¡Súbete a la baldosa! Esta frase, marcada a fuego en el cerebro de los niños por todas las madres de nuestro mundo, está en peligro de extinción. Va a desaparecer igual que desaparecen las aceras y desaparecen las ganas de trabajar en este país.
Hay que remontarse a la antigua Roma para ver su origen, aunque fue en el siglo XVIII, entre Londres y París, donde se perfeccionó la idea. Cansados de convertirse en tullidos o de morir atropellados por los coches de caballos, un par de personajes pensaron: «Vamos a separar al peatón de los carruajes. Adaptaremos la baldosa romana». «Gran idea», dijeron los vecinos. Al mismo tiempo, las amas de casa y las criadas agradecieron que las entradas a las casas dejaran de convertirse en un lodazal ideal para plantar patatas, puesto que cada vez que llovía, no quedaba más remedio que pisar los charcos y el barro, y entrar a las casas como recién salidos de una porqueriza. Eso sí, con la cabeza alta y la dignidad a salvo.
Pasaron los días, los años y los siglos, y otros pensadores urbanitas dijeron: «Vamos a quitar las aceras y que todos pasen por el mismo sitio, para beneficio del peatón. Tendrán más espacio y aislaremos a los coches de combustión». «Pero será peligroso para los viandantes», susurró alguien con timidez desde el fondo de la sala. «¡Calla, girondino!». «¿Y para qué servirá eso, exactamente?», se atrevió a preguntar otro detrás de una columna. «¡Para combatir el cambio climático, para respetar a la naturaleza, y además plantaremos árboles que den sombra!». La sala estalló en aplausos —olvidando por completo que en Elche, en pleno agosto a 40 grados a la sombra, la única naturaleza que se respeta es la del aire acondicionado—. «Lo llamaremos Plataformas Únicas, y las calles serán semipeatonales». Otro estallido de aplausos a derecha y a izquierda, a izquierda y a derecha.
«Digo yo, que se hará en las calles pequeñas, sin tráfico y que no permiten tener aceras por falta de amplitud», insistió el tímido buscándose la ruina diplomática.
«¡En todas, en todas, reaccionario de mierda!», respondió toda la sala al unísono, como un olé en una corrida de toros.
Resultado: las calles llamadas semipeatonales siguen teniendo el mismo tráfico, –con la excepción de la calle Ángel, que lo ha triplicado- (un alarde de la ingeniería, y como dijo aquella: «Hemos quitado la contaminación de la Corredora»). Los bordillos que antes protegían al peatón, ya no existen, y los conductores no temen dejarse la llanta contra el bordillo, por lo que pasan alegremente por encima del dibujo de la baldosa, obligando a un toreo de salón al viandante. Los coches aparcan libremente sobre el dibujo de las baldosas… «Un momento, un momento. Pondremos jardineras y macetas, y así los coches ya no aparcarán». Más aplausos. «Pero quitaréis espacio al peatón, y cuando una señora con carrito de bebé se enfrente a un señor en silla de ruedas… por no hablar de los charcos que se acumulan en las aceras dibujadas», terminó el señor, gustándose. «¡Calla, carca! Ahora los niños no tienen que bajar la baldosa para divertirse pisando charcos».
Hoy en día, gracias al progreso, puedes ser atropellado por un silencioso coche eléctrico o un híbrido (esa genial trampa de los fabricantes para no renunciar a la gasolina), en la mismísima puerta de tu casa y que te dé un meneo. Ni los ves, ni los oyes, ni te da tiempo a subirte a una baldosa, que no existe. Y si esquivas el coche, no te preocupes: un adolescente en patinete eléctrico a 40 km/h por el centro te volará los empastes.
«El coche contamina. ¡Renuncia al coche!», gritó la sala con el puño en alto.
«Vale, renuncia tú al móvil si tanto te preocupa el medio ambiente», respondió el tímido con un suicida arranque de valentía.
«No podemos renunciar al móvil porque, a diferencia del coche, móvil sí tenemos», respondió la sala.
«¿Pero tú sabes, sala, lo que contamina la fabricación de un móvil?», preguntó el tímido.
«Calla, facha».
«Bueno, al menos la calle queda bonita», dijo el tímido, harto de tanta estulticia.
«¿Ves? Venga, vamos a la sombra del naranjo».
«¿Sombra?»
* Vicente Soto Pelegrín es miembro del Instituto Ciudad Idea Elche (Icie)