Cine

Hafsia Herzi, directora de 'La hija pequeña': "Muchas personas homosexuales viven en el autodesprecio"

La directora Hafsia Herzi adapta la novela homónima de Fátima Daas La hija pequeña, un retrato de una joven musulmana homosexual cuya protagonista, Nadia Melliti, fue premiada en Cannes y en los Premios César

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VALÈNCIA. En la novela original de Fátima Daas La hija pequeña no bota ni rebota balón alguno. Pero cuando la directora Hafsia Herzi estaba preparando la adaptación al cine de este retrato intimista de una joven musulmana practicante que descubre su homosexualidad en los suburbios de París, decidió incorporar la práctica del fútbol por las habilidades deportivas de su actriz protagonista, Nadia Melliti. Esa es una de las pocas libertades que se tomó Herzi y uno de los muchos matices interpretativos que le valieron a Melliti el Premio a la Mejor Interpretación Femenina en el pasado Festival de Cannes, donde la película también se alzó con la Queer Palm.

“Me pareció muy bello y creo que el deporte es algo positivo. Es hermoso filmar a una mujer jugando al fútbol, sobre todo cuando lo hace tan bien”, compartía la directora durante las jornadas Unifrance en París, al poco de ser galardonada con el Premio Louis-Delluc, considerado el Goncourt cinematográfico. 

En su largometraje, el campo de fútbol se convierte en un territorio donde el personaje olvida su encrucijada moral y respira sin culpa. También dialoga con la poca visibilidad de las mujeres en el deporte, un ámbito que además, ha estado históricamente marcado por la homofobia.

Herzi alterna su carrera como actriz con la de cineasta. Tras la cámara tiene otros dos largometrajes, Mereces un amor (2019) y Bonne mère (2021), y ante ella, destacados reconocimientos, caso del Premio Marcello Mastroianni en la Mostra de Venecia en 2007 por Cuscús (Abdellatif Kechiche) y el de mejor actriz en Cannes en 2024 por Borgo (Stéphane Demoustier).

“Entendí muy rápido que no iba a ser actriz todo el tiempo. Tenía ganas de crear, de filmar, de avanzar por mi cuenta”, se justifica sobre un proceso que le ofrece algo que no obtiene simplemente con la actuación, el control sobre el sentido final de la obra. 

La vida de Adèle como el ejemplo a no seguir

El director que precisamente le procuró su primer reconocimiento tuvo un impacto cultural controvertido con La vida de Adèle ((Abdellatif Kechiche, 2013) por su representación de la sexualidad lésbica en pantalla.  Siendo consciente de que esta traslación en imágenes de la intimidad femenina sigue siendo un terreno delicado, la aproximación de Herzi partió de la escucha: “Estaba abordando una sexualidad que no conocía personalmente, así que me informé mucho. Recibí testimonios de la comunidad que me decían: ‘Por favor, no hagas La vida de Adèle, porque no se habían sentido reconocidas en esas escenas”.

Así que evitó la mirada voyeurista y construyó las secuencias desde la empatía más que desde el espectáculo. “Intenté hacerlo con respeto”, resume.

La hermana pequeña no ofrece respuestas sencillas, sino que va arrojando contradicciones, silencios y tensiones en la protagonista. El conflicto central no proviene tanto del entorno como del interior de la protagonista. Herzi insiste en que esa violencia hacia una misma es una experiencia común en muchos procesos de autodescubrimiento: “Para mí era muy importante que al principio fuera un poco homófoba. Tras recoger muchos testimonios de personas de la comunidad LGBT, muchos me dijeron que al principio sintieron ese rechazo. Como ellas, Fátima vive en un conflicto interno, en el autodesprecio porque no puede aceptar lo que es”.

Sodoma y Gomorra no condena la homosexualidad femenina

Uno de los momentos más reveladores del filme se da en una conversación sobre Sodoma y Gomorra entre la protagonista y un imán. En el Islam, el mito recogido en el Antiguo Testamento se centra en el profeta Lut, quien es enviado a estas ciudades por Alá para condenar especialmente los actos homosexuales. Lo que se cuestiona en La hermana pequeña es que esa condena religiosa se ha asociado tradicionalmente a los hombre. Herzi subraya que esa narrativa ha invisibilizado casi por completo el deseo entre féminas: “Las mujeres están bastante excluidas en los textos religiosos en general, es como si no existieran. La homosexualidad masculina se percibe como más trascendental… o mejor dicho, la femenina ni se nombra. Y eso es grave”.

Herzi optó por incluir a un imán real en la película para dotar de autenticidad a ese diálogo incómodo entre fe y sexualidad. “Quería que fuera transparente sobre lo que está escrito y lo que diría en una consulta así”, ahonda.

La directora ha citado en varias ocasiones a la británica Andrea Arnold como una influencia clave. Esa referencia se percibe en la manera en que filma tanto los cuerpos como los espacios urbanos periféricos, con la cámara pegada a la protagonista.

El trabajo cromático refuerza su estado emocional cambiante. “La fotografía está muy meditada. La noche es azul, para recoger la sensualidad y los momentos de soledad; los amarillos y naranjas los reservamos para la familia y los amigos”.

Más allá de su dimensión artística, la directora percibe su tercera película como un gesto político al brindar referentes: “La gente está harta de ser invisibilizada. Necesitan identificarse. El cine permite sentirse menos solo”.

Según su parecer, esa identificación no solo beneficia a quienes comparten la experiencia de la protagonista, sino que también procura la empatía de quienes no lo han vivido. “Permite dialogar… quizá que otros juzguen menos y comprendan mejor el malestar interior de las que le rodean”.

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