ALICANTE. Representada por vez primera en el año 161 a. C., El eunuco está considerada como la comedia más exitosa de todas las creadas por Terencio. Sin alejarse de la triunfante trayectoria que siempre ha caracterizado a esta obra, el pasado miércoles 25 de marzo, La Nave Argo Amateur deleitó a los espectadores de la Fundación Mediterráneo con una divertidísima puesta en escena del título terenciano. Y es que, desde sus primeros minutos en el escenario, los enérgicos integrantes de la compañía se vieron fielmente acompañados por un entregado público, que les correspondió con una multitud de reacciones vivas, aplausos y, cómo no, risas.
Como un factor importante para la consecución de este logro, se ha de destacar lo acertada y amena que resulta la versión del texto que el grupo ha querido llevar al escenario. Si bien respeta, en buena parte, los más clásicos rasgos humorísticos de la comedia latina, esta versión tampoco deja de superponer, sobre cierta base textual, algunos elementos resultones que no están, de ningún modo, en el original de Terencio. Pero quién sabe si al comediógrafo le habrían importunado estas alteraciones. Al fin y al cabo, él mismo tomó y modificó dos comedias del griego Menandro —una de ellas homónima— para dar forma a su propio Eunuchus. En un proceso que, salvando las distancias, puede recordar al anterior, esta ocurrente propuesta de La Nave Argo Amateur ha sido preparada por Lucía López y Juan Ballesteros, que, sin perder de vista la producción terenciana, también se han apoyado en la versión libre de Pep Anton Gómez y Jordi Sánchez.
Por supuesto, la continua carcajada del espectador tampoco puede conseguirse sin unos intérpretes verdaderamente capaces de alcanzar la alta dosis de comicidad que exige una producción como esta. En este sentido, la dimensión actoral supone, con mucha diferencia, el aspecto más brillante de toda la obra, ya que la compañía cuenta con un vigoroso plantel de actores, muy bien dirigido, en esta ocasión, por Lucía López.

- El eunuco, de La Nave Argo Amateur
Por orden de aparición, la primera en captar la atención del público es Minerva Barrios, que, con toda la frivolidad de la cortesana Thais, no deja de dirigirse directamente al espectador hasta sacarle más de una sonrisa. Aquella forma un genial dúo junto a Mariangel Moreno, que, con un elegante toque de humor atolondrado, da vida a la criada Filipa. Una química mayor se encuentra en la singular relación amo-criado establecida entre Nico Murcia, que sabe interpretar a Fedrias con toda la carga sentimental que exige este personaje, y Blanca Fernández-Campa. Mención aparte merece el Parmenón encarnado por la actriz, que, rezumando astucia y espontaneidad en todo momento, pasa a ser un más que digno exponente del icónico servus callidus. Así, también están llenas de imágenes hilarantes las escenas compartidas con Hugo Arenas.
Igualmente, se hacen muy resaltables la gracia y el garbo que este actor le sabe imprimir a su simpático acercamiento al personaje de Lindus. Con todo esto, ninguna pareja muestra tanta complicidad sobre las tablas como la conformada por Juan Ballesteros —Pelotus— y Álvaro Palomares —Fanfa—. Tanto el uno, con su graciosísima interpretación del más leal servidor, como el otro, con su enternecedora revisión del arquetípico miles gloriosus, mantienen al público en vilo hasta la emocionante explosión de un secreto que lo cambia todo. Finalmente, Ximena García completa el conjunto con una Pánfila que, entre histriónicos gestos y desenfrenados parloteos, también hace las delicias de los espectadores.
En definitiva, de todo este animadísimo y colorido cuadro pudo disfrutar el público de El eunuco. Fuesen o no de su gusto los cambios realizados sobre su obra, lo que Terencio no podría negar es que este montaje cumple con el objetivo que él mismo se marcaba en las palabras iniciales del prólogo al Eunuchus: “Si hay alguien que se esfuerce por agradar al mayor número de personas de bien y ofender al menor número posible, nuestro autor declara expresamente ser uno de ellos”. Esto es, precisamente, lo que ha conseguido La Nave Argo Amateur con su propuesta: un teatro que, sin ofender, es capaz de invitar a la risa; un teatro que, tal y como Terencio defendía, agrada.