Todo lo bueno de Miguel Calatayud está en ‘El peu fregit’, su cómic de 1997 rescatado por el Magnànim

Libros y cómic

  • Miguel Calatayud, en una foto de archivo, en 2024.
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VALÈNCIA. Miguel Calatayud sacudió, en 1997, los cimientos del Salón del Cómic de Barcelona. La razón no fueron las peleas de las editoriales en un momento aún boyante del sector, o unas declaraciones incendiarias, o una enemistad irreconciliable. Fueron unas aucas.

El peu fregit (El pie frito en esa primera edición) ganó el Premio a Mejor Obra y algunos compañeros empezaron a preguntar si acaso aquello era siquiera un cómic. La pregunta despertada era la mejor manera de argumentar el premio. Porque sí, El peu fregit es un cómic, pero uno en el que caben maneras diferentes de explicar una historia; tantas que puede despertar  felices dudas.

En 2026, con un público y medios acostumbrados a que se rompan las costuras de la viñeta clásica, la Institució Alfons el Magnànim ha recuperado aquel audaz El peu fregit. Se trata de la primera publicación de su colección Entramats, que según adelantó este diario, editará cómic y libro sobre cómic “desde una perspectiva patrimonial y de investigación”.

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Un libro folklórico

Miguel Calatayud fue el padre de la nueva escuela valenciana, aunque él, con mucha humildad, responda que eso fuera por su edad. Y tanto desde, por ejemplo, La pista atlántica (también reeditado en los últimos años) hasta El peu fregit hay todo un oceáno que demuestra la inmensidad de su trabajo. Si en el primero contaba un caso del detective Gili Lacosta en una sociedad futurista, en el segundo se centra en la divulgación de la vida de Jaume el Barbut, un bandolero de finales del siglo XVIII que existió realmente y que forma parte de los mitos y leyendas del sur de la Comunitat.

¿Por qué esta propuesta fue tan polémica en el Salón del Cómic de Barcelona? En realidad, porque el autor contó a Jaume el Barbut de la mejor manera posible: a través de formatos de página populares, como el auca o plecs de cordell o estampas, sin renunciar tampoco a alguna aparición de la página de cómic clásica. “Algunos de sus componentes [del jurado del Salón] no llegaban a ver a ese maravilloso híbrido pudiera ser considerado una historieta, teniendo en cuenta las escasas páginas en su su interior, ocho en total, que respondían con precisión a esa etiqueta”, explica en el estudio incluído en la reedición Felipe Hernández Cava, también miembro del mismo jurado y firme defensor de la obra.

Fue esa idea radical de su vinculación con el mundo popular la que lo hizo incomprensible también a un público acostumbrado a una primera línea gráfica muy concreta. Es ahora, pasado el tiempo, cuando se empieza a entender su inmensidad.

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Sobre Jaume el Barbut, es un bandolero que vivió las tribulaciones del crimen en tierras valencianas ante el convulso siglo XVIII, primero con la invasión francesa y más tarde con el Trienio Liberal y el mandato del absolutista Fernando VII. Su leyenda está atravesada por una constante paradigmática: una continua lucha contra el poder establecido, mientras se convivía con el mismo y disfrutaba de sus privilegios. El mismo poder que finalmente lo ejecutaría por motivos políticos.

Calatayud cuenta su historia sin romantizar su figura, sino trasgrediendo su biografía contándola desde los demás. El Barbut se encuentra con los personajes que van demostrando quién es, para bien y para mal, sin medias tintas ni maniqueísmos. Malabares narrativos en una historia que atraviesa los vaivenes de los regímenes políticos.

Línea audaz

La diferencia entre la línea clara y la chunga nunca fue cuestión de un grosor. Miguel Calatayud lo demuestra a la perfección con su propuesta gráfica en la que la línea no solo representa personajes sino que se difumina aún más en su función de generar paisajes, abstrayendo algo (pero no tanto) la viñeta.

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Se adapta, en todo caso, a los mencionados formatos populares, que conocía y que traslada al cómic. La infancia valenciana creció con su auca de la Llei del Valencià, como recuerda Jordi Giner Monfort, de la Universitat de València: “En un ejercicio acróbata, Calatayud transciende el lenguaje del cómic para imbricar la historia en los medios habituales de la época por los cuales la población se enteraba de las noticias, los sucesos y las historias de roders y bandoleros, como Jaume el Barbut. Tal ejercicio lo lleva a cabo, además, con una demostración de aprecio por su tierra, la geografía, los paisajes, el urbanismo y los detalles icónicos de los escenarios donde transcurre la historia”. 

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