, le comentaron que en su nuevo hogar podría seguir ejerciendo la medicina, pues llegado el momento tendría la posibilidad de tratar a otros residentes. Ella aceptó encantada: se convirtió en el médico de guardia del centro.  Allí vivió hasta su fallecimiento el 3 de marzo de 1965, justo un día antes de cumplir 82 años.

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