Cultura

Cuatro miradas sobre 'La Bohème': así se vive esta ópera que recorre la provincia de Alicante

El espectáculo de la compañía Ópera 2001 llega este miércoles a Torrevieja para recalar posteriormente en Elche, Alicante y Teulada-Moraria

  • La Bohème, de Ópera 2001
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ALICANTE. La compañía Ópera 2001 regresa a Alicante apenas unos meses después de colgar el cartel de entradas agotadas con La Traviata, consolidando así una relación estrecha con el público alicantino, que vuelve a tener la oportunidad de reencontrarse con una de las óperas más conmovedoras del repertorio universal con La Bohème

Este jueves 26 de febrero, a las 20 horas, el Teatro Principal de Alicante acoge una de las citas líricas más destacadas de la temporada y será tras su paso, este mismo miércoles, 25 de febrero, por el Teatro Municipal de Torrevieja, pero también estará presente el 27 de febrero en el Gran Teatro de Elche y el 14 de marzo en el auditorio de Teulada-Moraira. Unas funciones que forman parte de una gira que ya arrancó con lleno absoluto en Gandia y que recorrerá más de 40 teatros de España, Portugal y Francia, llegando a su parada final en la Opera de Massy.

La juventud perdida como eje emocional

Dirige la escena el tenor internacional Aquiles Machado, quien durante años encarnó a Rodolfo y que ahora observa la obra desde una perspectiva más amplia. Después de haber vivido La Bohème “desde la piel y la respiración” del protagonista, Machado reconoce que la dirección le ha permitido descubrir la arquitectura emocional completa de la obra: “las relaciones invisibles entre los personajes, los silencios que sostienen la música, las pequeñas miradas que cuentan tanto como un aria”.

Para el director, la clave no está en actualizar la época, sino la mirada. Ambientada en el París de 1830, la ópera trasciende su contexto histórico porque habla de algo universal: “No es solo la historia de un amor, sino el retrato de un tiempo de la vida —la juventud— que todos hemos perdido alguna vez”. Si los personajes son verdaderos, sostiene, el espectador no ve el siglo XIX: se ve a sí mismo.

El desafío de sostener la emoción

Desde el foso, el director musical Martin Mázik afronta la partitura de Giacomo Puccini como un ejercicio de precisión milimétrica. Recuerda que el compositor dedicó años a pulir cada detalle junto a sus libretistas y que en La Bohème cada palabra encuentra su reflejo exacto en la música.

La dificultad, explica, reside en ofrecer durante dos horas una curva emocional perfectamente graduada. La orquesta —rica, colorida, llena de matices— no actúa como mero acompañamiento: cada instrumento aporta una emoción concreta, casi como si cada músico asumiera un pequeño papel solista dentro del conjunto. El objetivo es claro: “Si el público llora al final de la obra, significa que nuestra misión ha sido un éxito”.

  • La Bohème, de Ópera 2001 -

Rodolfo: pasión y fragilidad

El tenor Haruo Kawakami encarna a un Rodolfo que ama con intensidad, pero que vive marcado por la precariedad. Lejos de separar ambas dimensiones, el cantante entiende que es precisamente la fragilidad del personaje la que hace su amor más auténtico. Poeta soñador, sí, pero también joven que conoce el frío y el hambre, Rodolfo se sostiene gracias a la amistad. Esa camaradería bohemia, ese refugio compartido frente a la dureza de la realidad, es lo que le permite seguir creyendo en el amor.

Cuando llega el momento de “Che gelida manina”, una de las arias más célebres del repertorio lírico, la tensión es máxima. Kawakami busca naturalidad, poesía, verdad. En el clímax, cuando logra transmitir la esperanza y la pasión desbordada del personaje, se produce una conexión directa con el público. Un instante delicado y, al mismo tiempo, profundamente gozoso para el intérprete.

Mimì: delicadeza sin debilidad

Frente a él, la soprano Irina Stopina construye una Mimì que reivindica su fortaleza interior. “No es frágil; son sus pulmones los que lo son”, resume con claridad. Dramáticamente la concibe como un personaje humilde y tímido, pero capaz de grandes impulsos, con esa “poesía de las cosas pequeñas” que el propio libreto pone en boca de Rodolfo.

Stopina se acerca al personaje con una sensibilidad cercana a los universos de Chéjov: figuras aparentemente sencillas que esconden una enorme profundidad emocional. En el último acto, la dificultad radica en transmitir cómo el cuerpo cede ante la enfermedad mientras la voluntad permanece intacta. La voz se vuelve más íntima, casi hablada, acompañando el tránsito final de Mimì hasta el lugar donde todo comenzó. Quiere morir en los brazos de Rodolfo. Cuando llega, se tranquiliza. La música, explica la soprano, ya contiene esa emoción; el reto consiste en serle absolutamente fiel.

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