CULTURA

Víctor Andresco: "Es un privilegio viajar, conocer culturas y trabajar por algo en lo que crees, como tu lengua"

El director del Instituto Cervantes en Tokio visita el sábado Castellón para presentar su última novela

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CASTELLÓ. Víctor Andresco, el actual director del Instituto Cervantes en Tokio, visita este sábado Castellón para presentar su libro Soviépica (librería Argot, 18.30 horas). Y es que este licenciado en Filología Eslava también escribe, publica novelas, redacta guiones y es traductor. Ha sido director de los centros del Instituto Cervantes en Moscú, Milán, Atenas, Dublín y Tokio, donde vive actualmente. 

Con Víctor se puede pasar una horas hablando de libros, de viajes, de política o de Castellón, lugar a donde no le importaría retirarse cuando se jubile. Su familia paterna viene de Rusia, y esa mezcla de raíces y su curiosidad por el mundo explica tanto su largo periplo por los centros del Cervantes como el origen de Soviépica, la novela que le trae a la Plana y que le ha publicado Reino de Cordelia. Un libro atravesado por la nostalgia, la memoria y la experiencia directa de un país que conoció en plena transformación, y al que regresa ahora a través de la literatura, cuando viajar allí ya no es tan sencillo.

En esta entrevista, Andresco repasa con humor y espíritu crítico su biografía extravagante, los claroscuros de la diplomacia cultural, los sacrificios y privilegios de vivir fuera, su relación con España y lo que cree que todavía podemos aprender de otros países. Un diálogo que va de Moscú a Tokio, pasando por Grecia, Japón y, finalmente, Castellón.

-¿El título de filología eslava ya da una pista del por qué de Soviépica que presentas en Castellón?

-Sí, pero tiene truco. Yo vengo de una familia mezclada de navarros y de rusos, ya que mis abuelos paternos eran rusos. Aunque mi padre nació en España, siempre nos habló en ruso a nosotros. Heredó la lengua y la mantuvo con mi hermana y conmigo, por lo que hemos crecido hablando en ruso. Y yo, como era un poco perezoso, estaba estudiando filología francesa y abrieron la rusa y pensé que si cambiaba seguro que me iban a  mejor nota. De esa manera acabé siendo licenciado en filología eslava. Sé que es una extravagancia, pero en mi caso se explica por lo del ruso familiar.

-Lo de la extravagancia se puede extender a otros aspectos de tu biografía y tu vida laboral…

-Lo sé, lo sé. Me habría encantado ser modelo de lencería o cualquier cosa más tan sexy, pero con la pinta que tengo tenía que hacer algo para disimular. Y todo lo que parece intelectual, como los demás leen menos que tú, siempre te da una cuartada. 

-¿Se puede uno negar a la propuesta que te hicieron en su día de dirigir el Instituto Cervantes en Moscú?

-Claro. Yo soy poco creyente, pero justo fue cuando se cumplieron 100 años de que se hubieran ido mis abuelos de Rusia y pensé que tenía un punto cabalístico, que por fin llegaba algo de magia sobrenatural en mi vida. Pero bueno, hablando en serio, no podía decir que no porque propuestas de ese tipo solo pasan una vez. Era un reto muy llamativo. Yo había viajado mucho por Rusia pero nunca había vivido de forma estable allí, y con el Cervantes estuve cuatro años. Luego, no sé si por mi belleza natural o por mi simpatía -ríe- me reenganché en otros centros y llevo 22 años ya en la casa. Soy un tío con suerte, ¿qué quieres que te diga?.

-¿Algo habrá además de suerte, no?

-Bueno, yo pongo de mi parte. La verdad es que le meto mucha ilusión y me gusta mucho. Pero también es verdad que no es oro todo lo que reluce. Visto desde fuera es un gran proyecto, pero hay veces que es duro trabajar en según qué circunstancias en algunos países. Por ejemplo, estuve en Grecia durante la crisis y fue muy complicado. Es un país bonito y, por cierto, parecido a Castellón, pero sacar adelante propuestas allí fue dificilísimo. Aunque aparentemente en el Cervantes tú te dedicas a la literatura, a la música, conoces artistas y demás, pero hay una parte de trabajo de gestor que no siempre está tan sexy, y en el caso de Grecia viví cosas que te tocan.

-¿Ha habido muchos sacrificios en estos años al frente de los centros del Cervantes en diferentes partes del mundo?

-He tenido cinco destinos muy buenos y en todos me han sucedido cosas bonitas. No tengo ninguna queja. Cuando vives fuera siempre renuncias a cosas, sobre todo personales, como la relación con los amigos. Pero reconozco que es un privilegio tener otros puntos de vista, ver culturas distintas, trabajar por algo en lo que crees que es la cultura de tu país y tu lengua. Así que diría que no ha habido sacrificios. Quizá sí sinsabores. No me las quiero dar de héroe, pero he pasado a veces miedo según las circunstancias en las que teníamos que hacer un contrato. Es en países como Rusia o Grecia no siempre ha sido fácil trabajar. No te digo que te pongan una pistola en la cara, pero se pasa mal por algunas presiones que he sufrido. Y luego, también hay países donde ocurren desastres naturales. Japón, donde estoy ahora destinado, es un sitio muy expuesto a los tsunamis. Pero bueno, hay que mirar siempre lo positivo. Yo soy un tío optimista y quiero ver lo bueno.

-¿Ha cambiado vuestra manera de trabajar para expandir el español en el extranjero en estas más de dos décadas que estás en el Cervantes?

-Sí y creo que a mejor, porque tenemos otra relación con la tecnología. Desde la pandemia nos hemos acostumbrado a trabajar en línea y a tener una relación con la gente que se interesa por la cultura. Nunca se habla de las bibliotecas que tenemos, que son 61 en la red, y son herramientas súper útiles no solo para los estudiantes sino también para las comunidades científicas o académicas que hay en cada país. Gracias a lo que se ha mejorado en tecnología damos un servicio que era impensable hace 10 o 15 años. Tenemos unos fondos electrónicos en la biblioteca que en el caso de Japón son una maravilla para los usuarios porque no existía nada de eso en materia hispánica. En general trabajamos mejor y hay muy buen ambiente en general en la casa. A veces del Instituto Cervantes salen noticias por temas llamativos, como declaraciones o exabruptos, pero a diferencia de hace 20 o más años disfrutamos ahora de muy buen ambiente y, aunque suene un poco cursi, hay una idea común y una identificación con el proyecto.

-¿Por qué has regresado a Rusia a través de este libro que nos presentas en Castelló?

-No me da ninguna pereza ni ninguna vergüenza reconocer que tengo una nostalgia tremenda por Rusia porque es un país muy adictivo. Más allá de lo que pueda tener que ver con mis raíces familiares, cuando has vivido en Rusia y tienes amigos rusos, siempre los echas de menos. De hecho, los rusos tienen una expresión para esto, la nostalgia de la patria. Yo no he vuelto a Rusia desde 2008 y escribiendo el libro ha sido una manera de volver sin volver, porque ahora es muy complicado viajar allí. Me parecía importante no perder esos recuerdos que tienen cierto valor argumental, más allá del sentimental. En el libro hay una trama, la de los estudiantes en Rusia, que creo que no se ha contado. No puedo asegurarlo, pero no he encontrado ninguna novela ni ningún reportaje sobre los chavales que estudiaron allí en los años 80, y opino que es un experimento interesante dar becas a la gente de fuera para que le explique al mundo que tu país mola. Pensé que podía ser curioso para los lectores. 

-¿Tuviste claro que podías volver a Rusia a través de la literatura?

-Sí, porque me gusta mucho estar al día de lo que sale, intento no perder comba. Pero considero que si solo lees a otros y si tú no pones de tu parte la relación es un poco desigual. No me puedo comparar con los escritores que me gustan, pero me gustaría contribuir de alguna manera. 

-Víctor, ¿aventurero, viajero, estudioso de los idiomas, escritor o todo es lo mismo en tu caso?

-Uno cuenta de sí lo que le gustaría que los demás vieran, pero si me ves en pijama decae la lírica y todo ese aura aventurera; recién despertado se pierde la magia. Pero si puedes dedicarte a algo como la filología, que requiere mucho tiempo, tienes ese privilegio y hay que aprovecharlo. También es verdad que, a la vez que estudiaba filología, trabajaba como un burro y llevaba turistas a Rusia, y eso me permitió conocer un país que se venía abajo. He sido testigo de algo un poco peculiar, que es que un país cambie en dos años, entre el 91 y el 93. Estaba allí el día del golpe contra la URSS en agosto del 91, y no soy un gran analista político pero sí me gusta la idea de aportar ese punto de vista distinto del que lo ve.

-Te he oído afirmar que comprendes mejor tu país cuando estás fuera y viajas. ¿Ves lo malo también, Víctor?

-Vargas Llosa afirmaba que el verdadero amor a la patria se nota cuando estás fuera porque es cuando de verdad puedes hacer más cosas por tu país. Estoy en desacuerdo con casi todo lo que decía Vargas Llosa, y por mi parte, morriña la justa. Vengo a España con toda la frecuencia que puedo y soy súper crítico con este país maravilloso nuestro, donde me siento maltratado como ciudadano cuando voy por la calle. Creo que este es un país durísimo. Maravilloso si eres turista y estás jubilado y tienes pasta y vives en Castellón y te vas a Vilafamés a ver la maravilla de museo que tiene, pero si tienes que trabajar todos los días en España con unas condiciones normales, es un país muy duro. Soy crítico en ese aspecto y, como en el colegio, necesita mejorar. Hay gobernantes solo trabajan para los ricos, ¿sabes? Y me da mucha rabia. Se ha hecho mucho en España, como por ejemplo leyes para contra el maltrato animal, pero me parece una locura que se siga llevando a los niños a los toros o que haya clases de tauromaquia en los colegios. Me parece terrible. 

-Desde hace tres años diriges el Cervantes de Tokio, ¿qué podríamos copiar de los japoneses?

-Es un país del que tenemos que aprender mucho. Transmite una imagen poderosísima, súper atractiva, y no mienten. Todo lo que te muestran es cierto. Deberíamos aprender de los japoneses a vender nuestro país porque están orgullosísimos, solo cuentan lo bueno y lo cuentan muy bien. Este año han ido 250.000 turistas españoles a Japón. Es una burrada.

-Por curiosidad, ¿cuántos idiomas hablas, Víctor?

-Cuando le preguntaban a Rafael Cansinos Assens cuántos idiomas hablaba, él siempre respondía: “siete, pero todos mal”. Yo soy un poco así también. Hablo ruso, inglés, francés, italiano, griego, español y un poco el catalán. 

-¿Qué carambola se ha dado para que el director del Instituto Cervantes en Tokio venga a Castellón a presentar su última novela?

-Por una cadena de favores o de momentos mágicos. Yo no conocía Castellón y llevo años queriendo ir porque no me explico por qué la gente no se va a vivir ahí la gente siendo una provincia que lo tiene todo. Yo sueño con llegar a mayor y vivir en un sitio como Castellón, cerca del mar y comiendo arroz y pelotas de fraile. Soy muy básico. No necesito más y no quiero necesitar más. Como te digo, nunca había estado allí y este verano vinieron a Tokio Ramón Paus, un gran compositor de Castellón, y una delegación de la Fundación Manuel Babiloni. Ahí conocí a Paus, a la hermana de maestro, Elvira, y a su viuda, Marta Tirado. Y en una de esas charlas les dije que no había estado nunca en su tierra y me invitaron. El caso es que me acerqué un día en cuanto llegué a España y pase por Argot. Mi editor, que es amigo de José Vicente Centelles, me había hablado ya de la librería. Me pidieron presentar Soviépica allí y no me pude negar. Y si quieres cuadrar la ecuación o la espiral de Fibonacci te diré que un compañero mío que está en brasil, Jose Vicente Ballester, es íntimo amigo de Ramón Paus. Así que hemos creado un grupo, el de la conspiración castellonense, y pretendemos ir a vivir a vuestra tierra en cuanto nos jubilemos.

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