Engaños y desengaños

Opinión

Cultura

Publicado: 27/07/2026 · 06:00
Actualizado: 27/07/2026 · 06:00
  • El festival de artes escénicas Fresca!
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Hace unos días, leí un artículo del crítico y profesor José Vicente Peiró sobre la situación de las artes escénicas en València que deja a uno perplejo. La ciudad cuenta con un activo monumental dentro de nuestra Comunitat Valenciana, pero al mismo tiempo vive una situación de decadencia alarmante en el ámbito público. A ese artículo se le sumó hace poco otro de la prestigiosa coreógrafa de danza contemporánea Asun Noales sobre la precariedad de las productoras en esa disciplina.

El presupuesto es la razón número uno. Es suficiente razón como para no aceptar el cargo de conseller de Cultura (si existiera esa conselleria). Pero no solo el presupuesto. Digo esto porque  las universidades valencianas, a pesar de que también han visto recortados sus presupuestos en magnitud homérica en los últimos 25 años, cuentan con programas modélicos. Escena Erasmus, de la UV, premio del IVC en 2024. Del mismo modo, la Universitat d'Alacant cuenta con otro programa desde hace casi cuarenta años. Este año, es más, ha creado la Residencia Teatral UA, que participará por primera vez en 34 años en la Muestra de Autores del Ministerio de Cultura, ha creado una colección de Teatro de creación e investigación (Casa de Comèdies) y ha obtenido más de veinte nominaciones y cinco premios de la Federación Española de Teatro Universitario en los dos últimos años. Sí, soy juez y parte, tengo esa suerte.

Hace cinco años, en un plan para barrios vulnerables, los técnicos de Servicios Sociales del Ayuntamiento propusieron para el área de Deportes que los jóvenes de esos barrios tuvieran acceso a practicarlos (impecable), pero para Cultura propusieron, sin embargo, que les dieran entradas para el Teatro Principal. Entendieron, pues, que no es necesario practicar la Cultura, sino solo observarla. Quizá pensaron que somos un país de víctimas del síndrome de Stendhal. Un espectador de deporte, pues, cotiza una cifra infinitamente inferior que un espectador de la Cultura. Solo le salva que el espectador de Teatro no va con la bandera nacional (por ahora).

Resultado: una década de programación atomizada y ecléctica que causó una hiperproducción galopante. Ya tienes la gasolina y el mechero. Y ahora la política no consigue sofocar ese incendio. Hectáreas y hectáreas culturales calcinándose sin solución de continuidad. Pero nos contentamos con las estadísticas de público como si girar el torno para pasar al otro lado del mismo lugar fuera el gran paso de la humanidad. Eso sí, las estadísticas de público aparecen solo si el guarismo es mayor que el año anterior. Si es menor, se guarda un respetuoso silencio fúnebre. Hemos renunciado a la aspiración democrática de que cien espectadores acudan al teatro sin que el resto de desinteresados los llamen socialmente prescindibles. Antes los epítetos eran otros: personas con sensibilidad, personas formadas, leídas... personas, en fin, imprescindibles.

Inserto boomer: en aquellos lejanos inicios de los ochenta, el Principal proyectaba cine familiar, Las Cigarreras era una Tabacalera, el Teatro Arniches era un salón de actos, solo había un festival (Encuentro Internacional de Teatro de Alicante) con muy exiguo presupuesto, y el único Circuit que había era el de Cheste. Mientras, Pepe Estruch daba talleres en la Universidad, La Carátula de Elx era una de las compañías independientes más prestigiosas del panorama nacional, nacía Jácara Teatro, nacía La Asociación de Teatro de Alicante (ATA)... A los pocos años, algunas de esas compañías recibían premios nacionales, representaban a nuestro país en el extranjero... Y la única programación que había se debía a un puñado de apasionados que pagábamos 18 euros al mes (y otros tantos al Círculo de Lectores) para obtener a cambio una programación irreprochable, que transitaba por todos los teatros disponibles de la ciudad, hasta por la discoteca Il Paradiso.

¿A qué se debe esta disonancia actual? ¿Hasta qué punto se debe a que la CAPA, Bancaixa, la CAM, la Diputación de Alicante, la de València... dedicaban un presupuesto a giras distribuidas por la Comunidad Valenciana, giras que congregaban a productoras de domésticas de manera equilibrada territorial y generacionalmente y con un presupuesto moderado pero eficaz por escalado y ahora de todo aquello no queda absolutamente nada?

La Dirección Territoral de Alicante no ha contado nunca con autonomía para promover producciones propias, por lo que la actividad se reduce a programar la temporada (Teatre Arniches), seguir programando fuera de temporada (Fresca!) y recoger programas delegados por València. Y aquí presento el debate: convertir la Delegación del IVC en Alacant en un espacio destinado a la creatividad valenciana o seguir siendo una sala más comarcal con un poco de todo. Pero, ojo, subir al escenario y presentar un teatro de calidad es la primera y mayor obligación, y eso no es responsabilidad de la política ni de los espectadores.

No exagero un ápice si digo que la situación de la creación y producción de teatro en Alicante es la más grave que he conocido en cuarenta años. Quizá el lector o la lectora que ha llegado hasta aquí sospeche que estoy sugiriendo una refundación de la política teatral. Sobre los gobernantes recae ese análisis y esa responsabilidad, la mía es escribir buenas obras de teatro. Con todo, dejar caer el tiesto sobre los últimos en gobernar mientras los anteriores ocupan sus nuevos despachos, es engañar, y de engaños y desengaños ya vamos sobrados.

 

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