VALÈNCIA. Seguro que no fue el primero, pero cuando Jean-Luc Godard comparó el reencuentro de Ethan con su sobrina Debbie en Centauros del desierto con el canto XVI de La Odisea de Homero, algo, de alguna forma, se desvió sutilmente de su camino y la crítica dejó de funcionar como había funcionado hasta entonces. En aquel canto de la Odisea Ulises le revela su identidad a Telémaco, su hijo, después de ser tocado con la vara dorada de Atenea. Y su hijo, que tarda en reconocerle, al final cae del guindo completando de verdad su retorno a Ítaca.
Una cosa es volver físicamente al lugar que llamas hogar, y otra cosa es volver a ser visto con la mirada del ser amado. Reconocido por tu familia, por tus amigos, como la persona que eras antes de marcharte. Incluso a pesar de haber cambiado, pues todo viaje nos cambia y más el que hizo Ulises. No es, pues, el gesto de volver lo que cierra el viaje. Es la sonrisa del viejo conocido.
No sabemos si Christopher Nolan leyó a Godard, pero por supuesto que se ha empapado de la filmografía de John Ford. Y puede que aquel mítico reencuentro de Centauros del desierto se le quedase grabado. Aquel “Let’s Go Home, Debbie”, que pronunciaba John Wayne a Natalie Wood cuando la reconocía a pesar de sus ropajes indios. El retorno al hogar, una patria perdida en el pasado, la candidez infantil y afectuosa de una familia, es una de las grandes obsesiones que vertebran su filmografía. Pues en la mirada del ser querido está la reconquista de la memoria familiar.
El nóstos como motor creativo
Como muchos antes que él, Nolan ha hecho siempre la misma película. Hasta tal punto que se diría que estaba destinado a adaptar La Odisea de Homero, pues el mito marca profundamente todas y cada una de sus películas. El nóstos (del griego antiguo νόστος), es un concepto de la literatura griega clásica que vendría a significar ‘regresar’ o ‘volver’ y que se encuentra en la raíz de la palabra nostalgia —el dolor por no poder volver al hogar, el mal de estar lejos de casa—. En su eternamente citado El poder del mito, Joseph Campbell hablaba del ‘retorno’ como la parte más fundamental del viaje del héroe.
Pues bien, podría decirse que el nóstos es, probablemente, el motor creativo más importante de su cine. Aunque sus obsesiones abarquen el tiempo y la forma en que este dialoga con el montaje, la competición masculina, la culpa como elemento que guía las acciones del hombre y el viaje del héroe como algo fundamentalmente viril en el que las mujeres solo existen para generar traumas y morir de forma trágica.
Memento narra las desventuras de un desdichado investigador de una agencia de seguros llamado Leonard Shelby, con una dolencia que le ha dañado la memoria. El último hecho que recuerda del pasado es intentar evitar el asesinato de su mujer, cuando recibió un golpe en la cabeza que ahora le impide retener nada. En esta película esencial, mucho más relevante para la carrera de Nolan que su debut en la curiosa —es lo mejor que se puede decir de ella— Following, el regreso al hogar no se entiende como el volver a un sitio físico, sino a un momento anterior al accidente. Todo lo que hace Leonard en realidad es un intento de volver a ser el hombre que era antes de perder a su esposa —su hogar—. Sorpresa sin spoiler: será imposible.
En Insomnio ocurre algo parecido: Will Dormer deja Los Ángeles para investigar un asesinato en Alaska. Se diría que huye de algo oscuro de su pasado allí, lo que sumado al insomnio en un eterno día sin noche de Alaska, empieza a pasarle factura psicológica. El hogar aquí no es Los Ángeles, es un pasado en el que era un buen policía, un Will Dormer que aún no estuviera corrupto moralmente por el asunto que le haya hecho huir de la ciudad. Sorpresa sin spoiler: será imposible.

- Christian Bale interpreta a un Bruce Wayne arrancado de su hogar desde el asesinato de sus padres
El Prestigio se llama así, directamente, por el tercer acto de todo truco de magia que consiste en hacer ‘reaparecer’ lo que el mago hizo desaparecer. Es decir, hacerle creer a la audiencia que se le puede ‘devolver’ algo que le fue sustraído, que se puede ‘retornar’ siempre a un punto original en el que la inocencia se mantenía intacta. Curiosamente, la obsesión con este ‘retorno’ es lo que aleja a todos los personajes de su hogar real, de sus seres queridos. Hasta el punto de quemar su red afectiva, sacrificarla por un buen truco.
Y en la trilogía de Batman, el asesinato de los padres de Bruce es el exilio definitivo del hogar, de una infancia segura y de un Gotham incorrupto y feliz. En Batman Begins Bruce Wayne recorre el mundo para volver y reformar a puñetazos lo que cree que es su ‘hogar’: la Gotham pacífica con la que soñaban sus padres. En El caballero Oscuro, Bruce se plantea si debe renunciar a ser Batman para poder vivir una vida normal con el único anclaje al pasado afectivo que le queda, Rachel Dawes. Su asesinato a manos del Joker confirma su imposibilidad de volver al hogar, y su transformación definitiva en justiciero. Y en El caballero oscuro: La leyenda renace a través de un largo exilio, prisión y katábasis, Bruce llega a la conclusión de que solo puede volver a un estado de paz similar al de su infancia si mata a Batman. Si deja atrás el héroe en el que se convirtió cuando emprendió su viaje. De ahí que su regreso al hogar culmine con la escena convertida en meme de Bruce siendo un ciudadano anónimo en Florencia, reconocido por su exmayordomo, Alfred.
De hombres heridos que solo quieren volver a casa
Puede que algunas de las lecturas del ‘retorno al hogar’ ofrecidas en las películas precedentes se consideren por el lector cogidas con pinzas. Está en su derecho, querido lector, pero curiosamente la arquitectura narrativa del retorno al hogar se ha transformado en sus últimas películas. Se ha hecho más explícita esa obsesión por un simple hecho biográfico: la paternidad.
En Origen, una compleja arquitectura narrativa y visual esconde la necesidad de ‘retorno’ de todos los personajes al momento en el que se inicia el golpe. Pero además, su protagonista Dom Cobb, solo tiene una motivación esencial: sueña con volver a ver a sus hijos, regresar con ellos y abrazarles. Su motivación es volver a un hogar de verdad aunque sin su mujer muerta, Mal. La imagen de ella, de hecho, es lo que le impide volver, y la superación del duelo y el enfrentamiento radical con la memoria y el recuerdo vivo de Mal es lo que le permite finalmente volver a casa y abrazar a sus hijos. Por mucho que no sepamos si sigue dentro de un sueño o no.
Lo mismo ocurre con la motivación de los personajes de Interstellar y la resolución de sus conflictos emocionales. Salvar su hogar empuja a Cooper a un viaje por todo el espacio, reconstruirlo en otro planeta es lo que lleva a la doctora Brand a establecerse en otro planeta. Y volver al planeta Tierra para reconciliarse con su hija Murph es lo que empuja al personaje de Cooper a asumir riesgos inasumibles. Y en última instancia, cuando el guion nos mete en un lugar descrito como ‘teseracto’, Cooper consigue volver al hogar aunque atravesando el espacio y el tiempo, apareciendo como un fantasma en la habitación de la niña. Un hecho que, para más inri, salva a la humanidad y con el tiempo lleva a un reencuentro puramente homérico, y puramente fordiano también: Cooper reconoce a su hija en una anciana de salud débil, a pesar de que él está tal cual se marchó. La mirada es el reconocimiento de la memoria familiar.
Nolan, que cuenta que su hija tenía la edad de Murph cuando rodaba Interstellar (y por tanto la edad de los hijos de Cobb cuando rodaba Origen), ha dicho en alguna ocasión que se le hace difícil pasar tiempo alejado de los suyos mientras rueda. Y no es extraño que las relaciones paternofiliales —maternofiliales en el caso de Tenet—, hayan ido ganando terreno en la aplicación del nóstos que tanto obsesiona a Nolan en sus películas.
El más explícito de todos los ‘retornos al hogar’ lo encontramos en Dunkerque, una película donde todo, absolutamente todo lo que acontece, trata de culminar una ‘retirada’ que en realidad es un retorno al hogar británico. Y sí: en ella la relación paternofilial también se explicita a través del personaje de Mark Rylance. Y sí, el momento de la revelación homérica, de la culminación del viaje en el reconocimiento y no en la llegada física al terreno británico, también existe. Aunque fuere a través de un artículo de Churchill que llama héroes a los soldados supervivientes.
En el fondo, Nolan ha hecho siempre la Odisea. Disfrazada, retocada, mutilada, interiorizada —en todas las películas que el hogar es un estado emocional anterior a la culpa, como las que hemos visto o como Oppenheimer. Y ahora, además, ha hecho La Odisea, tal cual. Esperemos, pues, ver el reencuentro de Telémaco y Ulises, y poder cerciorarnos de que en la mirada del ser querido se encuentra el verdadero hogar. Ítaca es solo una isla. “Let’s Go Home, Debbie”.