Las ‘Memorias del Aéreocalipsis’ de Pedro Jiménez

Libros y cómic

LA LIBRERÍA

Editorial Loto Azul publica la nueva historia de un escritor con un imaginario muy personal en el que conviven lo divino y lo tecnológico, la cultura pop y la fe, en forma de ideas sorprendentes y brillantes

  • Lilith crucificada en el Dogma Central, de la serie Neon Genesis Evangelion
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VALÈNCIA. De la muerte de Dios se ha escrito largo y tendido, en sentido metafórico, simbólico o en clave de ficción. Si tal fenómeno fuese una posibilidad, el cómo se manifestaría admite todo tipo de tratamientos: en primer lugar, dado este ejercicio de pensamiento, lo más probable es que estemos hablando del dios de los cristianos. No porque sea menos inmortal que otros –los hay, de hecho, que sí mueren, para siempre, hasta el fin de los tiempos, o de forma cíclica–, sino por ser quien históricamente ha protagonizado estos supuestos filosóficos o literarios. En segundo lugar, y dada la primera aclaración, habría que matizar que tampoco estaremos hablando de su sacrificio en la piel de su hijo, sino de su entidad clásica de poder creador universal y absoluto. A partir de aquí, dicha muerte puede darse de muchas formas: quizás en forma de éxito del mal, de la propagación del dolor ante la inacción o defenestración de quienes pudieron hacer algo pero no lo hicieron; por culpa del descreimiento generalizado de la sociedad en sus creencias y ritos tradicionales (por falta de transferencia generacional, por el cambio en las costumbres, por las distracciones producto de la era del atontamiento y las satisfacciones inmediatas), o por su sustitución por parte de nuevos dioses mucho más jóvenes hijos del tiempo presente, como es el caso del panteón de los conceptos científicos simplificados, tergiversados y divinizados (la energía, lo cuántico), o la prole degenerada del capitalismo, engendros híbridos entre la adrenalina de las apuestas cripto, el bushidō, el llamado “ethos” guerrero, la parodia de la masculinidad, y el culto al dinero.

  • ‘Memorias del Aéreocalipsis’, de Pedro Jiménez -

En otro sentido de la idea se encuentra una muerte física y apocalíptica, una caída colosal, terrorífica y catastrófica. Un cadáver celestial encarnando todo tipo de preguntas para los fieles y para los ajenos. La imagen es poderosa, una excelente premisa, punto de partida o eje para una historia como es Memorias del Aéreocalipsis de Pedro Jiménez (publicada por Editorial Loto Azul), en la que es una nueva edición de su muy característico imaginario que tuvimos a bien llamar en este espacio, a propósito de Una sublime patada hacia adelante, sci-fe, science faithction o ciencia fección: lo divino, lo tecnológico, la extinción, las preguntas esenciales de la existencia y otras nada obvias pero increíblemente acertadas y pertinentes, la cultura pop y la empresarial, lo cósmico horroroso o al contrario, la ciencia, lo teórico y lo metafísico: todo ello convive en un tipo de relato en el que se concentra un gran talento literario y una mirada muy singular. Por lo que concierne a este libro, leemos acerca de un mundo en el que la humanidad ha desaparecido por culpa de un cataclismo atmosférico similar al que se pensó que podría desencadenar la primera explosión nuclear: en su lugar habitan la Tierra robots desorientados y otro tipo de seres artificiales como la pareja de protagonistas, quienes quién sabe si por la inercia o por la providencia se dirigen hacia el el lugar en que yace el cuerpo sin vida de Dios, un dios que Jiménez caracteriza al modo clásico –señor en túnica– en lo que es uno de las principales virtudes de su estilo de narrar: la capacidad de hablar de lo complejo por medio de episodios inteligentes y sin artificios: 

“La palabra, SU palabra, habría creado el universo: «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz». Eso era obvio por lo que podían ver. Imaginaron ambos robots que, antes de morir, Dios, agonizante, había pronunciado una última palabra y lo que podían observar era fruto de ella. También les resultó evidente por qué las leyendas rumoreaban que allí se hacían milagros. Toda la zona era un milagro en sí. Blue trató de ponerle palabras, puesto que Rojo jamás podría. [...]. Lo primero que Blue pensó fue que necesitaba una categoría nueva para poder incluir dentro de la misma ese paraje «florecido» ante sus narices. Pues las cosas que allí veían no eran orgánicas, pero tampoco sintéticas. Eran, por ejemplo, algo relativamente parecido a flores, hermosas y rizadas como una refinada caligrafía.[...] sin duda no eran vegetales ni plantas robóticas o cibernéticas; eran más bien otra cosa. Seguramente se podría decir que pertenecían al mundo espiritual; sin embargo, eran completamente físicas. Blue pensó que algunas de esas formas eran la tangibilización de conceptos concretos: cosas como la ira cuando un socio descubre que ha sido estafado en un negocio, la alegría de dar a luz un primer hijo o las sensaciones de observar un hecho absolutamente improbable y hermoso al ocurrir. Todo ello transformado en unas formas vegetales, si es que se puede decir así. Había árboles que podrían definirse como columnas de gas radiactivo florecientes o enredaderas de aspecto algebraicamente preciso. Pero eso no era lo único que pululaba por allí”. 

Este pasaje, uno de los más hermosos del libro, también es el que mejor define o ejemplifica la visión del autor: allí yace Dios como un Gulliver santo: si de sus ojos ya cerrados nacen dos surcos de destrucción como dos enormes trincheras fruto de una última mirada imposible de resistir, cerca de su boca se ha dado un nuevo génesis. El eco de lo dicho es, en la mente de Jiménez, un campo físico, biológico y semántico que hace sus prodigios trayendo a la existencia una nueva familia dentro de la vida que trascenderá a las criaturas que ya se marchan para que otras puedan heredar la Tierra.

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