‘500 pesetas con pelotazo’: Emotiva historia de las discotecas heavy

Música y ópera

EL CABECICUBO DE SERIES, DOCUS Y TV

En una época en la que hay pocos jóvenes, es difícil pensar que décadas atrás había discotecones que ponían heavy metal. Un documental recupera su recuerdo

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VALÈNCIA. Viví los últimos años de las discotecas heavy clásicas de Madrid. El último Canciller, que seguía dando conciertos espectaculares, como Death, Paradise Lost, Blind Guardian o Fear Factory ¡quién los pillara ahora como en aquella época!, y otras salas que eran una especie de gueto o reducto. En la primera mitad de los 90, el heavy metal no era lo más cool para los jóvenes, había muchas más opciones y el metal ya no movía masas como en la década anterior. 

Tal vez por eso, ir a Studio Rock para mí era un infierno de carreras huyendo de nazis, tanto para entrar como para salir. Lo gracioso es que seguíamos yendo una semana tras otra aunque sufriéramos terribles ansiedades y sustos, cuando no palos, parecía masoquismo, pero un finde sin ir era como que te amputaran. En la década anterior, eso no habría pasado. Los skin heads nazis eran muchos, pero no tantos como para resistir que les cayeran encima decenas de pavos de barrios periféricos curtidos en la construcción y otros empleos similares. Era mucho más fácil ir detrás de niños de 16 años. 

Hay que asumir, aunque algunos se nieguen, que en la segunda mitad de los 90 todo cambió. Al principio de la década se notaba un agotamiento de lo que fue la época dorada. Posiblemente, el tipo de gente que se hacía heavy años atrás, ahora se estaba haciendo bakala. Los que nos metimos en el tema en aquella época nacimos ya con nostalgia de algo que no habíamos vivido. 

Hoy, el documental 500 pesetas con pelotazo, de Leo Cebrián Sanz, autor de Ellas son eléctricas, recuerda aquellos tiempos a partir de sus salas. Unos lugares de cuya existencia yo solo tenía noticia por los anuncios del Disco Cross y me impacientaba por no tener 16 todavía y no poder entrar hasta que pude. Pero este documental va mucho más atrás. Empieza en el tardofranquismo, cuando Close to the edge de Yes era uno de los temazos que no podía faltar en una sesión. Jamás pensé que Yes llenase pistas, pensaba que era un grupo para escuchar en casa. 

De todo lo que se comenta, hay varios aspectos que me han llamado la atención. Primero, que en el Osiris no se pusiera glam rock en los setenta porque no le entraba al dueño, que eso no era lo suyo. Solamente ponía hard rock en sus diversas formas, progresivo, Rory Gallagher y Allman Brothers. Hasta ahí. Son pequeñas diferencias que desde la distancia no se perciben, pero yo sí que he escuchado a gente de esa época menospreciar a Slade o Sweet como “música de coches de choque”. 

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Pero más interesante y genuino, y tal vez inexportable, es que el set-list diario en los 80 tenía espacio para las rumbas. La extracción social de los heavies de aquella época se prestaba a ello, también formaba parte de su acervo. Ya tenía noticia de que en aquella época mucha gente llevaba grabado en el casete por una cara a los Judas y por la otra a Los Chichos. Aquí, la confirmación es palmaria. Y también tiene gracia que se mencione que en Barrabas hubo recogida de firmas para que se dejasen de pinchar rumbas. 

Espectacular la historia de que oficiales del cuartel de artillería de Vicálvaro –hoy Universidad Rey Juan Carlos- en estado de embriaguez irrumpieron en la pista a dar vivas a España y demás, con un capitán que llegó a efectuar un disparo al suelo. Eso sí que son momentos que nadie me había contado. 

Lo mismo que con motivo de los fastos del 82, por el Mundial de Fútbol, el gobernador civil de Madrid se propuso acabar con todo lo que consideraba chusma y envío autocares para llevarse detenidos a todos los varones que estuvieran en Barrabás. No pudieron emplear el bus, porque no giraba por esas calles, y lo hicieron en lecheras encerrando a los chavales en la Dirección General de Seguridad. Tampoco tenía ni idea de algo así. 

Al mismo tiempo hay que reseñar el detalle de que, cuando la policía cacheaba en redadas a los clientes de esa discoteca, se llenaba el suelo de navajas que iban arrojando para que no les empurasen. En los 90, se podía ver alguna mariposa, había navajazos, pero el bardeo como herramienta cotidiana ya no estaba tan extendido. 

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Luego hay que asumir que la forma de divertirnos ahí dentro, hacer headbanging o air guitar, era divertida, pero un tanto absurda. Cuando ves los vídeos no son prodigios de lo más cool precisamente y, sin embargo, si me viese en las mismas lo volvería a hacer. En mi caso tengo que contar que, en el Canci, ese baile servía para hacer amigos. Como se explica en el documental, la gente tocaba la guitarra imaginaria cuando ponían sus canciones o frente a los vídeos que le molaban que se proyectaban en la pantalla gigante. Al final, a base de repetir cada fin de semana, ya sabías quién salía a qué, y cuando se trataba de grupos nuevos, compadreabas. Cuando solo unos pocos conocían Somewhere far beyond de Blind Guardian recuerdo sellar verdaderas alianzas con los que salían a bailarlo. Por unos meses, fue como pertenecer a una secta secreta. 

Aunque esa época mía era tristona, estaba todo de capa caída. Años antes, a finales de los 80, como bien se cuenta, aquello fue una verdadera locura. Los testimonios dejan claro cómo era la fauna. Había pocos que le daban al glam metal, pero se les notaba porque llevaban su laca para cardarse el pelo en el baño. Parece ser que los fans de este género en España estuvieron comprimidos entre los fans del heavy clásico y los thrashers, que no perdían ocasión de llamarles “maricones” cuando se cruzaban con ellos. Todo lo que se dice de las microescenas conviviendo es oro. 

Interesante también el grave problema de la hostelería en este país con los licores de garrafón. Aquí se habla de la ginebra Lirios, con i, que se servía, pero en la Malasaña más enrollada era exactamente lo mismo. Ojalá un #MeToo contra los hosteleros que nos han envenenado tantos años a cambio de dinerales. Otro detalle bonito es el de que la hamburguesería de Canciller tenía que retirar los botes de kétchup y mostaza porque la gente también se los bebía. 

Al final, el Ayuntamiento le plantó un muro de ladrillos al primer Canciller para que cerrarlo, una clara demostración de fuerza. Pero no la única, yo se la he visto hacer a los técnicos del ayuntamiento con muchos bares que no estaban “conectados”. Por eso es tan divertido, la comedia del año, que en un consistorio con tantos años de experiencia buscando ruidos donde no los hay, se les haya pasado un espacio tan pequeño como el Bernabéu desde el proyecto, durante la obra y en sus primeros conciertos.  

En fin, 500 pesetas con pelotazo es otro pedazo de historia popular y, pese a no tener una inversión importante detrás en la realización y posproducción, es mucho más agradecido que cualquier cosa que emitan hoy las plataformas establecidas, donde los documentales mainstream se han convertido en páginas de sucesos extremadamente mórbidas y macabras. Gracias a dios, en este documental, para hablar de heavy metal en España no se ha tenido que emplear ningún asesinato, violación o desaparición como pretexto. 

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