reflexionando en frío / OPINIÓN

A las generaciones

31/05/2020 - 

“En un mes pueden cambiar muchas cosas”, reza Matías Prats en un anuncio reciente que protagoniza. Fue Heráclito quien en el inicio de los tiempos reseñó la continua evolución a la que se somete la realidad. Nadie es el mismo desde que el covid-19 acechó nuestras calles, cerró nuestros bares, apagó las farolas, canceló nuestros planes y ensombreció con la oscuridad de la muerte nuestra existencia mientras nos protegíamos en la trinchera infinita del hogar. Moradas, que ya no volverán a ser igual. Habitaciones a las que les costará volver a la normalidad, a la nueva, y a la de antes. Parte de la esencia de la vida de millares de personas fue robada por este microscópico enemigo. 

Me atrevería a decir que todos hemos soltado lágrimas en estos tiempos. Es inevitable hacerlo cuando sentimos la muerte tan de cerca, cuando al ir a comprar te juegas la vida y la de los tuyos sin saber si el virus se ha mudado a tu casa utilizando tu propia ropa o enseres como salvoconducto. Hoy, los ‘te quier', esos que les damos a los valientes que van a hacer los recados o que van a trabajar, tienen un valor sin igual. Ahora, el profundo sentido de la fragilidad de la vida y del ser humano cobra más sentido que nunca y se atestigua que no sabes cuándo va a ser la última vez que veas a alguien. Ya dijo Forrest Gump que la vida era como una caja de bombones y que desconoces lo que te va a tocar. Momentos dulces, como el hecho de que ningún allegado haya caído en este tiempo, e instantes amargos, como cuando alguien cercano a ti sufre las consecuencias de la huelga a la japonesa que se está cobrando la muerte. Todos conocemos a gentes que han perdido a alguien. El mundo es un pañuelo para lo bueno y para lo malo. Trapo enjugador de las lágrimas derramadas. Sollozos como los de Díaz-Ayuso y que algunos insensibles trataron de ridiculizar. Muestra de la existencia individualista vivida que carece de toda inteligencia emocional. Afectos que me han hecho llorar en tres ocasiones durante estos dos meses. 

La primera fue cuando la allegada de un familiar pereció en manos del virus, e indagando en sus recuerdos -no olviden que Internet lo sabe todo de nosotros-, no pude evitar emocionarme en la soledad de mi habitación. Aunque Dani Martín diga que los valientes son los que saben llorar todavía me resisto a que mis lagrimas desfilen ante la mirada de terceros. La segunda vez que no evité sollozar, -recuerdo que fue comiendo ante la atenta mirada de mi padre-, sucedió cuando saltó una noticia en el telediario relacionada con las zanjas cavadas en Brasil para enterrar a las miles de almas caídas en el país carioca. No soporté tanto dolor. Sufrimiento que, si se tiene corazón, -este órgano que hoy parece ser prescindible ante el miedo de algunos de tener principios o aprecios-, es anecdótico ante la situación que hemos vivido. Vivencias que otros no han tenido la oportunidad de atravesar porque se han ido de este mundo. Para ellos y sus familiares no habrá nueva normalidad, nada será habitual, la extrañeza recaerá sobre ellos echando de menos a los que no están. Ausentes como el padre de un gran amigo que, pese a que no exista en el orbe terrenal si persistirá en la realidad verdadera. Quien nos quiere nunca nos abandona. Aprecio que es el que me hizo emocionarme por tercera vez al empatizar con su pesar.

En el último episodio de la serie La línea invisible, la compañera de uno de los cabecillas en la operación de asesinar a Melitón Mazanas -tranquilos, no les estoy haciendo spoiler, es historia-, esta al concebir a su bebé, soslaya: “Teniendo entre mis brazos a mi hija, me di cuenta del valor que tiene una vida humana, de lo fácil que es arrancarla, y de lo difícil que es darla”. Este tiempo ha segado muchas vidas. Almas que no son cifras. Cada una de ellas cuenta, cada una tenía un fin, una misión, un destino, un sueño, unos objetivos que ya no podrá cumplir. Biografías incompletas, historias inacabadas junto a sus seres queridos, que son los que ahora padecen. Tormento por no poder despedirse, por no manifestar los sentimientos ante el cliché de que ser frío es lo que mola y que conmoverse es de otra época.

Arrogancia con la que existíamos, y que desgraciadamente continuamos pensando como si nada hubiera pasado, que nos hacía vivir como si fuéramos dioses. Quizá por eso el historiador Yuval Noah Harari escribió en Homo deus que estábamos tan desarrollados que pese a que una pandemia nos amenazara la venceríamos sin pestañear gracias a los avances médicos. Toma sofisticación. EE. UU., el país con más inversión en I+D+i sanitario, y foco de víctimas mundial con más de 100.000 muertos. ¿De verdad esto no nos hace replantearnos nuestra autosuficiencia? Deberían tirarnos un jarro de las lágrimas derramadas por los caídos en esta crisis. Quizá así recuperemos la virtud perdida.


Principios extirpados que tiene como efecto la ausencia de líderes en la sociedad. Resulta curioso cuando la ciudadanía se manifiesta en contra de nuestros gobernantes sin mirarse al ombligo olvidando que tenemos los dirigentes que nos merecemos. ¿Cómo puede tener una comunidad desnaturalizada unos líderes ejemplares? Sería una contradicción. Los políticos son un reflejo de la sociedad que comandan. ¿Se creen que el hecho de que España esté en la cola del informe PISA no influye en tener a un Presidente de Gobierno que es un mentiroso patológico? Nuestro líder es igual de miserable que nosotros, si no tendríamos a otro en el poder. Es duro, pero es así. Vivimos en una colectividad sin liderazgos porque para ser pastor hay que saber adónde llevar a las ovejas. Conocimiento del trayecto que solo se consigue con principios. Sócrates dijo que los valores son la flecha que nos indica el camino y Séneca sentenció que no hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va.

Somos ovejas en un rebaño sin pastor. Ovinos que, como en la antigüedad, crean mitos para salir del paso ante la ausencia de un carisma claro que indique la ruta. Aplaudíamos a los sanitarios ante la desesperanza de no contar con unos gobernantes íntegros y que inspiren confianza. Profesionales que pusieron el grito en el cielo diciendo que no eran héroes, y que les dejáramos hacer su trabajo. Labor que precisamente son los políticos los que no les dejan desarrollar obstaculizando su misión a base de mentiras y engaño. Falsificaciones que se ejercen no solo sobre el material sanitario -el otro día me contaba una allegada cómo a una familiar enfermera le habían bajado el sueldo además de tener que jugarse la vida con batas impermeables que no lo son- sino también en las cifras de fallecidos. Nos dicen que hay 30.000, pero los estudios aseguran que se dobla el número. ¿De verdad creen que saldremos de esto con unos personajes así? Nos zafaremos de la crisis sanitaria, pero no de la existencial.