Entrevista

Libros y cómic

Brigitte Vasallo: "Cuando se legisla pensando en la gente del campo, se hace como si lo rural no fuese más que un paisaje"

Anagrama publica la nueva obra de Brigitte Vasallo, ‘La fosa abierta’, un estimulante ensayo sobre memoria y dignidad campesina, pasado violentos en presentes pacíficos, identidad txarnega y España rural

  • Brigitte Vasallo.
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VALÈNCIA. Su madre emigró a París, como tantos otros, durante la dictadura. Trabajó en casa de una familia de rancio abolengo, cuidando de un niño que hoy es un hombre mayor adinerado llamado Gilles Charmat. Vivió allí durante años, criándole los hijos a madres ajenas, para volver a migrar e instalarse en Barcelona, donde descubrió que se la trataba con igual desprecio: entre los franceses era una domestique espagnole, y entre los catalanes era una txarnega, término utilizado para referirse a las personas migrantes de otras zonas del Estado español. 

Su madre ha perdido facultades en una vejez que no perdona y suma una capa de silencio al que ha mantenido durante toda su vida con respecto a sí misma y a su hija. Brigitte Vasallo quiere comprender ese silencio y recomponer la historia de su madre, ahora que ha vuelto al que era el hogar de su familia en Galicia. Así que le escribe al señor Charmat por si él puede contarle algo de su madre, de sus años allí. 

Pero el señor francés no le responde. Y Vasallo suma otro silencio a su alrededor. Uno que viene a añadirse al que su madre mantuvo durante años ante las palizas y amenazas de un padre maltratador. Así que la pensadora combate el silencio de la mejor forma que sabe: se pone a escribir. El resultado es La fosa abierta (Anagrama, 2026), un libro fascinante, caótico y estimulante sobre la identidad, la diáspora rural y la memoria. Una investigación atravesada por multitud de temas que la autora de ensayos como PornoBurka (Rubiños, 2013), el exitoso Pensamiento monógamo, terror poliamoroso (La oveja roja, 2017) o Lenguaje inclusivo y exclusión de clase (Loarousse, 2021) afronta como una autopsia de sus raíces. 

Brigitte Vasallo nos atiende una videollamada desde Chandrexa de Queixa, pequeño municipio de la provincia de Orense del que proviene su familia, y donde vive actualmente, aprendiendo del campo y de lo que le queda de esas raíces rurales con las que intenta reconciliarse.

- El libro se subtitula ‘Anarchivo emocional de un milagro económico’. ¿Por qué elegir el formato de ‘anarchivo’ para un ensayo como este? 

- Para mí la parte formal es muy importante, pero en este libro ha sido muy complicada de encontrar. La fosa abierta se ha escrito a lo largo de seis años y, al menos durante cuatro, no conseguía encontrar la estructura que acompañase bien el relato. De poco sirve que teoricemos si luego no sabemos ejercer lo que teorizamos: en el aterrizaje de la cosa es donde está la dificultad. Si yo estoy hablando de diáspora, de movilidad, de la memoria que ni quiere ni tiene museo. Si estoy haciendo una reflexión sobre todo eso, ¿cómo se materializa en un libro? La estructura me la dio volver a Queixa. Me reencontré con la idea de las tierras comunales y con la estructura de nuestra sierra en concreto. 

Es un lugar que está delimitado por unas piedras que marcan las lindes. Pero entre una piedra y otra hay kilómetros de tierra. Tienes que imaginar la línea que las separa. Y pensé que era una buena imagen para nuestra memoria. Me interesaba proponer un anarchivo, un ensayo entendido como una posibilidad de un archivo que no sea cerrado. Así que elegí, por un lado, un tono poético que no quitase el rigor científico a la investigación y, por otro lado, un libro como una estructura abierta y no cerrada.

- En el libro describes una escena en la que un colega tuyo habla del autoodio a su forma de hablar por ser de Almería. Él cuenta que la maestra de su pueblo les inculcaba mucho autoodio porque hablaban un castellano no normativo. ¿Puede ser un concepto que impulse la escritura de este libro? ¿Esa búsqueda de razones del autoodio?

- Sin duda, hay rabia en este libro. Intento que no sea un motor de escritura porque yo no busco el antagonismo con la gente que me lee, busco la conversación. No escribo para quedar sobre los demás, sino para encontrarme con los demás. Realmente es una escritura sedienta de un diálogo. Y lo hago contundente porque nos merecemos la contundencia. Pero no se puede negar que las raíces del autoodio eran un motor para escribir. 

Quise tratar de explicar ese extrañamiento sobrevenido, porque no venía de serie, que encontraba con el origen campesino. Esa cultura que llamamos analfabeta y que en realidad es distinta, completamente válida y es la cultura oral. ¿En qué momento se pensó que las que venimos de origen campesino, pero habíamos crecido en la ciudad no teníamos que mirar hacia nuestras raíces? ¿Por qué pensamos que no valía la pena? ¿De dónde viene eso de ‘no romantices el campo’ cuando simplemente lo que estás buscando es tu genealogía? Cuando te vas dando cuenta de cómo tú has participado en ese imaginario sobre el campo, contra ti misma, pero sobre todo contra tu gente, ahí hay un motor de investigación, de escritura.

- Muchos capítulos se inician con la pregunta “¿Por qué éramos pobres?”, para alertar sobre un punto de vista muchas veces olvidado: el del mundo rural narrándose a sí mismo. ¿Cómo explicas la voluntad de impugnar el relato del milagro económico español [período de crecimiento económico, industrial y urbano del 59 al 73] que está presente en La fosa abierta?  

- Quería cuestionar el relato celebratorio de eso que llamaron el milagro económico, porque supuso un golpe fuerte contra formas de vida campesinas. Una de las batallas que ha librado la modernidad es precisamente la batalla del relato, en la que se nos dice que en las ciudades se vive mejor, incluso para las minorías. Se nos dice que los derechos laborales, los de las mujeres o los de las comunidades LGTB han sido conquistas fabriles y urbanas. En el mundo campesino también ha habido un montón de luchas sociales, pero el relato celebratorio de la modernidad y de lo urbano las invisibiliza. Incluso las que somos hijas de campesinas no reconocemos nuestra propia genealogía ahí.

Es muy interesante, por ejemplo, la idea de la mujer campesina sumisa, cuando ha habido un montón de batallas históricas recientes de las campesinas contra empresas energéticas. Son ejemplos de lucha comunal, de resistencia de género y anticapitalista. Pero no llevamos camisetas suyas porque seguimos elaborando el relato de que las campesinas son sumisas y que desde las ciudades nos hemos inventado las resistencias, porque son inherentes a la ciudad, y no lo son. 

En esa voluntad de cuestionar el gran relato urbano, la primera pregunta que me surge era “¿Por qué emigramos?”. La respuesta de mi gente decía: “Porque éramos pobres”. Pero entonces la siguiente pregunta que se abre es, “¿Y por qué éramos pobres?”.  Y al preguntar el porqué, aparece un universo nuevo, que tiene que ver con que hay territorios empobrecidos y territorios enriquecidos, y una correlación entre ambos. 

“En el mundo campesino también ha habido luchas sociales, pero el relato celebratorio de la modernidad y de lo urbano las invisibiliza”

- Otro elemento que se repite son las cartas que le envías a monsieur Charmat y su silencio perenne. ¿Escribes para combatir el silencio de unas clases pudientes que niegan las vidas que les han servido y cuidado?

- Sí, claro, aunque podría haber dado con un hombre que fuese más generoso que él. Eso nunca lo podremos saber. Lo que está claro es que había una cosa de clase porque la primera vez sí me contestó, y creo que lo hizo por un malentendido idiomático: él creyó que yo quería hacer un libro sobre su familia. Pero cuando entendió que el libro era sobre la mía, ahí se rompió la comunicación. En cualquier caso, eso que para mí fue decepcionante, pero al mismo tiempo me sirvió de metáfora. 

El silencio no es una cosa posterior a la violencia: forma parte de la violencia. Las historias subalternas, las vidas de esas familias pobres o campesina, están en manos de quien ejerce el poder, que se siente con la libertad de entregarlas o no. Charmat no se siente con ninguna obligación de reparar mi relato. La historia de mi madre, como mujer que lo crió siendo un niño, también es valiosa para él, es parte de su memoria. Pero él no lo entiende así, por eso no me contesta, porque él se relaciona conmigo desde esa jerarquía de subalternidad.

  • Brigitte Vasallo. -

- En lo que respecta al imaginario que tenemos de lo rural, que hemos convenido en llamar España vacía o vaciada, partimos casi siempre de ideas que vienen de la ficción. Pienso en Una amor, de Sara Mesa, en As Bestas, de Rodrigo Sorogoyen, o en Alcarrás de Carla Simón. ¿Cuanta culpa tiene la ficción de lo que creemos que es lo rural español? ¿No son, esencialmente, miradas urbanas de lo rural? 

- Ahí está la narración del campo como ese ‘otro’ que es desechable y que no se sabe ni siquiera narrar a sí mismo. Piensa por ejemplo en el origen etimológico de la palabra ‘villano’: viene de ‘alguien que pertenece a una Villa’, es decir, un campesino. Ahora villano es el malo de Batman, pero su origen ya tiene un carácter negativo producto del poder, en aquellos momentos de la Iglesia. Y la suspicacia con lo campesino es constante desde ahí.

Y desde ahí se ha seguido con una rueda poco cuestionada en general sobre cómo se hace ese retrato. Para mí la ficción son historias concretas que lo que están explicando es una gramática. Cuando se estrenó As Bestas la critiqué duramente por ese cliché del urbanita, que encima quiere hacer algo ecológico, enfrentado a un campesino que es una bestia. Los sucesos pasaron al lado de mi pueblo, conocemos muy bien la historia. Pero ya desde el mismo título perpetúa una gramática para explicar el mundo que no contradice el orden de las cosas.

- Al mismo tiempo, este imaginario sobre lo rural crece continuamente con lecciones de sostenibilidad y ecología que tienen que ver con saberes ancestrales en el campo. ¿Las ciudades generan su propio imaginario de lo que es el campo, a la vez que visten de hallazgos propios saberes ajenos? 

- Por un lado, está el impulso devorador del capitalismo, que siempre necesita novedades. Y hace pasar por nuevos en un sitio conocimientos que son tradicionales en otros lugares. Y, por otro lado, está la idea de legislar desde lo ajeno, desde lo urbano. Fíjate que ahora, por ejemplo, en las aldeas de aquí nos han puesto un incremento de la tasa de basuras si no generamos suficiente desperdicio. Evidentemente, esta tasa está pensada desde la ciudad. En las urbes, si tú reciclas te premian. Aquí no es que no reciclemos tanto, es que no generamos basura porque todo se reaprovecha. Lo que no comemos nosotros lo comen los perros, los cerdos, los conejos, las gallinas o se va al campo. Entonces, se nos está castigando por una contaminación no solo que no hacemos, sino que ya tenemos resuelta desde hace años. 

Cuando desde las ciudades se legisla pensando en la gente del campo, lo hacen imaginando a la gente de la ciudad en otro escenario, como si lo rural no fuese más que un paisaje. Y no es así. Nadie nos pregunta cómo vivimos, ni piensa las leyes desde las necesidades del campo, y eso perpetua una violencia. 

- Citas a Marx cuando dices que toda distorsión del trabajo parte de la separación entre la ciudad y el campo. ¿La fosa abierta es ese espacio vacío en el que va la identidad que no es ni de campo ni de ciudad, que habita los dos mundos a la vez?

- En cuanto a identidad, a mí me interesa la propuesta de Spivak de las identidades estratégicas. Una identidad como una posibilidad de nombrarte que es movible y que es múltiple. Hay un color que a mí me gusta mucho, que es el azul verdoso, que es una buena metáfora. Ese es un tono que si lo pones al lado de un azul se ve verde y si lo pones al lado de un verde se ve azul. Pues bien: creo que eso es así también para las diásporas.

Es decir, para las diásporas de género, de identidad… para todos esos espacios intermedios nos puede servir pensarnos como ese azul verdoso. Lo que estoy intentando hacer con este trabajo es un análisis de la mutación. Esa mutación que se da cuando vienes del campo, que es una ontología en sí misma, y has sido educada en las lógicas urbanas. Cuál es la relación entre lo urbano con ese mundo al que yo pertenezco sin siquiera haberme dado cuenta durante todo este tiempo.

Y trato de reconstruir la mirada para poder ver y para poder escuchar y para poder entender. Necesito estudiar esas diásporas sin que me duela y sin tener migrañas. Pero claro, enseguida te empieza también a importar, porque enseguida te vinculas y aquello que estudias pasa a ser un poco tú. 

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