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crítica de cine

'Vivarium': Pesadilla suburbial

3/04/2020 - 

VALÈNCIA. En su segundo largometraje, Vivarium, Lorcan Finnegan aborda algunos de los temas que ya habían aparecido en su trabajo como cortometrajista: el aislamiento, la incomunicación extrema en un espacio hostil, los mecanismos devoradores el mundo animal y la presencia de una dimensión oculta que vincula la realidad al elemento fantástico. 

Es Vivarium una pesadilla kafkiana que parece sacada de un episodio de La dimensión desconocida, en la que encontramos una feroz crítica a la sociedad de consumo y a la familia tradicional, pero a través de un mecanismo narrativo que nos sumerge en las pantanosas aguas de la ciencia ficción más opresiva. 

Una pareja de jóvenes ilusionados (interpretada por Imogen Poots y Jesse Eisenberg) está buscando una casa donde empezar una vida. Después de mucho pensarlo, Gemma y Tom se acercarán a una inmobiliaria en la que un extraño vendedor de aspecto robótico o directamente marciano (Jonathan Aris), los acompañará a Yonder, una urbanización donde todas las casas son idénticas y forman un laberinto infranqueable de color verde menta. Intentarán encontrar una salida, pero se verán atrapados dentro de ese universo artificial y extraño del que no se puede escapar. Pero eso no es lo más sospechoso de todo: en la puerta de la casa, encontrarán un bebé al que tendrán que criar como si fuera su hijo, aunque pronto quedará claro que su naturaleza no es precisamente humana. 

El ciclo de la vida adquiere un sentido muy particular en esta película. De hecho, es uno de los puntos de partida que utilizaron Lorcan Finnegan y el guionista Garret Shanley (que ya trabajaron juntos en Without Name) después de ver un documental de la BBC dirigido por David Attenborough sobre los pájaros cuco, que se caracterizan por tirar los huevos de otras aves para criar allí a uno de sus polluelos que crece solo y fuerte. En ese sentido, los responsables querían reflexionar en torno a lo que significa la maternidad y la crianza, su función a nivel biológico y social, pero dándole un sentido más oscuro y perturbador. ¿Qué ocurre cuando el cuco se hace mayor y ya no necesita a sus padres? 

El director nos introduce en el reverso del sueño suburbial y de cómo la identidad se diluye en medio de un espacio donde no hay lugar para la diferencia, donde se sucumbe a la alienación a través de un intento de convertir al ser humano en una marioneta que no controla su propia vida y que progresivamente se va sumiendo en el tedio de la cotidianeidad, dejándose llevar por la maquinaria de la subsistencia, en la que la voluntad deja de tener sentido y todo se convierte en un círculo infinito de acciones mecánicas en la que desaparecer el placer, el gusto y los sueños. 


La película se presentó en el pasado Festival de Sitges y consiguió el premio a la mejor actriz para Imogen Poots, a la que hemos visto en otras cintas de terror como Navidad sangrienta (2019) o 28 semanas después (2007), donde se dio a conocer. 

Con Vivarium, Lorcan Finnegan continua con la exploración del concepto de pesadilla inmobiliaria que ya estaba presente en sus cortos Foxes (2012) y Defaced (2007). La primera se centraba en una pareja que quedaba atrapada en una casa fantasma en medio de una naturaleza inhóspita y salvaje y sus creadores se inspiraron en las urbanizaciones construidas en Irlanda que quedaron abandonadas tras la crisis de 2008. 

En esta ocasión, la urbanización Yonder se presenta como un espacio surrealista con referencias a la serie de René Magritte ‘El imperio de las luces’. Según el propio director, otras influencias han sido el cine de Roy Andresson, por su uso de la fotografía y los decorados tan cotidianos como inundados de extrañeza o La mujer de la arena (1964), la obra maestra de Hiroshi Teshigahara. También Safe (1995), de Todd Haynes o El último superviviente (1985), de Geoff Murphy, así como las fotografías de Andreas Gursky y la instalación The Weather Project, de Olafur Eliasson. Aunque quizás estaría más cercano a las distopías de J.G. Ballard o de John Wyndham por la forma en la que construye un universo en el que domina el elemento represivo a través de los códigos sci-fi.

Finnegan apuesta por el minimalismo escénico y sabe cómo introducirnos en una atmósfera enrarecida para poco a poco evidenciar la sensación de asfixia, no solo física, sino también existencial a través de una modulada dosificación de elementos. En el fondo, estamos ante una metáfora sobre la inutilidad de trascender como especie más allá del impulso reproductor, de cómo los sueños de futuro se convierten en una mentira y cómo solo somos una pieza más del engranaje capitalista que se dedica a prefabricar vidas vacías e idénticas. 

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