ALICANTE. Bajo tierra, donde durante siglos se almacenó el agua que garantizaba la vida en Alicante, hoy se almacenan palabras. Palabras antiguas, pronunciadas hace miles de años, que regresan al presente con una fuerza inesperada. El antiguo aljibe de los Pozos de Garrigós, hoy sede del Museo de Aguas de Alicante (M2A), se convierte en escenario de un ciclo de lecturas dramatizadas que une teatro clásico, medio ambiente y memoria hidráulica, y que arranca este domingo, 1 de febrero, a las 12 horas, con la primera cita de este proyecto.
La propuesta nace de una invitación sencilla y ambiciosa a partes iguales. El objetivo era llevar el teatro a la programación cultural de Aguas de Alicante. A partir de ahí, la idea empieza a tomar forma en diálogo con el Centro Dramatúrgico Marino, una asociación cultural joven, de apenas un año de vida, pero con la clara vocación de fomentar la actividad teatral en la ciudad desde múltiples frentes, especialmente a través de formatos como la lectura dramatizada. “Somos alumnos y exalumnos del aula de teatro clásico de la Universidad de Alicante”, explica Blanca Fernández Campa-Fullana, coordinadora del proyecto e intérprete, “una generación muy motivada por crear, pero también muy consciente de los retos del siglo en el que vivimos”.
Esa doble mirada tanto artística como social, atraviesa todo el ciclo. Y es que el espacio no es un mero continente. Elegir los Pozos de Garrigós responde al deseo de situar estos encuentros teatrales en un enclave especial, atípico, que ofrezca la intimidad y el recogimiento que exige la palabra. Aquí abajo, entre piedra y humedad, la experiencia teatral se vuelve más cercana, más concentrada. Y no es una hipótesis, porque el lugar ya había demostrado su potencia escénica en lecturas anteriores, confirmando que cumple y amplifica las condiciones que requiere el teatro.
Clásicos que siguen hablando
El ciclo La palabra contenida: teatro clásico, agua y memoria comienza este domingo con una charla en la que abordar el agua y su relación con los grandes conflictos humanos a través del teatro clásido, pero posteriormente se articula en tres lecturas dramatizadas que recorren épocas distintas, aunque conectadas por ese mismo hilo del agua. Luis Gimeno detalla el viaje: tragedia griega, Siglo de Oro español y teatro clásico internacional. Eurípides, Calderón, Shakespeare, Molière o Chéjov dialogan a través de los siglos para demostrar que hay elementos —y conflictos— que nunca desaparecen. “A lo largo de todo este enorme y cambiante viaje hay un elemento que se mantiene perenne: el agua”, señala el intérprete.
No es casual. El teatro clásico sigue hablando hoy en día porque sus temas son eternos. “Algunas de las obras que leeremos se representaron por primera vez hace 2.500 años y, sin embargo, siguen llenando teatros hoy”, recuerda Blanca Fernández. La explicación está en los dilemas que plantean: la lucha entre razón y el impulso, la ambición desmedida, el sacrificio o la pasión amorosa. Conflictos que sobreviven al tiempo porque apelan a lo más hondo del ser humano. De ahí que los clásicos se presten a ser revisitados sin necesidad de traicionarlos: acercarlos al presente sin corromper su esencia. “Así será hermoso comprender que a lo largo de todo este enorme y cambiante viaje hay un elemento que nunca deja de mostrarse como algo perenne, el agua”, recuerda Luis Gimeno.

Actuar bajo tierra
Pero si los textos son antiguos, la experiencia aquí es radicalmente contemporánea. En este espacio subterráneo no se puede imponer la voz. Sisi Álvarez lo explica con claridad. “Tenemos que dialogar con el lugar; con las piedras, con la humedad, con el eco, porque todo responde”, destaca. La lectura deja de ser un ejercicio de proyección para convertirse en algo orgánico, casi respirado. Las palabras buscan su sitio y los intérpretes aprenden a escucharlas. “No estamos simplemente representando estos textos, sino que estamos sintiéndonos parte de algo más, algo que nos precede, algo más antiguo que estaba antes que nosotros, y cambia completamente la energía porque debemos estar más atentos, más disponibles y más en el texto que nunca”, asegura la intérprete.
La cercanía con el público, la resonancia, la ausencia de distancia escénica transforman la interpretación. “Un susurro aquí es mucho más potente que un grito”, afirma Sisi. Algo que obliga a cuidar el silencio tanto como la palabra. La energía se aquieta y la interpretación se vuelve más interior, más esencial. En los Pozos de Garrigós, el tiempo distinto. La lectura se convierte en un ritual en el que los intérpretes sienten que forman parte de algo anterior a ellos mismos. No se trata solo de representar textos clásicos, sino de dejar que resuenen en un lugar que también guarda historia, escasez, supervivencia y comunidad. Así, el ciclo no propone una lección ni un discurso cerrado, sino una experiencia. Un cruce entre pasado y presente en el que el teatro vuelve a cumplir una de sus funciones más antiguas: escuchar, reflejar y devolver preguntas. Bajo tierra, donde el agua fue tesoro, la palabra vuelve a encontrar su cauce.