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El libro que explica que el punk nació en 1956 con Elvis

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VALÈNCIA. Diez años después de que termine la II Guerra Mundial, el capitalismo descubre que en Estados Unidos existe un nuevo grupo de consumidores, el de los adolescentes. La publicidad, que en ese momento empezaba a estar en auge -tal como se cuenta en Mad Men-, ayudó a detectar y explotar ese nicho. Los adultos y no eran los únicos consumidores en potencia porque los adolescentes trabajaban y tenían dinero para gastar. ¿En qué? En forjar una identidad propia que los diferenciara de sus padres. Ese fue el contexto en el que nació el rock & roll, en medio de una oleada de productos que se identificaban con la rebeldía y la independencia, que incentivaban la construcción de una unidad grupal: motos, coches, ropa, refrescos, comida, revistas, programas de radio, películas. Los adolescentes no querían ser como Frank Sinatra, querían ser como Marlon Brando o James Dean. Tampoco querían ser como Bill Haley, que, aunque cantara Rock Around The Clock, no dejaba de ser un señor regordete que se parecía demasiado a algún tío cercano. Era mucho más emocionante ser como Elvis, que se movía como un poseso y agitaba la pelvis como nadie. Y dejarse llevar por Chuck Berry, un negro que tocaba la guitarra en cuclillas dando saltitos; o por Little Richard, negro también, que aullaba aquello de auambabuluba balambambú mientras se sacudía aporreando el piano y soltando una pluma muy poco habitual. 

Así pues, el punk no nació en 1976 con los Sex Pistols y The Clash. Sus antecedentes directos están contenidos en los hechos y personajes del final de párrafo anterior. En realidad, el punk es el final de una cadena de consecuencias cuyo epicentro es una necesidad juvenil de rebeldía, de ir contra un sistema que tarde o temprano te devorará. Es la urgencia por crear y consumir música de efectos inmediatos -ahí está de nuevo el grito de Little Richard, auambabuluba balambambú -, un sonido liberador que proyecte la ilusión de que se le puede prender fuego al mundo. Aquí lo que importa es el fin, los medios son lo de menos. Ser un virtuoso no ayuda a formar parte de esta revolución intermitente, que nace con una generación y muere enseguida para reencarnarse poco después en la siguiente. The Beatles lo dijeron bien claro: Roll Over Beethoven, apártate, Beethoven. Y de ahí viene el título del ensayo del chileno Emilio Ramón, No somos Beethoven. Una genealogía del punk antes del punk, que acaba de publicar en España Lenoir Ediciones, y para el que he tenido el placer de escribir el prólogo. 

Dice Emilio que todo lo que es el punk está contenido en la fotografía de Pennie Smith que acabó definiendo la portada de London Calling, el gran disco de The Clash, editado en 1979. Esa imagen algo desenfocada de Paul Simonon, a punto de estrellar su bajo contra el suelo del escenario, resume lo que es y fue el punk incluso antes de que al rock se le aplicara dicho adjetivo para identificarlo como algo aparte, algo extremo. Empezando por la naturaleza de la propia imagen, que Smith intentó que se desechara como portada, ahí tenemos en primer plano esa imperfección, ese desdén por la técnica. También está el estallido de la frustración. Cuando Simono se dispone a estampar su instrumento contra el suelo estamos viendo a Pete Townshend rompiendo su guitarra quince años antes, en pleno apogeo de The Who. Estamos viendo a Jerry Lee Lewis prender fuego a su piano en 1958, cabreadísimo porque un promotor se empeñó en que tocara antes que Chuck Berry, es decir, que oficiara como telonero. Estamos viendo también la violencia escénica que generaba Iggy Pop en 1969, cuando salía a cantar al frente de The Stooges y provocaba una y otra vez al público. Y finalmente, estamos viendo la portada del primer álbum de Elvis Presley transformada, arrastrada a un nuevo contexto que tiene en común con el original una cosa: la desobediencia. 

El punk es a la vez el triunfo y el fracaso de esa rebelión fugaz que durante un tiempo se repitió a sí misma, pasa acabar siempre evaporándose. Es una revuelta que cambia lo establecido de una manera sutil que no se percibe de inmediato. Los agentes del cambio son siempre seres que, como ya hemos dicho, están haciendo la transición de la niñez a la edad adulta. El punk -da igual la época en la que ocurra- está condenado a ser efímero, no así sus consecuencias. Durante veinte años estuvieron ocurriendo cosas que derivaron en eso que, a partir de 1975, finalmente fue bautizado como punk rock. Eso es lo que nos cuenta el libro de Emilio. Y tratándose de semejante tema, los márgenes son fundamentales. En este relato no solamente cuentan las grandes figuras, también los ilustres desconocidos, los grandes olvidados, conceptos inherentes a la idiosincrasia del punk. No solamente se trata de Elvis, o de los Stones cuando empezaban y se desvivían por sonar a grupo de rhythm & blues negro.

No somos Beethoven habla de quienes operaron desde la periferia de las listas y del reconocimiento popular. Sus páginas mencionan a grupos de Latinoamérica que conectaron de inmediato con la fiebre del fuzz y la música de garage americano. Los Saicos peruanos -en algún momento de euforia alguien decidió atribuirles la invención del punk- o Los Mockers uruguayos -uno de sus miembros fundadores, Esteban Hirschfield, hace décadas que se afincó en València-. Lenny Kaye hizo el primer recuento de bandas pre punk en 1972, cuando editó el recopilatorio Nuggets. Cuatro años después, formando ya parte del grupo de Patti Smith, cerrarían sus conciertos con una versión inflamable del My Generation de The Who. Hubo muchas bandas de garage femeninas: las livepulianas The Livebirds, que también tocaron el Cavern, The Daughter Of Eve -Chicago- e incluso una solista, Bonnie Jo Mason, que era como firmaba Cher al principio de su carrera. Suzi Quatro y su hermana Patti formaron en Detroit The Peasure Seekers, nombre que se podría traducir como las Hedonistas. Un apelativo bastante punk si tenemos en cuenta que se trataba de una formación exclusivamente compuesta por mujeres.

Luego está el triunvirato maldito de finales de los sesenta: The Velvet Underground, The Stooges y MC5. Tres bandas que además de un sonido definieron una actitud que caracterizaría a los grupos de punk que empezaron a surgir en 1976. En realidad no hubo que esperar tanto. En 1971, New York Dolls dieron otro paso al frente, se pusieron tacones y pelucas y tocaron un rock & roll cochambroso que llamó la atención de un avispado comerciante, el británico Malcolm McLaren, que llevaba años reivindicando la estética del rock & roll primigenio junto a la diseñadora Vivienne Westwood. McLaren se hizo mánager de los Dolls y durante su estancia neoyorquina descubrió a grupos como Ramones y Richard Hell & The Void-Oids, que volvían a lo orígenes del rock & roll pero aportando una visión propia, más punzante, acorde a la realidad del momento. Todo ellos tenían una imagen irresistible: vaqueros y camisetas rasgadas, cazadoras Perfecto, cortes de pelo asimétricos. McLaren tomó buena nota y aplicó muchas de aquellas ideas en su nueva tienda de King’s Road. Lo que ocurrió a continuación ya lo sabemos.

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