Cultura

La divinidad de los gritos y las palabras

  • Divinas palabras, de Atalaya Teatro
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ALICANTE. “Concretemos la fórmula que tiene por delante el dramaturgo español: escenarios y gritos”. Esta receta teatral la daba Ramón María del Valle-Inclán en 1929, pero su seguimiento ya se hace evidente en la que hubo de ser la composición de Divinas palabras, aparecida una década antes. En un modo similar al del egregio autor, Atalaya Teatro continúa siendo consciente del gran significado que, en las tablas, puede llegar a adquirir la exclamación, el grito. Y es que unos conmovedores lamentos marcan el pistoletazo de salida de las Divinas palabras que la compañía sevillana trajo al Teatro Principal de Alicante este sábado 10 de enero.

Subtitulada con la especificación de Tragicomedia de aldea, esta célebre pieza se caracteriza por la unión de lo trágico y lo cómico —ya orientada al esperpento—, y por el protagonismo absoluto del pueblo. En su puesta en escena, Atalaya también sabe llevar estos elementos hasta sus últimas y mejores consecuencias. Especialmente, llama la atención la compacta colectividad que, como habitantes de la oscura y mítica Galicia de Valle, conforman los actores.

Sin dejar de lado la avaricia que motiva las conductas de sus egoístas personajes, aquellos saben alimentar constantemente una fantástica sensación de conjunto; de marea humana que, a la manera de las más negras pinturas de Goya, ríe y llora, con sus coplas y miserias, ante un sobrecogido público. Sin duda, esta potente energía compartida —solo ligeramente perdida en el que debería ser un desenlace de más fuerza— es uno de los mayores tesoros que guarda el montaje, muy bien envuelto, en este sentido, por la genial labor de coreografía que llevan a cabo Juana Casado y Lucía You.

Al comentar este poderoso conglomerado humano que llena de principio a fin el escenario, tampoco deben quedar sin ser mencionados sus integrantes, los polifacéticos y ágiles actores que, no siendo más de ocho, consiguen crear un auténtico ambiente de pueblo: Silvia Garzón, Ana Baraza, Enmanuel García, Laura Kriváková, Raúl Lledó, Pedro Callealta, Raúl Vera y María Sanz. De entre todos ellos, sobresalen, igualmente, diversas interpretaciones individuales. Como algunas de las más logradas, pueden resaltarse las ejecutadas por los dos últimos: Vera, que le sabe imprimir a su Pedro Gailo un patetismo aturdidor, y Sanz, que encarna con un gran realismo a las familiares de aquel, la prontamente desaparecida Juana Reina y la resabiada Marica del Reino.

  • Divinas palabras, de Atalaya Teatro -

Por supuesto, también ha de quedar reflejada la notoria labor de Ricardo Iniesta, encargado de la dirección, el espacio escénico y la adaptación. Como el elemento más representativo de su versión, destaca, puesta al servicio de lo grotesco, una única pero multidisciplinar forma, la cónica. A partir de esta inteligente visión, y jugando con distintos tamaños y juegos ópticos, el cono pasa a simbolizarlo absolutamente todo: desde las copas en que los aldeanos beben hasta las campanas de la iglesia, pasando por elementos tan icónicos en el clásico original como el carretón que transporta, en tortuosa ruta de caminos y tabernas, a Laureaniño. Con todo esto, también desempeñan un papel importante Ana Arteaga & Viñas —escenografía— y Quique Ruiz —atrezo—.

Además, se hace resaltable el diseño de luces de Alejandro Conesa, que, en combinación con la labor musical de Luis Navarro, da lugar a algunos de los momentos más significativos de la representación. Por ejemplo, resulta impactante la específica y reiterativa unión de luz y sonido que, en diversos momentos de la obra, tiñe de un rojo chirriante la inevitable llegada de la muerte. Finalmente, ha de quedar recogida la noticia de que, en reconocimiento al trabajo llevado a cabo en esta puesta en escena, Carmen de Giles y Flores de Giles fueron galardonadas con el Premio Yvonne Blake al Mejor Diseño de Vestuario en Espectáculo Teatral o Danza.

Dicho todo esto, esta crítica acaba donde ha empezado: en las declaraciones de Valle. ¿Saben con qué título anunciaba Valle-Inclán, en 1915, la inminente elaboración de la que terminaría siendo esta obra eterna? Pan divino. Ciertamente, es de una mayor hermosura la elección del título definitivo, Divinas palabras. Este hace referencia al prodigio del verbo; al milagro que acaba por salvar a la valleinclanesca Mari-Gaila; a la divinidad de los gritos y las palabras, revelada, una vez más, en el mejor lugar que existe para ello, el teatro.

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