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CRÍTICA DE CINE

'Incontrolable (I Swear)': Una enorme interpretación para una película que visibiliza el Síndrome de Tourette

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VALÈNCIA. Cuando en los pasados premios Bafta, que otorga la Academia Británica de Cine, Robert Aramayo ganó el premio al mejor actor en una categoría en la que estaban nominados Timothée Chalamet, Leonardo Di Caprio o Michael B. Jordan, resultó toda una sorpresa. 

Sin embargo, después de ver su interpretación en Incontrolable (I Swear), tiene todo el sentido. La cuestión es que la película británica no se había estrenado en Estados Unidos, y por esa razón, no podía participar en los premios, de manera que quizás, ya haya un favorito para la próxima temporada. 

Bajo la dirección de Kirk Jones y con la interpretación central de Aramayo, la obra traslada a la gran pantalla las décadas de lucha y visibilidad pública de John Davidson, el activista escocés convertido en referente nacional sobre el Síndrome de Tourette.

El filme dramatiza la trayectoria de Davidson, quien fue diagnosticado con Tourette a los dieciséis años y cuya vida quedó registrada en documentales emitidos por la BBC desde finales de los ochenta. Davidson recibió la distinción MBE en 2019 por su labor educativa y de activismo social en el Reino Unido, aportando así relevancia pública a su historia de vida, repleta de lucha y esfuerzo por integrarse en la sociedad a pesar de su condición que parecía relegarlo a los márgenes. 

El guion de Jones aborda el reto de adaptar un relato real lleno de matices a un largometraje convencional. Si bien la película recurre a varios elementos típicos del género biográfico (como historias de superación, emoción y redención), la interpretación de Aramayo alterna momentos de comedia involuntaria y ternura con un retrato directo del sufrimiento relacionado con el trastorno. 

La primera parte del filme, donde Scott Ellis Watson encarna al Davidson adolescente, muestra la aparición abrupta de los tics y los primeros signos de aislamiento social junto al acoso escolar. Se describe cómo el entorno familiar enfrenta la incomprensión y la impotencia: el padre, absorbido por su rutina de bar; la madre, interpretada por Shirley Henderson, rebasada por la situación que no logra entender. Queda reflejado que los primeros años estuvieron asociados a la exclusión y a la falta de recursos y comprensión en la comunidad inmediata de Davidson. 

A partir del segundo acto, la narrativa incorpora la aparición de personajes secundarios significativos, como Dottie Achenbach (interpretada por Maxine Peake), madre de un amigo de infancia y enfermera de salud mental, y Tommy, el trabajador social interpretado por Peter Mullan. Estos dos roles refuerzan el entorno de apoyo que facilita la transformación vital de Davidson. La introducción de Dottie, diagnosticada de cáncer terminal, añade densidad al relato y pone en primer plano la creación de una red de cuidados ante las dificultades.

El guion construye un ciclo de avances y retrocesos: cada logro de Davidson, como acceder a un empleo, resoluciones judiciales o encontrar vivienda, se ve contrarrestado por nuevos obstáculos y rechazos que surgen o se agravan debido a su situación neurológica, generando una experiencia emocionalmente extenuante que describe la cotidianidad de quienes viven con el síndrome.

El filme también aborda la falta de adaptación del entorno hacia Davidson y la tendencia a la criminalización social de sus síntomas. En escenas como la comparecencia ante el juez, donde Tommy declara ante el tribunal: “No puede fingir lo que le cuesta la vida diaria”, se plantea hasta dónde llega la tolerancia pública y la definición legal de discapacidad. A la vez, se introducen temas como el diagnóstico insuficiente o excesivo de condiciones neurológicas y situaciones en que Davidson es objeto de violencia y discriminación. El relato incorpora episodios de insultos, agresiones físicas e incluso la tentación de involucrarse en actos ilícitos, dificultados por la espontaneidad de sus tics verbales.

El punto crítico del drama aparece con la representación de las primeras visitas de Davidson a grupos de apoyo para jóvenes con Tourette. En ese sentido, una de las escenas muestra a dos personas en coche intercambiando exclamaciones compulsivas hasta que logran serenarse, lo que pone en evidencia el efecto terapéutico de estos encuentros colectivos.

La parte final de la película explora el activismo de Davidson: su trabajo divulgativo, la creación de espacios de acompañamiento y su visibilidad mediática. La película cierra con imágenes documentales reales, como el momento en que Davidson recibe el MBE, si bien el guion omite detalles de su vida privada, en particular el impacto del síndrome en sus relaciones sentimentales.

Lejos de buscar un tono sentimental, I Swear examina las tensiones entre la reacción social, la percepción pública del Tourette y la autoafirmación de Davidson. La película plantea preguntas como: ¿la enfermedad ofrece acceso involuntario a una verdad social que suele mantenerse oculta?, ¿la sinceridad derivada del trastorno confronta la hipocresía de quienes lo rodean o solo pone de manifiesto su propia vulnerabilidad? Así, uno de los momentos con mayor peso ocurre antes de la audiencia con la reina, cuando Davidson grita “¡Que le den a la reina!” de manera involuntaria, aunque en realidad su reacción emocional es de orgullo por recibir la medalla.

Una pequeña gran película que vuelve a poner en el foco la grandeza del cine británico a la hora de abordar conflictos sociales desde una perspectiva accesible y emotiva. 

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