Así se construye la magia del Circo del Sol: donde empieza el universo 'Kurios'

Cultura

La gran carpa abre las puertas de su universo antes del estreno en Alicante y descubre el trabajo invisible que sostiene uno de los espectáculos más imaginativos del Circo del Sol

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ALICANTE. Todavía no hay espectadores y las gradas del Circo del Sol permanecen vacías en la playa de San Juan, en Alicante, mientras unos cuerpos se impulsan una y otra vez sobre una gigantesca red suspendida en el centro de la pista. No hay aplausos, ni música, sino concentración. Nueve artistas se sincronizan en cada movimiento con una precisión de un reloj mientras uno de ellos se eleva hasta desde el centro hasta los doce metros de altura. Desde la butaca parece un vuelo imposible, pero a pocos metros de distancia se entiende que, antes que una acrobacia, es un ejercicio de confianza.

Alicante Plaza se ha introducido en el ensayo de Acronet, uno de los momentos culminantes de Kurios y, también, uno de los grandes secretos del espectáculo. Ninguna otra producción del Circo del Sol cuenta con un número semejante. De hecho, es la guinda de este show que pronto podrá ver todo el público alicantino. Mientras otros montajes han convertido determinadas disciplinas en seña de identidad, este número pertenece únicamente al universo de Kurios. "Si quieres verlo, tienes que venir a este espectáculo", explican durante el recorrido por la Gran Carpa. No existe en Alegría, ni en Luzia, ni en ninguna otra producción de la compañía canadiense que viene recalando en la ciudad cada dos años.

La espectacularidad es la consecuencia de un mecanismo colectivo porque cada impulso depende del resto. Los artistas que rodean la red deben saltar exactamente al mismo tiempo para generar la tensión necesaria que permita al compañero situado en el centro alcanzar la máxima altura. No hay un protagonista en la escena, sino que todos lo son. Una sincronización que convierte la fuerza individual en un movimiento que explica por qué este número está considerado uno de los más exigentes y arriesgados del espectáculo.

La vida antes del aplauso

El recorrido continúa por un espacio que el público nunca llega a conocer. Detrás de la pista principal se abre una pequeña ciudad itinerante donde cada jornada comienza mucho antes de que se levante el telón. Algunos artistas comienzan a entrenar tras el regreso de las vacaciones; otros ya venían calentando músculo y repasan movimientos o ultiman detalles de los números que volverán a escena este jueves, durante el estreno. Es un organismo perfectamente coordinado. No solo por quienes aparecen bajo los focos, sino también por quienes cosen un traje, restauran un zapato o preparan una prótesis.

En el departamento de vestuario hay estanterías repletas de calzado. Otras piezas esperan una última mano de pintura o una reparación antes del estreno. Cada elemento tiene asignada una función concreta y un mantenimiento constante. Algunas personas se ocupan de las prendas tradicionales y otras trabajan con elementos mucho más complejos, como las enormes prótesis que transforman el cuerpo de determinados personajes y que requieren casi el mismo cuidado que una escultura.

Muy cerca se encuentra la zona de maquillaje. Allí cada artista aprende a construir su propio personaje siguiendo un procedimiento milimétrico. No existe la improvisación ya que cada uno dispone de una guía detallada que explica, paso a paso, cómo debe aplicarse cada color, cada sombra y cada plantilla sobre el rostro. De hecho, el proceso puede prolongarse de cuarenta y cinco minutos a dos horas. "Es como montar un mueble de Ikea", bromean. Y es que la magia, en realidad, empieza mucho antes de que el público ocupe su asiento.

  • Michael Smith, director artístico de Kurios

Un espectáculo que nunca deja de cambiar

Pocas personas conocen ese universo mejor que Michael Smith. Él es el director artístico de Kurios y, a sus 68 años, lleva mucho tiempo formando parte del Circo del Sol, donde ha trabajado en una docena de espectáculos y también en la sede de Montreal, participando en la creación de nuevas producciones. Sin embargo, después de tanto tiempo, sigue huyendo de la rutina. "Cuando llegas a un momento en el que algo es rutina, necesitas cambiar", explica mientras observa los ensayos. Quizá por eso rechaza la idea de entender Kurios como una obra terminada ya que, para él, el espectáculo permanece vivo. "No puede quedarse quieto", resume. Cada función supone una nueva oportunidad para modificar pequeños matices que el espectador quizá nunca llegue a percibir conscientemente, pero que terminan alterando la emoción que recibe desde la butaca. Y no se trata de cambiar las acrobacias ni la estética de la obra, sino la forma en la que los artistas las viven y las transmiten.

Su trabajo, de hecho, tiene menos que ver con corregir movimientos que con comprender personas. "Hay cincuenta artistas de veintidós nacionalidades y lo más importante para mí es crear una relación con cada uno de ellos", afirma. No es una cuestión sentimental, sino una necesidad artística y también humana. "Hacen cosas peligrosas; tengo que saber qué está pasando en su vida y si están bien para hacer el espectáculo", explica. "Les estoy pidiendo que abran el corazón y el alma para transmitir una emoción al público, así que yo también tengo que venir con esa misma apertura", razona. Y lo hace porque la confianza, según sostiene, cambia por completo la energía de una función. "He trabajado muchos años entre camerinos y cuando el ambiente detrás del escenario no es bueno, eso se nota encima de la escena, pero aquí somos una comunidad", sentencia.

El poder de imaginar

Quizá esa sea la gran diferencia entre Kurios y un espectáculo convencional. No pretende contar una historia cerrada, sino construir un universo donde cada espectador complete el relato con su propia imaginación. "Si hay dos mil personas en la carpa, para mí es perfecto que las dos mil vean un espectáculo diferente", reflexiona Smith. "Lo importante es tocar las emociones porque, si conseguimos hacerlo, creamos un recuerdo que puede inspirar a cada persona a pensar que todo es posible", sostiene el director artístico.

Ese mensaje conecta directamente con el origen de Kurios, que está ambientado en un gabinete de curiosidades de comienzos del siglo XX. El espectáculo bebe de la estética de la Revolución Industrial para levantar un mundo poblado por inventos imposibles, personajes extravagantes y máquinas que parecen escapar de un sueño steampunk, pero Smith encuentra un paralelismo con el presente. "Aquella revolución cambió la forma de vivir, igual que ahora lo está haciendo internet o la inteligencia artificial; hay cosas de aquel momento que todavía nos ayudan a entender lo que vivimos hoy", afirma, incidiendo en que la curiosidad es la clave de todo. "Si vemos la vida con curiosidad, será mucho más interesante", afirma. Pero no habla únicamente del escenario sino también de la vida cotidiana. "Hay que buscar al niño que sigue dentro de nosotros", sentencia.

  • David Castillo, artista narrador del espectáculo Kurios

El regreso del alicantino

Mientras el director artístico habla de emociones colectivas, David Castillo las vive en primera persona. El actor alicantino interpreta al personaje que guía al público a través del universo de Kurios. No como un presentador al uso ni como un maestro de ceremonias clásico sino en encarnando el hilo conductor que une las diferentes escenas y acompaña emocionalmente al espectador durante todo el recorrido. "El Circo del Sol sustituyó hace años al maestro de ceremonias por personajes teatrales que permitieran contar una historia; la idea era que las acrobacias no fueran solo un wow, sino que sucedieran por un motivo", explica el artista.

Su llegada al espectáculo también parece fruto de una de esas casualidades improbables que solo ocurren en el teatro. Quien interpretaba originalmente el personaje era Antón Valén, actor y clown murciano que había sido profesor suyo. Durante un viaje a Estados Unidos fue a visitarlo mientras representaba Kurios. Después de la función compartieron una cena. Allí llegó una pregunta inesperada. "'¿Tú puedes hacer lo que yo hago?', me preguntó. Le dije que sí y un mes después recibí un correo del Circo del Sol para hacer el casting", recuerda. Lo superó y acabó incorporándose a la producción. "Es como si te llama el Real Madrid; no puedes decir que no", bromea.

Los primeros meses, admite, no fueron sencillos. Había que adaptarse a una compañía internacional, a la vida itinerante y, sobre todo, a un espectáculo que ya llevaba años funcionando con otro actor. "Sabía los movimientos y sabía dónde tenía que estar, pero todavía tenía que descubrir por qué hacía cada cosa; ese fue el gran trabajo de adaptación: entender que todo tuviera un sentido", rememora. Tres años después acumula más de setecientas funciones y asegura que sigue sintiendo el mismo cosquilleo antes de salir a escena.

Actuar en casa

Con todo ello, ninguna de las representaciones anteriores se parecerá a la que vivirá ahora en Alicante. Cuando habla del estreno deja de hacerlo como actor y empieza a hacerlo como hijo, hermano y amigo. "Voy a intentar no llorar encima del escenario", reconoce entre risas, aunque enseguida admite que la emoción será difícil de contener. "Pensar que estarán mi madre, mis hermanos, mi pareja, mis amigos... Solo imaginarlo hace que se me pongan los pelos de punta", confiesa el artista alicantino que protagoniza uno de los mayores espectáculos del mundo y que vuelve a casa convertido, por unos días, en profeta en su tierra.

Castillo aprovecha esa circunstancia para lanzar una reflexión que va más allá de su historia personal. "Llevo mucho más tiempo actuando en Murcia que en Alicante y eso me da pena", afirma. Recuerda que comenzó su trayectoria en el festival Alacant a Escena y reivindica la necesidad de cuidar la cultura de base para que sigan apareciendo nuevos profesionales. "Está muy bien traer grandes espectáculos como Kurios, pero también hay que cuidar a los artistas de aquí porque, si no lo hacemos, será difícil que haya más alicantinos llegando algún día al Circo del Sol", sentencia. Una reflexión que nace desde la gratitud, no desde el reproche, porque él mismo representa el ejemplo de cómo una trayectoria iniciada en escuelas y compañías locales puede acabar recorriendo el mundo bajo la gran carpa.

En pocas horas se encenderán las luces y comenzará la función. El público verá vuelos imposibles, personajes extravagantes y máquinas que desafían la lógica mientras aplaude la perfección de unas acrobacias que parecen desafiar la gravedad para salir después convencido de haber asistido a uno de los grandes espectáculos del mundo. Y, para ello, esos mismos artistas han estado ensayando, repasando un maquillaje aprendido paso a paso, cosiendo un botón, reparando un zapato o hablando entre ellos para construir esa confianza que, según Michael Smith, sostiene todo lo demás.

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