'El virus catódico': Un retrato en crudo de cuarenta años de televisión en España

Libros y cómic

SILLÓN OREJERO

La autobiografía de una periodista trabajadora de medios y televisión revela momentos inolvidables, amor por el trabajo y también ciertas malas artes y corruptelas

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VALÈNCIA. Desde los tiempos remotos, desde las primeras discográficas, editoriales de venta masiva y, por supuesto, desde el inicio de la televisión y el cine, toda actividad relacionada con la cultura popular ha tenido un especial atractivo para los amigos de lo ajeno. En España, nunca ha sido extraño en cualquier rama de la industria cultural un reparto poco equitativo de los ingresos, cuando no se ha hecho directamente contando con gente que no cobraba por su trabajo. 

Pero hay mucha gente dispuesta a trabajar sin cobrar o a cobrar poco por hacer lo que le gusta o, en caso de que todo vaya bien, no preguntarse cómo se está manejando el dinero en esa actividad. La pasión por el trabajo, la dedicación, la exigencia que supone es muy fuerte. Y es también un atractivo que puede llegar incluso a cegar. 

El virus catódico, la autobiografía profesional de Montserrat Fernández Villa, autoeditada, es un buen retrato de ese sector laboral y ese perfil de trabajadores. Gente apasionada, que pone todo su talento e imaginación al servicio de negocios boyantes donde la equidad y la meritocracia brillan por su ausencia. En su caso, habla de la televisión, sector al que estuvo muy vinculada desde que dirigió programas pioneros e inolvidables como Qué Me Dices o Caiga Quien Caiga

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Mientras las televisiones tuvieron públicos cautivos, el dinero que movía la publicidad era inimaginable hoy. Esta situación, que duró muchos años, en lugar de reforzar una industria próspera e innovadora, lo que desarrolló fue una praxis en algunas productoras muy cuestionables. Uno de los modus operandi que esta trabajadora explica era bien sencillo. Había dos presupuestos: Uno, el que pagaban las cadenas por un programa y otro muy distinto, el que se ejecutaba en la realización. En el caso de la autora, en una ocasión pudo comprobar que, sobre el papel, cobraba 12.000 euros semanales, pero en la realidad eran 3.000. Esas diferencias, esos márgenes hurtados, generaron verdaderas fortunas al acumularse sistemáticamente durante años.

Encima, su caso era teóricamente privilegiado. Para el resto de trabajadores, si se firmaban determinados días y equis horas de trabajo con la cadena, se les hacía trabajar la mitad de días, pero el doble de horas por jornada sin pagar las extras, para producir un beneficio que iba hacia arriba. Y los detalles se extienden hasta el infinito, como cuando cuenta que había alguno que amueblaba su casa con los electrodomésticos que se empleaban en las series. 

El trato tampoco acompañaba. Cuando los directivos querían minar la moral de un trabajador, le podían insultar de forma directa. A la autora, uno le dijo que era “una vieja inútil que ya no servía para nada”. Otro plato fuerte es el capítulo en el que cuenta cómo sufrió la organización de un casting para encontrar una presentadora para 59 segundos, en La Sexta, que en realidad no tenía sentido ninguno, puesto que el trabajo ya estaba adjudicado de antemano a “la novia de Ferreras”, Ana Pastor. Es muy difícil encontrar a alguien que haya trabajado en estos ámbitos que no tenga sus anécdotas, o tragedias, relacionadas con el nepotismo, que puede ir de parejas a familiares e incluso a amigos del pueblo. Todo vale cuando está presente el dinero fácil de la cultura popular y el sostén de los trabajadores que mantienen realmente el chiringuito. 

Para la historia también quedan las luchas intestinas dentro de Caiga Quien Caiga, un espacio que pudo endiosar a los reporteros que ponían la cara. La crítica a sus caprichos a veces despierta dudas. Parece, por un lado, que ellos también querían ser partícipes de los dinerales que le hacían ganar al principio a Telecinco, aunque fuera a base de lujos propios del backstage de una estrella de rock de los 70, pero por otro lado uno también se identifican los comportamientos prototípicos de los que se niegan a someterse a ningún tipo de directriz desde el momento en que su ego ha iniciado un viaje en globo. 

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La intrahistoria de Qué Me Dices también es interesante. Fue un programa que reventó el negocio del corazón, porque por primera vez se retrataba de forma diaria a los famosos fuera de sus entornos controlados. También, su realización informal rompía la solemnidad que había tenido siempre la sección de sociedad y fue una propuesta que conectó inmediatamente con el público. Una pequeña obra de arte que creó escuela, pero la explotación de esa línea acabó con una búsqueda patológica del beneficio fácil en el que las productoras limitaban a colocar cuatro sillas y confiarlo todo al talento discursivo de los invitados y su presentador. 

Y más cruda se pone la cosa cuando se narra la etapa en Lo + Plus, cuando sufrió el affaire del Cristo de Javier Krahe. En un programa, mostraron un corto que el cantante había hecho en los 70, en el que se metía un Cristo en el horno y al tercer día resucitaba. Era una entrevista convencional en el que se trataba ese episodio como curiosidad, pero las asociaciones ultras se volcaron en la denuncia de esos minutos de televisión y la llevaron al juzgado por escarnio de los sentimientos religiosos. La paradoja era que si le preguntaron por el tema al cantante, era porque consideraban que en la Transición podría haberle pasado algo por hacer eso. Sin embargo, le pasó bien entrada la democracia. A Fernández Villa pudieron haberle embargado la casa, pero por suerte para ellos, pese a que el integrismo católico pedía por todas partes donaciones para empurarla, a los juicios luego no iba nadie. ¿Dónde iba el dinero que recolectaban? Ya se pude usted imaginar dónde. 

En definitiva, un must de libro para cualquier interesado en la historia (real) de la televisión en España. Destila cariño a la profesión, aunque reconoce lo absorbente que puede llegar a ser y lo perjudiciales que son esos extremos para la salud física y mental. Exalta la imaginación en la confección de programas de entretenimiento, el saber jugar con las normas y romperlas para crear productos disruptivos que lleguen al gran público, y también lo reñida que está la buena televisión, trate el tema que trate, con la búsqueda salvaje de beneficios a cualquier precio. 

Ahora mismo la televisión está en una encrucijada. Cualquier cortoplacismo que se le ocurra a los directivos de turno está anulado de inicio por el streaming popular. El futuro catódico exige una mirada alta, digna y muy profesional, algo que la distinga realmente de lo que cualquiera puede hacer en su casa. Si queremos que la televisión tradicional sobreviva, tal vez esta obra sirva para enseñar qué clase de profesionales serán necesarios y en qué condiciones deben trabajar. 

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