Música y ópera

Piso Franco: el cuarteto valenciano que experimenta con el rock alternativo en todas sus declinaciones

El debut discográfico del nuevo grupo valenciano, publicado hace unas semanas por Flexidiscos, es un fascinante 'melting pot' de ritmos, texturas y arreglos poco previsibles

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VALÈNCIA. Antes de encarrilar el nuevo año es de justicia “repescar” algunas de las nuevas bandas que se incorporaron al panorama musical valenciano en 2025 y a las que todavía no habíamos dedicado unas líneas en Culturplaza. Si hace unas semanas hablábamos del excepcional debut discográfico de Aurora Roja, un grupo de pop elegante, de canciones redonditas y muy adictivas, hoy nos centramos en otra formación que nos ha sorprendido, aunque por razones muy diferentes. Se llaman Piso Franco y se distinguen precisamente por alejarse de las estructuras convencionales de la canción pop -versos y estribillo, melodías claramente identificables- sin ofrecer tampoco una alternativa radicalmente opuesta a base de paisajes sonoros infinitos o improvisaciones puras. 

El primer disco de Piso Franco despliega en poco más de media hora una amalgama de ritmos, texturas y arreglos poco previsibles que en conjunto son imposibles de categorizar bajo un solo género musical. Su sonido se caracteriza, en términos generales, por sus líneas de bajo minimalistas, una batería con patrones repetitivos que no recurre nunca al clásico 4/4 y la existencia de dos guitarras que dialogan entre sí en todo momento: una de ellas dibuja bucles y la otra se encarga de introducir arreglos y elementos expresivos que aportan potencia o bajan la intensidad de la canción. 

El grupo está integrado por Darío Satorres (voz, guitarra), miembro de Tercer Sol y anteriormente de la banda de shoegaze Nomembers; Pablo Bosch, guitarrista que comenzó a tocar en los años 90 en grupos de hardcore y punk rock como Ownfight y Los Brackets; Óscar Mezquita, batería omnipresente en la escena underground valenciana desde hace décadas, y Paco Caballer, bajista también de Filete, otra de las nuevas bandas surgidas el pasado año en la ciudad. Hablamos por tanto de músicos que rondan los cuarenta años y que tienen en común un background melómano especialmente diverso que se ha expresado de forma casi inconsciente en esta brillante colección de nueve canciones. 

Los cuatro miembros de Piso Franco coinciden en que este es el proyecto musical más divergente y musicalmente desafiante del que han formado parte hasta ahora. “Yo tenía muchas ganas de tocar algo distinto. Me apetecía tocar algo repetitivo, progresivo pero con pocos cambios y con ritmos un poco más complejos, que es algo que no había hecho nunca, a pesar de que es verdad que he tocado en muchísimas bandas en mi vida. El resultado me gusta mucho porque nos hemos metido en el típico concepto de grupo de músicos que tocan super bien, pero sin ser ninguno de nosotros unos virtuosos. Podría no haber salido bien, pero de alguna forma ha funcionado, poniéndole muchas ganas y dándole muchas vueltas a todo, y estoy muy contento con el resultado”, comenta Óscar. 

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“La base de las canciones es sencilla, pero hay cuatro detalles en el grupo que creo que son diferentes y al final han ido formando el sonido del grupo. Una de esas cosas es la forma y el momento en el que entran los instrumentos en la canción”, observa Paco. “Sí, y el hecho de que no hay estribillos y hay partes que pueden llevarte a algún lado concreto… o no. Es decir, hay canciones en las que esperas que ocurra algo todo el rato, y no ocurre, y el tema termina sin cierre ni fade out. No es un error, lo queríamos así”, añade Darío, guitarrista, cantante y autor de las letras, que por cierto están compuestas íntegramente en valenciano. 

El curioso origen de Piso Franco

Fue curioso comprobar el pasado 31 de octubre, durante el concierto de presentación de este disco en la sala 16 Toneladas, la disparidad de análisis que se extraían del público. 

Ninguna de las conversaciones en las que participé incluyó las dos referencias que sí citaron los miembros de Piso Franco cuando hablamos días después: Antelope (grupo de Washington D.C., de la escudería Dischord Records) y Lithics, grupo de revival post punk / new wave originarios de Portland. “A mí me gustan mucho las canciones en las que todos tocan lo mismo y de repente uno de los instrumentos introduce un cambio. Eso es muy de Antelope, por ejemplo”, señala Darío. 

“En realidad, nuestra idea inicial era montar un grupo de versiones del primer disco de Radioactivity. Lo que ocurre es que sonábamos a Rekolekta Para una Birra -desvela Óscar partiéndose de risa-. Nos dimos cuenta de que no íbamos por buen camino y que necesitábamos probar algo que fuese nuevo para todos”. (NOTA: Efectivamente, el disco de Piso Franco no tiene un solo tema que suene ni lejanamente al torbellino de energía con ganchos melódicos que caracteriza al grupo texano).

  • Portada de Irene Palacio

El juego imposible de las referencias

Dependiendo de la canción y del oyente, algunos pasajes explosivos de Piso Franco traen a la memoria a Fugazi. Del mismo modo, los patrones rítmicos de la batería resuenan a veces a los ritmos africanos de Katherine Bornefeld en The Ex, otra banda icónica para los punks de la generación pre-millenial. También es fácil ver en los esquemas progresivos de varios temas la huella de bandas de post rock de los noventa. 

Seguimos con el juego imposible e innecesario (pero divertido) de las reminiscencias subjetivas. La canción “Sóc cinc” puede trasladarnos mentalmente a Rosvita, el extraño y fascinante grupo de pop rock experimental madrileño contemporáneo. Por otra parte, “Va!” podría formar parte perfectamente de un recopilatorio de egg punk por su tono juguetón, frescura y rapidez, que poco o nada tiene que ver con la cualidad hipnótica y mucho más pausada de “Ja plou” o con las extravagancias que encontramos en otros cortes del disco como “Qui vol” (disonancias, notas intrusas que no te esperas para nada) o “Intentar i fallar” (ritmos tribales donde Óscar introduce desacoplamientos deliberados en los compases). 

La razón de fondo de esta variabilidad de estilos se debe entre otras cosas a que estamos ante un disco que registra con luz y taquígrafos el proceso de creación de un grupo en busca de su identidad. Es como una especie de mapa desplegado ante nosotros en el que se exponen los meandros, los hallazgos, y también los atolladeros de un viaje creativo que se encuentra en ese punto inicial en el que todavía todo es posible. 

Una vez asumido que Radioactivity no sería la luz que alumbrase su camino, entró en juego la dinámica de la intuición. Piso Franco se quitó los grilletes de las referencias concretas y comenzó a probar cosas. Esas ganas de hacer algo distinto, sin saber exactamente qué ni cómo, se han materializado en un disco “de laboratorio” con un encanto singular y absorbente. Sin duda, una de las sorpresas más gratas de 2025.

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