VALÈNCIA. Cada vez que Nick Cave pisa un escenario, más que a un concierto de rock, me parece estar asistiendo a una especie de bautismo colectivo: la congregación se entrega al pastor durante el tiempo que dura el concierto. Cada vez que veo a Patti Smith publicar algo en su Instagram, pienso en lo bien que haría el papel de papisa, pronunciando un sermón definido siempre por la empatía, mientras sus fieles escriben comentarios que seguramente jamás leerá (aunque a mi amiga Elvira le contestó a uno). Tanto el papel de Smith como el de Cave me parecen coherentes con sus respectivas trayectorias, con sus respectivas obras y consigo mismos. Ambos se han curado del dolor provocado por pérdidas personales muy profundas a través de su arte y, en dicho proceso, la cercanía con el público ha sido fundamental. Y de esa cuestión es de la que quería hablar: el público. La manera en que la gente se relaciona con sus ídolos musicales. El modo en que los venera hoy de una manera casi religiosa.
El rock y la música pop siempre han tenido una importante carga mística. El escenario es también un púlpito y el artista o la banda, los sacerdotes. Inicialmente, era una ceremonia que nacía de la rebelión. El mensaje venía a decir: crea, como adolescente, un lenguaje propio que sea distinto del de los adultos. Rebélate contra tus padres, contra el sistema. Encuéntrate a ti mismo renegando de lo que ya conoces. Era un credo, además, que contenía un elemento altamente sexual. El evangelio en el que se basaba era el mismísimo deseo. Las chicas y los chicos gritaban y se agitaban al ver a Elvis, como si estuvieran asistiendo a una especie de milagro que le poseía. La música pop no tendría sentido sin la adoración y la idolatría. Pero la música pop es una cosa vieja y nosotros, quienes crecimos escuchando la que se creaba el siglo pasado, empezamos a serlo también. Queremos escapar de la realidad, como cuando éramos jóvenes, sólo que ahora, la realidad es mucho más atosigante. Así que comulgamos con reediciones en vinilo que cuestan un ojo de la cara y luego nos encomendamos a nuestros guías espirituales. Es ese apego lo que me fascina: la devoción que propician artistas como Patti Smith o Nick Cave tanto en el escenario físico como en el virtual.

- Patti Smith Quartet, 2026 -
- Foto: BIRGIT FOSTERVOLD
Elvis fue el primer gran santo del rock. El segundo es Lennon, que además ostenta la categoría de mártir (el primer ídolo asesinado precisamente por ser eso, por ser famoso). Y el tercero es Bowie. Su desaparición tuvo lugar en esta época en la que cualquier suceso es amplificado por las redes sociales hasta vaciarlo de su contenido original. Bowie era música, pero también imagen, y no una cualquiera: la suya engloba moda, diseño, fotografía, artes plásticas y audiovisuales. Su imagen y una parte de su discurso entroncan con cuestiones que han ido ganando un enorme peso social, como, por ejemplo, la diversidad sexual. Así que, después de morir, a Bowie lo lloran sus adeptos y lo llora gente que apenas sabe quién es, pero que quiere pintarse el famoso rayo en la cara o en el guardabarros de la moto. Diez años después de su muerte, Bowie es un dios al cual se encomiendan creyentes y profanos. Los primeros estudian sin descanso su biblia. Los segundos lo hacen porque el undécimo mandamiento dice que construirás una nueva versión de ti mismo a través de las redes sociales. Y esa es una tarea muy sencilla cuando puedes apropiarte prácticamente de casi cualquier cosa sin que nadie vaya a exigirte un mínimo de respeto.
De todos los ídolos paganos del panorama actual que se me ocurren, la idolatría que más me choca es la que encarna Morrissey. Cuando veo las pasiones que desata, hasta me entra envidia. Eso es porque lo racionalizo todo en exceso, qué le vamos a hacer, soy de los que piensa que toda precaución es poca. Me topo con esos vídeos suyos y me quedo hipnotizado viendo cómo los devotos saltan al escenario para tocarlo y abrazarlo. Mientras tanto, él juega a recrear a san Sebastián, asaeteado por las flechas de la incomprensión y la intolerancia. Intentando convencernos de que todavía es aquel adolescente que no encajaba en ninguna parte y que acabó funando The Smiths. Las reacciones que provoca me recuerdan mucho a lo que ocurre cuando, cada mes de mayo, sacan a la Geperudeta de la basílica de València y el fervor popular la envuelve. Pero Morrissey es un ídolo al que, a juzgar por lo ocurrido durante su pernoctación valenciana y fallera del pasado mes de marzo, maltratar a sus fieles no parece quitarle el sueño. Suspende conciertos a su libre albedrío y yo todavía pienso en el citado incidente y sus consecuencias. Pienso en la gente que venía de fuera y a la que nadie le va a reembolsar los gastos de transporte y alojamiento, ni el tiempo de vacaciones o los moscosos que invirtió para ver, en este caso, a nadie. A Morrissey sus seguidores le perdonan prácticamente todo porque la fe mueve montañas y digo yo que en algo tenemos que creer. Tenemos que aferrarnos a ciertas creencias sea como sea, y así nos va.
Pero, como decía antes, una cosa es el personaje elevado a la categoría de ídolo y otra son sus adoradores. A mí me dejan perplejo los cientos de miles de personas que interactúan en Instagram cada vez que el ídolo en cuestión publica algo. Y no me refiero a los mensajes de odio (que merecen una reflexión aparte), sino a los de adhesión, devoción y entrega total. Mensajes (no puedo decir textos porque los emojis suplantan a las palabras) que se acumulan por cientos o miles y que, por una cuestión de pura lógica, ni van a ser leídos por el destinatario ni mucho menos van a ser contestados (a no ser que te pase lo de mi amiga Elvira con Patti Smith). Esos mensajes escritos casi con desesperación que solamente vamos a leer el resto de los usuarios. Esos mensajes escritos en plataformas virtuales que nos hacen creer que podemos, aunque sea durante unos segundos, relacionarnos con los seres que idolatramos, cuando lo cierto es que estos solamente interactúan con otros seres idolatrados pertenecientes a su casta, la de las estrellas y los famosos. Una cuestión de fe, supongo.

- Nick Cave -
- Foto: IAN MC FARLAND