Isla de Java, un viaje al corazón del fuego

Revista Plaza Principal

Viajamos a

Amaneceres sobre un mar de nubes, volcanes que rugen bajo los pies, cascadas escondidas en la selva y un fuego azul que parece brotar del corazón de la Tierra. La isla de Java concentra algunos de los paisajes más espectaculares de Indonesia

  • El amanecer en el volcán Bromo desde el mirador de Gunung Penanjakan.
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El despertador suena a las tres de la mañana. Es noche cerrada y el coche avanza por caminos que la bruma espesa vuelve indescifrables. Soy incapaz de distinguir por dónde vamos. Al poco, la carretera se convierte en un inmenso atasco. Cientos de coches y motos permanecen inmóviles en una vía por la que apenas cabe un vehículo. Hemos tenido la mala suerte de coincidir con un festivo nacional. Los minutos pasan y el coche no avanza, así que decidimos continuar en moto. Voy sentada entre el conductor y mi compañero de viaje; por decirlo de alguna manera, soy el relleno de un bocadillo.

Las linternas de los cientos de viajeros dibujan un reguero de luz sobre el sendero que conduce al mirador de Penanjakan. El horizonte permanece oculto tras un espeso manto de nubes y, por un momento, temo que el esfuerzo haya sido en vano. Entonces ocurre la magia. Poco a poco, la niebla comienza a abrirse y deja al descubierto las siluetas del Bromo, el Kursi y el Batok, que emergen de la inmensa caldera Tengger como si flotaran sobre un mar de nubes. El cielo se tiñe de tonos rosados y anaranjados mientras los primeros rayos de sol alumbran el paisaje. A lo lejos aparece el Semeru, la montaña más alta de Java (3.676 metros), que se distingue por su fumarola intermitente. Ahora, con el cielo despejado, descubro por fin el camino que habíamos recorrido de madrugada. Todo parece distinto a plena luz del día. Incluso el trayecto en moto cobra otro matiz.

  • El amanecer en el volcán Bromo desde el mirador de Gunung Penanjakan. -

Al contemplar la vista resulta fácil entender que Indonesia se levanta sobre el Anillo de Fuego del Pacífico, una inmensa cadena de volcanes y fallas tectónicas que la convierte en uno de los territorios con mayor actividad sísmica y volcánica del planeta —hay unos 130 volcanes activos—. No sé si será su paisaje o la posibilidad de sentir de cerca la fuerza de la Tierra, pero estos gigantes de fuego siempre me han fascinado, especialmente desde que estuve a los pies del Etna, en Sicilia. Por eso, en mi viaje a Indonesia no podía dejar fuera la isla de Java.

El coche pone rumbo hacia la inmensa caldera. Sobre el Mar de Arena, una vasta llanura de ceniza volcánica, cabalgan caballos con las crines teñidas de vivos colores. La manera en la que los dueños se comunican con ellos es muy emotiva. Algunos turistas recorren sobre sus lomos el último tramo hasta los pies del Bromo para evitar la caminata. Desde abajo, el volcán parece un gigante vivo que exhala sin descanso una columna de humo blanco. Para alcanzar el borde del cráter hay que subir unos 250 escalones. El sol ya aprieta y muchos turistas deciden quedarse abajo. Los pocos que continúan hacen una pausa antes de llegar arriba. Los dejo atrás. A medida que asciendo, el olor a azufre se vuelve más intenso y el rugido del volcán sustituye al silencio. Me siento junto al borde y escucho. Durante unos minutos solo existe ese sonido. Mi corazón parece acompasar su latido al del volcán y siento una conexión difícil de explicar.

  • La fumarola constante que emite el cráter del Monte Bromo. -

A un lado, un pequeño altar con la estatua de Ganesha cubierto de ofrendas recuerda que para el pueblo tengger y otras comunidades de Java los volcanes son también una fuente de vida. Al volver la vista atrás, el Mar de Arena se extiende hasta el horizonte. ¿Será muy diferente al paisaje de la Luna?

Cascadas de ensueño

Si hace apenas unas horas caminaba por un paisaje lunar, ahora avanzo por un estrecho cañón cubierto de vegetación camino de la cascada de Madakaripura.

Para llegar a ella debo cruzar varias veces el río y esquivar el agua que cae, como si fuera lluvia, desde las paredes de roca cubiertas de vegetación. De repente, el sendero se abre y aparece una cortina de agua de unos 200 metros de altura que se precipita casi en vertical desde lo alto del acantilado. El estruendo del agua, la humedad constante y la luz que se filtra entre las paredes cubiertas de musgo crean un rincón mágico en plena selva. Me siento sobre una roca a contemplar la cascada. Ahora entiendo por qué este fue el último lugar de meditación de Gajah Mada, el célebre primer ministro del antiguo imperio Majapahit.

 

  • Vista de Kampung Pelangi el pueblo arocíris de Indonesia. -

El coche pone rumbo a Malang. Antes hago una parada en Jodipan, un pequeño barrio atravesado por el río Brantas cuyas fachadas, escaleras y tejados forman un mosaico de colores que rompe con el paisaje urbano tradicional. Desciendo hasta sus callejuelas y descubro que lo más bonito del lugar no son sus colores, sino la historia que esconden. Hace apenas una década, Jodipan era uno de los barrios más degradados de la ciudad. Un proyecto impulsado por un grupo de estudiantes transformó sus casas con vivos colores y, más tarde, los murales terminaron de convertirlo en el conocido ‘pueblo arcoíris’. La iniciativa atrajo a miles de visitantes y mejoró la economía del vecindario.

Aunque pueda parecer un escenario creado para el turismo, la vida aquí sigue su curso. Los niños juegan en la calle, el olor a comida recién hecha se cuela por los callejones y los vecinos conversan sentados en sillas de colores frente a sus casas. Pero, cuando el reloj marca las cinco de la tarde, el pueblo recupera su calma. Es la hora límite para que los visitantes recorran sus calles, así que yo también emprendo el camino de regreso al hotel.

El fuego azul

El día comienza con otra aventura: la cascada de Tumpak Sewu. Desde el mirador apenas puedo abarcarla con la vista: decenas de cortinas de agua se precipitan al mismo tiempo por un anfiteatro de roca cubierto de vegetación. Al ver el agua deslizándose por toda la pared del acantilado entiendo por qué su nombre significa «mil cascadas» en javanés. Con unos 120 metros de altura, está considerada una de las cascadas más impresionantes de Indonesia. Es imposible apartar la vista del agua, aunque al levantar la mirada descubro que, al fondo, se alza el volcán Semeru.

  • vista desde arriba de la cascada Tumpak Sewu -

La aventura no termina aquí. Aún queda escuchar el latido del volcán Ijen. Para ello, es imprescindible salir a medianoche, con la única iluminación de una linterna frontal. En la puerta hay unos bares para tomar algo. Es noche cerrada y hace frío. A las tres de la mañana abren el acceso y comienza el ascenso. Me recuerda a la típica imagen de las rebajas. Al poco, alcanzo a aquellos que habían salido corriendo. A veces, el aire trae olor a azufre, pero puedo caminar sin usar la máscara de gas.

Al llegar a la cima comienza el descenso al fondo del cráter. Soy de las primeras, así que el camino está despejado. El olor a azufre se hace más intenso a medida que bajo. Las emisiones me obligan a ponerme la mascarilla para protegerme de la nube tóxica. Respirar deja de ser un gesto automático. Cada bocanada obliga a pensar. Mientras bajo equipada, a mi lado ascienden mineros cargando enormes bloques de azufre sobre un simple balancín de madera. Lo hacen varias veces al día. El mismo sendero que para mí es una aventura forma parte de su rutina.

  • El lago del cráter Kawah Ijen es el lago altamente ácido más grande del mundo. -

El último paso me lleva al corazón del volcán. Para contemplarlo con tranquilidad conviene descender de los primeros, pues la gente se agolpa en la bajada. De repente aparece. Una llama azul rompe la oscuridad. Más que una llama, da la sensación de que la propia Tierra se ha resquebrajado y deja escapar su fuego desde el subsuelo. Son los fuegos azules del Ijen, un fenómeno único que solo puede verse en condiciones muy concretas: la combustión del gas sulfuroso que emerge del interior del volcán. El aire arrastra por momentos la nube tóxica y debo alejarme corriendo. Es enigmático, casi hipnótico, estar allí una vez más a los pies de un volcán.

De nuevo arriba, el volcán revela una estampa mágica: el gran lago ácido del Ijen, de un turquesa irreal que resalta la fumarola que se eleva desde su orilla. Observando el paisaje me doy cuenta de por qué me fascinan los volcanes. Sí, por su belleza y la fuerza que esconden bajo la superficie, pero también porque me recuerdan que la Tierra sigue viva. Y, por unas horas, he creído escuchar cómo latía.

  • Los caballos con la crin de colores galopan por el paisaje lunar del volcán de Bromo. -

Qué más hacer en la isla de Java

Visita el templo de Borobudur 

Construido entre los siglos VIII y IX por la dinastía Sailendra, el templo de Borobudur es el santuario budista más grande del mundo y una de las grandes joyas arqueológicas del sudeste asiático. Concebido como una representación simbólica del camino hacia la iluminación, sus nueve plataformas superpuestas están decoradas con más de 2.600 relieves y 500 estatuas de Buda. Recorrerlo en el sentido de las agujas del reloj supone un ascenso gradual desde el mundo terrenal hasta las terrazas circulares, donde decenas de estupas rodean la gran estupa central, culminando un recorrido que combina arquitectura, espiritualidad y arte.

Guía práctica de la isla de Java 

Cómo llegar: La forma más habitual es volar a Yogyakarta con una escala desde España.  Consejo: Dedica entre siete y diez días para combinar los templos de Borobudur y Prambanan con los volcanes Bromo e Ijen.    Moneda: Rupia indonesia (1 euro son 19.000 IDR).    Web de interés: Artisal Viajes Fotográficos organiza rutas por Indonesia en grupos reducidos, centradas en la fotografía y el descubrimiento del destino: ww.artisal.com.

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 138 (julio 2027) de la revista Plaza

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