ALICANTE. El MARQ inaugura El oro y el universo. Saberes indígenas de Colombia, una exposición internacional que reúne 291 piezas arqueológicas, de las que 157 son de oro, procedentes del Museo del Oro de Bogotá para ofrecer una visión renovada de las sociedades prehispánicas colombianas. Más allá del valor del oro, la muestra explora las cosmovisiones indígenas, su relación con la naturaleza, el conocimiento, la espiritualidad y la organización social, invitando al visitante a cuestionar ideas tan arraigadas como el poder, la riqueza o el propio mito de El Dorado
La primera sorpresa llega antes incluso de contemplar una sola pieza de oro. "¿Es posible habitar el mundo de otras maneras?", pregunta la arqueóloga colombiana Marcela García Sierra comisaria de la exposición, junto con Marcos Martinón-Torres. La cuestión funciona como hilo conductor de un recorrido que, más que mostrar una colección excepcional de orfebrería, propone desmontar algunas de las ideas más arraigadas sobre las sociedades prehispánicas americanas.
Los comisarios de la muestra insisten desde el primer momento en que esta no es una exposición sobre metales preciosos. Tampoco sobre tesoros. Es una exposición sobre formas de entender el mundo. "Todos somos universo; todos somos parte del cosmos", resume García Sierra. Ese principio atraviesa las tres salas del recorrido y explica desde la organización social hasta la metalurgia, pasando por la música, los rituales o el significado del célebre mito de El Dorado.
Una de las primeras decisiones que llama la atención es terminológica. En ningún momento hablan de "objetos", "piezas" o "colecciones". Prefieren emplear un concepto distinto: "presencias" es la palabra con la que se desarrolla la idea de esta exposición. "Generalmente no hablamos de objetos ni de piezas; hablamos de presencias, que es un término acordado con investigadores indígenas, afrodescendientes y campesinos porque refleja mejor que no se trata de elementos inertes, sino de seres vivos con capacidad de actuar en el mundo", explica Martinón-Torres.
No es solo un cambio de lenguaje. Es una forma distinta de entender el patrimonio arqueológico. Para muchas comunidades indígenas actuales, esas figuras de oro, piedra o cerámica no representan simplemente a sus antepasados, sino que son sus ancestros. "Para los pueblos indígenas estas presencias son sus abuelos; son familia", señala García Sierra, quien destaca, además, que muchas de las piezas conservan huellas de reparaciones realizadas hace siglos. "Eso demuestra que eran cuidadas y que también eran una manifestación de amor", describe la arqueóloga.
Caciques al servicio de su comunidad
Ese planteamiento conecta con una de las principales aportaciones de la exposición. El hecho de incorporar la mirada de las comunidades indígenas contemporáneas a la interpretación arqueológica actual, alejándose de las lecturas exclusivamente occidentales que durante décadas dominaron los museos. Una revisión que también alcanza a la organización política de las sociedades prehispánicas. Y es que, frente a la imagen tradicional de los caciques como gobernantes despóticos, los comisarios defienden una interpretación muy diferente apoyada en los avances de la arqueología y la antropología. "Hoy sabemos, gracias a la arqueología y la antropología, que los caciques y las cacicas eran personas con la responsabilidad del bien común y que estaban al servicio de su comunidad", afirma García Sierra.
Gestión del agua y cooperación social
Esa idea encuentra uno de sus mejores ejemplos en una de las secciones más sorprendentes del recorrido, dedicada a las llanuras inundables del Caribe colombiano. Allí, las imágenes de satélite muestran una inmensa red de canales y campos elevados construidos hace más de 2.500 años para convivir con un territorio que permanece inundado durante buena parte del año. Para Martinón-Torres, este paisaje constituye una de las grandes lecciones que el pasado puede ofrecer al presente. "Hace más de 2.500 años estas sociedades se organizaron cooperativamente, sin reyes, sin presidentes ni poderes coercitivos, para construir cientos de miles de kilómetros de canales", describe.
La magnitud del proyecto resulta difícil de imaginar. Los canales ocupan unas 500.000 hectáreas, aproximadamente la superficie de la provincia de Alicante. Según los cálculos arqueológicos presentados por el comisario, el mantenimiento del sistema apenas requería dos jornadas de trabajo al año por parte de cada vecino. "Se empieza a aceptar que este sistema es más barato, más eficiente y más sostenible, y que podía mantenerse simplemente mediante cooperación entre vecinos", afirma el comisario.
No es casual que esta explicación ocupe un lugar central en la exposición. La arqueología no solo es una ciencia que estudia el pasado, sino también una herramienta para reflexionar sobre problemas contemporáneos como la gestión del agua, la sostenibilidad o las formas de cooperación social. Y el mismo cambio de perspectiva aparece en la sección dedicada a la metalurgia. Durante mucho tiempo, el oro se interpretó principalmente como un indicador de riqueza o prestigio. Sin embargo, la exposición plantea que para muchas culturas prehispánicas el proceso de fabricar una pieza tenía un significado completamente distinto.
La transformación el oro como una gestación
"Cuando transforman el oro, el proceso se entiende como una gestación y un nacimiento, porque se está dando vida a una presencia", explica Martinón-Torres. La técnica del vaciado a la cera perdida adquiere así un significado simbólico mucho más profundo que el puramente técnico. Incluso la cera de abeja utilizada en el proceso posee un importante valor ritual asociado a la creación y la fecundidad. Es por eso que el comisario insiste en que aplicar criterios actuales para valorar aquellas piezas resulta profundamente anacrónico. "El valor del oro nada tiene que ver con su pureza o sus quilates; esas son concepciones modernas que no son aplicables a la mayor parte de la historia de la humanidad ni, por supuesto, a Colombia", apunta.
Esta reinterpretación del oro alcanza su máxima expresión en la explicación del mito de El Dorado, quizá el episodio más conocido —y más malinterpretado— de la historia colonial americana. La exposición invierte literalmente una gran laguna para obligar al visitante a cambiar de perspectiva. El gesto sirve para desmontar quinientos años de imaginario europeo. "Llevamos quinientos años pensando que El Dorado era un lugar lleno de tesoros cuando en realidad era exactamente lo contrario", sostiene Martinón-Torres.
El Dorado no era una ciudad repleta de riquezas, sino un gobernante que cubría su cuerpo de polvo de oro para realizar una ofrenda en una laguna sagrada. El oro no se acumulaba, sino que se entregaba. "Era un oro que unía a la gente en lugar de separar a quienes tenían y a quienes no tenían", explica el comisario. Y la diferencia no es menor porque, frente a la lógica de la acumulación, las comunidades indígenas defendían una relación basada en el equilibrio con el mundo. "El equilibrio siempre está en riesgo de romperse y, por eso, la ritualidad es tan importante", apunta García Sierra.
La coca como planta sagrada
Esa misma voluntad de desmontar prejuicios aparece en otra de las cuestiones que los comisarios consideran especialmente importantes como es el significado de la hoja de coca, que no la cocaína. "La planta es una cosa y la cocaína es otra", afirma la arqueóloga. Y Martinón-Torres va un paso más allá al denunciar el daño que esa confusión ha provocado durante décadas en la imagen internacional de Colombia. "La coca es una planta sagrada y maestra que ha ayudado durante siglos a muchas comunidades sin dañar a nadie", sentencia y, para ilustrarlo, recuerda una conocida comparación del antropólogo Wade Davis. "Decir que la coca es como la cocaína es tanto como decir que el vodka es igual a la patata", resume.
En el interior de una maloca amazónica
La muestra incorpora además una dimensión sensorial poco habitual en las exposiciones arqueológicas. El visitante recorre una recreación de una maloca amazónica impregnada del aroma del mango, mientras escucha una composición creada a partir de auténticas flautas y ocarinas prehispánicas restauradas para volver a sonar. "Será la primera vez que esta composición suene en Europa, y está interpretada no con réplicas, sino con los propios instrumentos musicales arqueológicos", destaca Martinón-Torres. Una música que acompaña el recorrido hasta el espacio final, donde varias figuras de danzantes cierran el discurso de la exposición. Allí reaparece el verdadero significado del dorado: no como símbolo de riqueza, sino como una forma de mantener el equilibrio del universo.
Contemplar el pasado sin filtros heredados
El último mensaje vuelve a interpelar directamente al visitante. "Si pensamos que este danzante está danzando por el bien de todos nosotros, quizá deberíamos preguntarnos qué podríamos hacer nosotros por él", afirman los comisarios. Una pregunta que resume el propósito de esta exposición, que utiliza cerca de trescientas piezas arqueológicas para plantear algo mucho más ambicioso que una lección de historia. Y es que invita a contemplar el pasado sin los filtros heredados de la tradición europea y a preguntarse si existen otras maneras de relacionarse con el poder, con la naturaleza y con los demás. Quizá, según sugieren los comisarios, el verdadero tesoro nunca fue el oro, sino las ideas que aquellas sociedades desarrollaron para habitar el mundo.