Ver el mundo desde una hamaca en la piscina del hotel

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VALÈNCIA. Qué insidioso e implacable es el hipercapitalismo este en el que vivimos, qué angustia, de verdad. ¿Que por qué? Nada que no sepan, seguro, pero paso a detallar. Durante quince días he visto el mundo a través de la pantalla de mi móvil, tirada en una hamaca en la piscina de un hotel estupendo. Casi todo mi tiempo lo ha ocupado el no hacer nada, que de eso van las vacaciones. Un dolce far niente que, a ratos, no era tan dolce. Y no lo era porque había ahí un malestar primero pequeñito y paulatinamente más grande, que se manifestaba al compartir en redes algunos de esos terribles vídeos de ataques israelíes a Palestina (#FreePalestina), las imágenes del odio campando por Ceuta y mostrando bien quién la ejerce (los ultras) y quién no la reprime (las fuerzas de seguridad del estado), los reels de cuentas feministas (¡gracias!) denunciando los continuos casos de violencia contra las mujeres, las mentiras descaradas de la reina del vermú (le robo el título al gran José María Izquierdo) a cuenta del aticazo, etc. Añadan aquí todas las tropelías que hemos vivido este verano en el que la maldad parece estar ganando todas las partidas. 

Está claro que estos hechos en sí provocan malestar y lo compartimos todas las personas de bien, pero no me refería a ello. Mi malestar surge de la situación, de ese estar en la hamaca. La pantalla del móvil me permite, con un simple toque de mi dedo índice en el icono de compartir, expresar mi indignación y que mi posición frente a estos hechos quede clara. Mientras tanto, el resto de mi cuerpo ni se mueve, secándose al sol tras nadar en la piscina, con un zumo al lado recién traído por una solícita y eficiente empleada del hotel. ¿Lo van pillando? 

¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo coño gestionar esa contradicción insalvable? ¿Cómo no atender al raca-raca del malestar, cada vez más fuerte? ¿No sería más honesto, por mucho que me indigne, dejar de compartir nada mientras asumo que me he concedido unas vacaciones de señora burguesa ociosa? Pero tengo una pantalla que me comunica con el mundo y con mi gente, y que lanza, incesante, imágenes que no puedo soslayar. Unas por terribles y dramáticas, ante las que es necesario actuar, aunque solo sea compartiéndolas por redes para que las vea mucha gente y no se pierdan en el marasmo de mentiras, bulos y desinformación. Y otras, precisamente, porque son bulos que hay que desactivar, imágenes creadas por IA y por desaprensivos que pretenden confundirnos para que el fascismo gane la partida. Así que no queda otra que contribuir a su desenmascaramiento dándole like a quien destapa el bulo y compartir el desmentido. ¡Cómo no hacerlo!

En la era pre smartphone, pasarse unos días tirada en una hamaca en la playa o al borde de una piscina suponía prácticamente desconectarse del mundo. Este iba a su ritmo y seguían pasando cosas mientras tú estabas ahí recibiendo la caricia del sol, bañándote en el mar o en la piscina y disfrutando de la pura sensación del verano. Eso ahora es impensable porque el móvil nos acompaña todo el rato: lo sacamos para ver la hora y recibimos llamadas y escribimos mensajes y hacemos una foto y revisamos las redes, uf, y en cada uno de esos actos el mundo, zas, aparece ante nuestros ojos. 

Quizá ustedes sí han dejado el móvil en la habitación del hotel o donde sea y han pasado de él, pero lo dudo. Además, me gusta estar informada, siempre ha sido así, incluso estando de vacaciones. Tampoco voy a renegar de algo que no es negativo en absoluto y que puedo seguir haciendo ahora con la comodidad de tener una pantalla que me acompaña y en la que con solo deslizar el dedo tengo toda esa información a mi alcance. Difícil prescindir de la herramienta que nos conecta ¿con la realidad? Vamos a llamarlo así. En todo caso, una realidad convertida en imagen, en reel, en meme, en vídeo breve porque los largos no los ve nadie. O en palabras que, inmediatamente, evocan imágenes odiosas, como avalancha o invasión y que hay que desactivar, aunque conlleve muchísimo esfuerzo y energía hacerlo. Demasiada ficción en esa realidad, sensación agravada cuando ves el mundo desde la pantalla de tu móvil en una hamaca. 

Carlos Garsán escribía aquí hace unos días un artículo estupendo sobre otra de esas contradicciones, la de detestar y denunciar en tu ciudad los males de la turistificación pero luego convertirte en turista en vacaciones visitando otras ciudades, y se preguntaba cómo le verían a él los lugareños. Una pregunta muy necesaria. Lo cierto es que la contradicción está siempre ahí, solo que el resto del año se nota menos: estás trabajando, produciendo, siendo útil al sistema, y quiero pensar que también a la sociedad, que no es lo mismo, ni mucho menos, y se disimula el privilegio. Pero cuando paras, ay, amiga cuando paras. Ahí sí que duele. 

Añadan a todo esto una maldita conciencia de clase, porque una viene de donde viene, que no deja de fijarse en lo mucho que trabajan los y las trabajadoras del hotel para que tú te sientas bien y no hagas nada: limpian tu habitación mientras estás en la piscina, te preparan tu comida y tu bebida, te preguntan qué deseas… Una conciencia de clase que no puede evitar preguntarse si estarán bien pagados, si serán muy precarias sus condiciones, etc. Más raca-raca. En serio, ser de izquierdas es agotador, ser de derechas no tiene mérito alguno y es infinitamente más sencillo.

  • 'The Good Place' -

En fin, que no hay solución porque la contradicción es inherente al sistema. Y es que en este turbocapitalismo que todo lo fagocita, somos víctimas y cómplices a la vez y no queda otra que aceptarlo. La serie The Good Place lo cuenta de maravilla con humor y con muchísima lucidez. Esa certeza terrible de que nuestro bienestar está construido sobre el malestar de otros. 

Por cierto, escribo este artículo desde la dichosa hamaca. Previamente y en días anteriores, he subido a mi Instagram unas bonitas fotos de las palmeras que bordean el hotel recortadas en el cielo azul con unas nubes muy fotogénicas (¿hay algo más fotogénico que las nubes?). Mientras, en el hilo musical de la piscina suena ‘Knockin’ on Heaven’s Door’ al estilo chill out. Qué quieren que les diga, es lo que hay. No queda otra que cabalgar las contradicciones, poner todo nuestro inevitable malestar al servicio del antifascismo y seguir pegadas a la pantalla sea desde donde sea para continuar denunciando todo lo que merece ser denunciado que, desgraciadamente, es mucho.

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