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'El testamento de Ann Lee': Más espiritualidad vacía al borde del éxtasis

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VALÈNCIA. La noruega Mona Fastvold debutó en la dirección en 2014 con Dobles parejas, a la que seguiría El mundo que viene, aunque siempre se le ha relacionado con su pareja, Brady Corbet, sobre todo desde su colaboración en The Brutalist, película por la que ambos fueron nominados al Oscar al mejor guion original.

Ahora, la directora compone su obra más arriesgada, hasta el momento, con El testamento de Ann Lee, en la que bucea en la biografía de una mujer que, en el siglo XVIII, se convirtió en la líder de una sociedad religiosa que nació en Inglaterra y viajó a los Estados Unidos para asentarse como ‘los Shakers’, ya que, entre sus prácticas se encontraban los bailes a punto del éxtasis, caracterizados por sacudidas corporales.

Ann Lee afirmaba que tenía visiones y se convirtió en una líder espiritual que creo una comunidad, algo poco habitual dado que, en aquel momento, no existían mujeres predicadoras. Su forma de acercarse a Dios era a través del trabajo, de la perfección en todas las facetas de la vida y, sobre todo, en el celibato y la total ausencia de relaciones sexuales.

Con todos estos elementos, Mona Fastvold compone un biopic poco convencional atravesado, para empezar, por el género musical, ya que el culto que profesaban estaba relacionado con los cánticos. Así, las plegarias religiosas se convertirán en coreografías de danza contemporánea que intentan asimilar las raíces de la doctrina desde una óptica actual.

Las intenciones de la directora están claras a la hora de relatar los conflictos a los que se enfrenta una mujer contra el sistema, de cómo debe luchar contra los estereotipos y la misoginia de la época. Sin embargo, no parece haber ningún tipo de reflexión en torno a los peligros del adoctrinamiento religioso, ni alrededor de lo que supone la ideología sectaria ni y el fanatismo que lleva a alejarse de la sociedad para seguir a un maestro o líder, aunque en este caso sea mujer, ni toda la locura que implicaba las creencias de Ann Lee.

La película se limita a configurar un aparatoso espectáculo más preocupado de su carácter visual barroco, excesivo, repleto de planos secuencias que intentan sumergir al espectador en una experiencia inmersiva que termina resultando agotadora e irritante, sobre todo porque no lleva a ningún sitio, solo a un callejón sin salida en el que solo hay más bailes, cánticos y rezos vacuos.

Así, lo que podría parecer valiente de la propuesta, se encuentra teñida de esa sospechosa corriente espiritual que inunda nuestros días que parece justificar que se puedan llegar a creer cualquier majadería con la excusa del misticismo.

Buena interpretación de Amanda Seyfried, eso sí, que se entrega a un papel al borde del abismo que, evidentemente, necesitaba de esas dosis de locura desnortada.

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