primera catedrática de instituto de España

Vida de una pionera: María Luisa Dorado, catedrática en 1923 en Castellón

La salmantina María Luisa García-Dorado abrió camino a la mujer con la Cátedra de Latín del actual IES Francisco Ribalta

8/03/2019 - 

CASTELLÓN. El 18 de mayo de 1923 fue viernes. En esta fecha, una Real Orden ministerial anuncia el nombre de quien ocupará la Cátedra de Lengua Latina en el Instituto General y Técnico de Castellón -hoy IES Francisco Ribalta- que había quedado dos años sin propietario, tras la marcha de Juan Alegre Alonso. Pocos días más tarde, a principios de junio, la persona indicada llega a la Plana para tomar posesión de su nuevo puesto tras ganarlo por oposición, unos meses antes. Joven, 26 años, de Salamanca. A sus espaldas, la Licenciatura de Filosofía y Letras y dos años en una Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos. La ciudad a la que llega cuenta apenas 35.000 habitantes, y su provincia, en torno a 320.000. Nadie en Castellón es consciente de que, al franquear aquella puerta, María Luisa García Dorado Seirullo está haciendo historia, al convertirse en la primera mujer catedrática de instituto de España.

Sólo habían pasado 13 años desde que el presidente del Gobierno, el conde de Romanones, levantase las restricciones al acceso de la mujer a la Universidad. Y en los años sucesivos, las pocas mujeres que acudían a las clases en las distintas facultades universitarias tenían que entrar “acompañadas del catedrático, y sentarse en lugares distantes a sus compañeros, y próximos a la mesa” del profesor, según explica Natividad Araque, de la Universidad Complutense de Madrid, en su trabajo Las primeras pensionadas y catedráticas de Latín y Lengua y Literatura, presentado en el XVIII Coloquio de Historia de la Educación (Vic, 2015). En 1923, apenas 27 mujeres han alcanzado la condición de profesoras de instituto en todo el país. Y faltan 30 años para que Ángeles Galino sea la primera en conseguir, en 1953, la primera Cátedra universitaria por oposición libre en España, en la Universidad Complutense de Madrid (Emilia Pardo Bazán será catedrática en 1916 en virtud de por sus méritos literarios).

Un referente universitario en casa 

Nacida el 10 de octubre de 1896 en Salamanca, María Luisa es hija de María Luisa Seirul·lo de Onís, y de Pedro García Dorado Montero, a su vez catedrático de Derecho Penal en la Universidad a orillas del Tormes. El matrimonio tiene otros dos hijos: Pedro y Elvira. El padre será una figura de gran importancia en su ámbito de estudio, hasta tal punto que a él se atribuye el espíritu del artículo 25.2 de la actual Constitución Española, en el que se dice que las penas “estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social” del delincuente. De origen humilde, abocado a los estudios por un accidente que le dejó cojo y casi manco de la mano derecha, será coetáneo y amigo de Unamuno, con quien llegará a disputarse el mismísimo Rectorado de la Universidad. Próximamente será nombrado Hijo Adoptivo de Salamanca, según se ha anunciado con motivo del centenario de su muerte, en febrero de 1919.

En esa ciudad crece María Luisa, aunque a los pocos años la encontramos en Francia, como alumna de la Escuela Primaria Municipal, donde ya despunta con excelentes calificaciones. Posteriormente, de vuelta a Salamanca, estudiará el Bachillerato en Artes, logrando el sobresaliente en ambos ejercicios.

Según explica María Luz de Prado, profesora de Filosofía de la Universidad Pontificia de Salamanca -y autora de una investigación en curso sobre García-Dorado- nuestra protagonista estudió la carrera de Filosofía y Letras entre 1910 y 1920 en la Universidad de Salamanca, donde consiguió el Grado en 1913 y el título de Licenciada en 1917, con la calificación de sobresaliente y Premio Extraordinario de Licenciatura. Posteriormente, de 1917 a 1919 cursó estudios de Doctorado en la Universidad Central de Madrid y en 1919-1920 cursó las asignaturas de Arqueología y Numismática y Epigrafía. “Todas esas pruebas las superó con magníficas calificaciones. Mientras estudiaba el Doctorado en Filosofía y Letras fue aspirante al Magisterio secundario en el Instituto-Escuela de Segunda Enseñanza”, explica De Prado.

En Madrid, la localizamos en la Residencia de Señoritas, y desde 1918 forma parte de este Instituto-Escuela surgido de la esta versión femenina de la Residencia de Estudiantes, donde forma parte del grupo de profesoras aspirantes al Magisterio Secundario. Así lo indican Raimundo Cuesta y Juan Mainer en su artículo Guardianes de la tradición y esclavos de la rutina: historia del campo profesional de los catedráticos de Instituto (publicado en Historia y Memoria de la Educación, por la Sociedad Española de Historia de la Educación). Asimismo, y según se recoge en La educación en España a examen (1898-1998), será en octubre de 1918 cuando accedan las primeras licenciadas, entre ellas nuestra salmantina. En todo caso será precisamente allí, en el Instituto-Escuela, donde García-Dorado encontrará una oportunidad casi inimaginable en la España del momento: una estancia de estudios en Estados Unidos.

La experiencia americana

La Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), creada en el marco de la Institución Libre de Enseñanza, cuenta ya en ese momento con un programa de intercambio de becarias con universidades norteamericanas. Según cuenta Isabel Pérez-Villanueva Tovar en el libro La residencia de estudiantes, María Luisa es aceptada por una Real Orden del 5 de julio de 1920 en el Bryn Mawr College de Pensilvania, centro femenino en el que ejercerá como becaria entre el 1 de octubre de 1920 y el 31 de mayo de 1922, pensionada por la JAE, y allí realizará estudios filológicos latinos y diversos cursos de educación, incluyendo un trabajo titulado Metodología del Latín. El Bryn Mawr pone a disposición de las becarias 720 dólares por curso para cubrir gastos de alojamiento y manutención. En el verano que pasa al otro lado del Atlántico, el de 1921, aprovechará para seguir un curso en otra universidad, en este caso en el Teacher’s College de Columbia, según recoge Raquel Vázquez Ramil en su obra Mujeres y educación en la España contemporánea.

En julio de 1925, durante las vacaciones y desde el pueblo natal de su padre, Navacarros (Salmantino), María Luisa escribe un artículo con sus recuerdos de su etapa americana. Lo publicará en la revista El Estudiante, vía de expresión de un sector de intelectuales y jóvenes estudiantes contra la Dictadura de Primo de Rivera, a cuya política educativa se oponen, propugnando una reforma universitaria. En sus páginas se dan cita desde Fernando de los Ríos hasta Ortega y Gasset, pasando por Gregorio Marañón, entre otros muchos nombres ilustres de la intelectualidad liberal y progresista del momento. En ese artículo se recoge una sobrecogedora descripción del campus americano visto por los ojos de una española de principios de siglo XX:

La primera impresión fue de asombro. Confieso que la multitud de datos, croquis, noticias y fotografías que yo me había procurado acerca de las Universidades americanas en general y de mi futura residencia en particular, no fueron suficientes para borrar de mi espíritu una Universidad a imagen y semejanza de las nuestras. Por eso, al verme de repente en una inmensa pradera sombreada por corpulentos árboles, en medio de la cual se levantaban aquí y allá airosos edificios, cubiertos de hiedra, aseguro que me pareció que la Universidad no podía ser aquello. Pesaban en mí muchos siglos de tradición y varios años de carrera en aulas incómodas, oscuras e inhospitalarias, para que al verme tan cerca de la naturaleza no sintiera que la ciencia no había que buscarla solamente en las hojas amarillas de los libros, sino que se hallaba en todas partes; que ciencia y vida, naturaleza e historia, habían de ir estrechamente unidas.

Y el mismo contraste, tan vívido a través de las letras, reflejado en otro párrafo:

La bondad del ambiente llena el espíritu de sano optimismo. La característica del estudiante americano es la alegría sana y, si se quiere, infantil, pero la alegría con todos los beneficios que de ella se derivan. Y lejos, muy lejos de esa vida, lejos de la Universidad, lejos del estudiante, el tipo clásico de de nuestra casa de huéspedes, donde toda vulgaridad tiene su asiento, y donde toda mezquindad y lo que es peor, tristeza y hastío de vivir, han hecho su habitación.

De su periplo americano queda un trabajo titulado Metodología del Latín, que es recogido por M.ª Inmaculada Rius-Dalmau en su artículo La enseñanza de las lenguas vivas: visión metodológica de los pensionados de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (1908-1935). En él, García-Dorado es tajante: “saber latín es saber traducir a libro abierto las obras clásicas latinas. Nada más pero nada menos. Yo no creo que hoy por hoy en el estudio del latín se pueda ni se deba tender a otra cosa. Nada de escribir latín, nada, Dios nos libre de hablarlo”.

“Gran competencia y celo”

Pero volvamos atrás, a junio de 1923. Al llegar a Castellón, toma posesión el día 10, según documenta Miguel Ángel Prades, profesor de Griego en el IES Ribalta. Su sueldo inicial es de 4.000 pesetas anuales. De sus cinco años en la capital de la Plana no abundan los datos. Sin embargo, Luis Querol, en su libro I Centenario del Instituto de Castellón: 1846-1946 (1947), se ocupa de subrayar que desempeñó su Cátedra “con gran competencia y celo” hasta 1928, año en que marcha “por concurso previo de traslado” al Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de León, donde “en 1947 seguía prestando sus servicios”. Sin embargo, como veremos, la estabilidad que sugiere esa frase no fue tal, debido en parte al carácter inquieto y ávido de aprendizaje de María Luisa.

Según Araque, García-Dorado se incorporaría al Instituto Femenino Infanta Beatriz de Madrid en el curso 1929-1930, junto a otras catedráticas que fueron las pioneras en sus especialidades. Allí ocupa la Cátedra de Latín como interina, según De Prado. Aunque tiene su plaza en León, de octubre de 1933 a junio de 1936 fue catedrática, en comisión de servicios y en virtud de concurso, del Instituto Escuela de Valencia, explica De Prado. Y por si fuera poco, en ese mismo 1933 había decidido ampliar sus conocimientos y pide una ayuda para viajar por Francia, Italia e Inglaterra para conocer sus métodos de enseñanza del Latín y la formación del profesorado. En la Gaceta de Madrid del 7 de julio de ese mismo año, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes se anuncia la concesión de una pensión “por tres meses” con la asignación “de 425 pesetas oro mensuales y 600 para viajes”.

La guerra y 20 días en prisión

Son años de gran efervescencia en todos los sentidos. El 19 de noviembre de ese mismo año, 1933, las mujeres pueden ejercer su derecho al voto por primera vez en España. Sin embargo, la rebelión de un puñado de generales contra la Segunda República en julio de 1936 desemboca en la Guerra Civil y trunca los planes de futuro de muchos españoles. El 18 de julio, María Luisa, desplazada a León para pasar las vacaciones, se encuentra sin embargo en Salamanca. La guerra, trágica por definición, dejará una amarga huella en su familia: su hermano Pedro es asesinado al inicio de la contienda en Ávila, donde era jefe provincial de Sanidad. Sólo le quedará su hermana Elvira, soltera como ella. Pero hay más.

Según su declaración, recogida en el expediente de depuración, el 14 de septiembre se presenta en el Rectorado de la Universidad de Salamanca ofreciendo su adhesión al Movimiento. De nada servirá, pues el miércoles 28 de octubre de 1936, la catedrática García-Dorado queda suspendida de empleo y sueldo. Según recoge en su blog la Asociación Salamanca Memoria Justicia, meses más tarde llegará a pasar varias semanas en la prisión provincial de Salamanca, del 19 de febrero al 11 de marzo de 1937. En su ficha de la cárcel se dice que, a su ingreso, “quedó a disposición del Jefe Superior de Policía de Salamanca”, quien la dejó en libertad al cabo de 20 días.

Según Araque, el 30 de agosto de 1939, a María Luisa se le incoa “un expediente de depuración, siendo confirmada como catedrática el 29 de enero de 1941, pero con inhabilitación para cargos de director y de confianza. La comisión de depuración consideraba que la catedrática García Dorado era de ideas izquierdistas, a pesar de no haber realizado actuación política alguna, y de no haber votado en las elecciones a diputados a Cortes del 16 de febrero de 1936”. En la acusación se había detallado “su conducta profesional y religiosa es buena, no prestando adhesión al gobierno marxista”.

De León a Alicante

En el Escalafón de Profesores de Institutos de 1940, publicado por el nuevo Ministerio de Educación Nacional, María Luisa figura en la sexta categoría, con un sueldo de 12.000 pesetas anuales. En León pasará la década de los 40, pero no llegará a terminarla, porque en 1949, concretamente el 10 de junio, tomará posesión de una nueva plaza en el Instituto Jorge Juan de Alicante, procedente del Instituto de Enseñanza Media Padre Isla de León. Y será junto al Mediterráneo, al otro extremo del mapa valenciano de donde había iniciado su carrera como catedrática, donde imparta sus últimas lecciones. Allí, su nombre se hará célebre incluso entre generaciones de estudiantes que no llegaron a conocerla, como Luis Martín, primero alumno y hoy director del centro alicantino. “La señorita Dorado”, como se la llamaba, había dejado huella.

Una de las últimas referencias a nuestra protagonista en los documentos oficiales aparece en el BOE del 29 de enero de 1962, donde figura como miembro suplente de un tribunal de oposiciones. Un año más tarde, el 29 de marzo de 1963, vuelve a aparecer en el boletín oficial por la aceptación ministerial de su renuncia a tomar parte en otro tribunal, al encontrarse “razonables los motivos que alega la interesada”. Y así, poco a poco, se apagan los ecos públicos de una vida consagrada a la educación, a la pasión de la enseñanza. La jubilación le alcanza en Alicante.

Medio siglo después, en 2018, con motivo del VIII Centenario de la Universidad de Salamanca, se desarrolló un proyecto artístico que bajo el nombre Rostros del olvido homenajeó a 22 mujeres estudiantes que destacaron en las aulas salmantinas -entre las cuales figuraba María Luisa- a través de otros tantos medallones. El proyecto artístico, que se expuso en la Plaza Mayor de la ciudad, buscaba rescatar su memoria de la amnesia colectiva favorecida por tanto tiempo de invisibilidad.

El fallecimiento de María Luisa García-Dorado Seirullo en Salamanca, en 1965, marca el final de una trayectoria vital apasionante. La de una mujer que hizo Historia enseñando Latín. La primera que lo hizo como catedrática en un instituto español. Como ella misma hubiera dicho, “nada más pero nada menos”.


Agradecimientos. Este reportaje es, en parte, resultado del entusiasmo y la colaboración de dos profesores del IES Francisco Ribalta, Miguel Ángel Prades y Eva Quesada, que han contribuido a la localización de documentación y valiosas pistas para las pesquisas sobre María Luisa García-Dorado. Asimismo, han colaborado con diferentes informaciones y documentos la profesora M.ª Luz de Prado (Universidad Pontificia de Salamanca); el director del IES Jorge Juan de Alicante, Luis Martín; Alfredo Campello, de la Asociación Alicante Vivo; la catedrática emérita Josefina Cuesta (Universidad de Salamanca) y tres técnicos de la propia USAL, Elena Vicente, Sergio Manzano y María Suárez.