VALÈNCIA. Bajo el suelo de Ginebra la mayor y más compleja máquina creada hasta la fecha por el ser humano se activa para acelerar partículas hasta velocidades cuasilumínicas y con su colisión iluminar pequeñas, pequeñísimas parcelas de todo lo que no sabemos sobre lo que habitamos, si es que hablar en esos términos tiene acaso algún sentido. Allí, una comunidad científica subterránea pone a prueba las costuras de lo que sospechamos. Todo sucede en fracciones infinitesimales de tiempo. Las escalas de aquello que vamos descubriendo de la realidad, para colmo, son siempre inhumanas, configuradas a una medida que define lo humano desde la imposibilidad: la de poder conocer otra estrella, la más cercana, una de un número inimaginable que se encienden y apagan para hacer más cálida la gélida noche cósmica; la de concebir qué es lo que creemos que sucede más allá del horizonte de sucesos en el futuro en forma de singularidad; la de ver y así comprender el tejido último que da forma a sea lo que sea esto. Por suerte la física, sostenida por las matemáticas, trabaja en un carril, si bien lleno de obstáculos, alejado de otras turbulencias periféricas. Sorprende, y es una de las mayores suertes que tenemos, que tal y como está el panorama aún se pueda hacer ciencia que no tenga una aplicación directa en forma de tecnología o beneficio económico, ciencia que persigue ampliar nuestro conocimiento a través de una cadena que se extiende desde el pasado y hacia el futuro y que solo terminará con nuestra extinción. Esa ciencia es la que nos permite pensar en nuevas partículas que existen en determinados rangos energéticos, en la evidente y a la vez esquiva materia oscura que cohesiona las galaxias, la energía oscura que expande el universo, en dimensiones adicionales, o en cuerdas que vibran y con ello, sea todo.

- Quipus, de Ximo Rochera -
- Libros del Baal
También es esta ciencia de la que nace Quipus, la nueva novela de Ximo Rochera publicada en Libros del Baal, una obra con una virtud clarísima, y es la de conseguir exactamente lo que pretende, que sin revelar su naturaleza, se mueve en un margen muy estrecho y sutil. Partiendo del LHC del CERN, el autor nos presenta a continuación once capítulos a modo de paisajes humanos que se despliegan en escenarios reconocibles por estas latitudes como el mercado de Ruzafa o Almenara: relatos donde suceden casualidades y también irrumpen las consecuencias de decisiones del pasado, hechos trágicos durante los que de forma recurrente, en un inquietante segundo plano, se manifiesta un cielo gris, quizás demasiado gris y denso. Cada uno de estos capítulos recibe el nombre de cuerda, y por ellos discurren las vidas de estudiantes hikikomoris, trabajadoras hastiadas, terratenientes corruptos o tripulantes de aviones con reminiscencias Lost. “Camina por el pasillo y el collage de las imágenes que componen su vida se le muestra a la vista sin necesidad de cerrar los ojos. Espera el colapso de la única estrella que iluminaba la pequeña galaxia que es su vida. Piensa que quizá esa luz ya se ha extinguido hace muchos años y lo que ella ve es únicamente su recuerdo palpitante. Quizá todo ha dejado de existir hace mucho tiempo y la muerte de su madre tampoco ha existido. Ni la firma de ese documento. Carmen no está segura de nada, no está segura de su existencia. Se acuerda nuevamente de Silvia y sigue caminando hacía la parada del mercado sin darse la vuelta ni mirar los otros puestos. No saluda a nadie. Se siente como una extraña en un universo muy pequeño”.
Los quipus a los que hacen referencia el título —una genialidad— no son escurridizas partículas anticipadas por el modelo estándar pero todavía no vistas por no poder generar los gigaelectronvoltios necesarios, ni tampoco el nombre de un satélite o de un lejanísimo cuerpo celeste, sino de un antiguo sistema de registro de información usado por las civilizaciones andinas, especialmente los incas, que consistía en cuerdas de diversos colores con nudos que codificaban datos numéricos, contables y posiblemente narrativos. Si no lo conocías, podrás vivir el asombro de verlos en funcionamiento por primera vez en decenas de vídeos online. Tal y como las cuerdas de los quipus iban anudándose y cargándose de significado, las cuerdas-relato de Rochera nos sugieren vidas que se cruzan, situaciones que convergen, desenlaces inevitables. Pero, ¿es realmente así? ¿Es eso lo que estamos viendo, o lo que la manera en que nuestro cerebro ordena lo que percibe tiende a interpretar? Hay que llegar al epílogo, camuflado de apéndice divulgativo, para constatar, o si no tanto, para reforzar la intuición. No obstante, el juego del autor, quien cual científico vengativo nos utiliza como a ratones de laboratorio para sus enrevesados experimentos con la materia misma de la existencia, sugiere muchas más preguntas: ¿qué clase de venganza se insinúa al comienzo del libro? ¿Se llega a llevar a cabo? ¿Qué puede haber sucedido, ha salido bien, mal, o una mezcla de ambas posibilidades? Rochera introduce con gran habilidad las ideas más poderosas de la física teórica de vanguardia, desde lo multiversial a las branas y el bulk, o con la mente dispuesta a volar, quizás los taquiones, la teoría M, disrupciones que transforman nuestras líneas narrativotemporales en un caleidoscopio cósmico. ¿Podríamos afirmar que lo que vivimos es un recorrido que va de la salida a la llegada? ¿No tenemos en ocasiones sensaciones de extrañeza difícilmente explicables? Y al contrario: un cosquilleo de familiaridad ante escenarios a los que nunca habíamos ido a parar. En Quipus, Ximo Rochera, cual khipukamayuq, maneja las cuerdas del destino con la seguridad propia de las entidades omniscientes que rigen el devenir de los acontecimientos, a saber, los demiurgos mitológicos, y los narradores.