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17 de septiembre

Protestar o perecer: profesionales de la escena comparten sus razones para tomar la calle

14/09/2020 - 

VALÈNCIA. Cancelaciones, aplazamientos sin fecha, ayudas institucionales que no llegan… La vida pandémica comienza a afianzar sus rutinas con más o menos trompicones, pero los profesionales que integran el ecosistema del espectáculo están al borde del desmoronamiento. Y es que, más allá del fugaz entusiasmo de los conciertos por Instagram, estos trabajadores pretenden comer varias veces al día (ya sabéis, la gente de la farándula es muy excéntrica…) 

En ese empeño por garantizar su supervivencia, la plataforma Alerta Roja (que está presente en 7 países e integra a asociaciones, empresas y trabajadores a título individual) han convocado una manifestación para el próximo 7 de septiembre en 28 urbes españolas. Entre ellas, València y Alacant. Con esta acción, pretenden que las Administraciones Públicas tomen medidas urgentes que salven al sector del colapso. Además, demandan la creación de una mesa sectorial en la que se aborden las necesidades de una industria compleja y cargada de idiosincrasias. Una marcha que reivindica las actuaciones en directo como un espacio en el que vibrar en colectivo, allí donde la catarsis escénica se conjuga en el plural de un patio de butacas. Conocida las claves generales, ponemos el foco en el panorama valenciano y consultamos a unos cuantos profesionales de estos lares mediterráneos sobre la supervivencia en el ahora y la necesidad de echarse a la calle.

Es necesario visibilizar que hay 700.000 familias afectadas, que no están recibiendo ingresos y que no tienen esperanza de obtenerlos hasta, al menos, Semana Santa de 2021. El nuestro es un gremio muy poco regularizado y que depende a menudo de la estacionalidad, por ello, muchas de las prestaciones que han llegado a otros sectores no nos incluyen”, apunta Paco Lop, miembro de Alerta Roja y Hacemos Eventos.

'La invasión de los bárbaros'.

Minuto y resultado de un sector que agoniza

El panorama derivado del coronavirus parece estar cebándose especialmente con un sector, el de las bambalinas, que ya llevaba unos cuantos lustros atravesado por la precariedad. Así que toca preguntarse qué perspectivas le esperan a los escenarios y sus periferias. Muchas compañías desaparecerán y la gente que empieza lo tendrá muy difícil también. Pero creo que va a ser muy duro para toda la clase trabajadora en general”, explica Carla Chillida, autora, actriz, directora y cofundadora de la compañía Atirohecho.

“Si ‘artes escénicas’ e ‘incertidumbre laboral’ estaban próximas, ahora lo están todavía más. Es peligroso que asumamos la incerteza como condición sine qua non, que nos acostumbremos a ella y desarrollemos más aún esa famosa resiliencia que nos caracteriza. Yo no quiero ser resiliente. Tengo lo mío con hacer lo posible por ser buena bailarina, seguir apostando por la creación en estos tiempos, seguir formándome, buscar trabajo cada muy pocos meses… ¿no os cansáis de resurgir de las cenizas unas ocho veces al año? Eso no es resiliencia, es masoquismo. Somos profesionales, yo no soy una heroína ni lo pretendo”, señala la bailarina y creadora Julia Irango. “Parece que la cultura solo se defiende para un lavado de cara. La cultura no es rentable, la danza mucho menos; es una inversión para el bien común. La cultura es inútil, pero muy necesaria. Y hasta que no se entienda así vamos a sufrir cualquier contrariedad que venga, desde esta pandemia hasta los cambios de gobierno”, añade.

Nos están matando, el sector del espectáculo está muerto- denuncia, tajante el Paco Lop, diseñador y técnico de iluminación-. Llevamos ya muchos meses sin poder trabajar porque nos están imponiendo condiciones insostenibles económicamente para la empresa privada. A eso se le suma una pasividad enorme por parte de muchas administraciones públicas que han detenido toda la programación cultural. Entendemos que quizás conciertos multitudinarios no se pueden realizar, pero hay otros muchos eventos de menores dimensiones que sí serían viables”. 

'Tullidos'.

“En mi opinión, esa precariedad eterna en la que nos movemos nos ofrece ciertas ventajas para saber lidiar en situaciones críticas. Estamos en constante estado de creación, siempre en proceso. Desde hace unos cinco años en la ciudad de València habíamos pasado de nada de contratación pública a algo y ese cambio era mucho. Esta crisis nos ha devuelto a la situación anterior y nos encontramos de nuevo reinventándonos, un concepto horrible que me ahoga solo de pensarlo”, lamenta Elisa M. Matallín, mediadora cultural y titiritera.

Sobre quienes viven de los escenarios sin actuar en ellos

Casi siempre, cuando se habla del universo escénico se piensa en las figuras más visibles: artistas, autores, directores... Pero las cancelaciones también están afectando a otros profesionales en segundo plano, trabajadores invisibles pero primordiales para que estos eventos de focos, telones y aplausos salga adelante. A continuación, unos cuantos: “la empresa local que imprime los tiques para una actuación, los tramoyistas, quienes diseñan las camisetas para un artista, los taquilleros y los responsables de la limpieza de un teatro… También perjudica a quienes se encargan de la hostelería en los conciertos, maquilladores, escenógrafos, técnicos, afinadores de instrumentos…”, relata Lop, quien recuerda que la industria del espectáculo supone “el 3,2 del PIB nacional y eso sin contar con los propios artistas”. 

Para Irango, son precisamente ese tipo de profesionales los que, dentro del mundo escénico “tienen más claras sus líneas rojas en cuanto a condiciones laborales. Es algo que admiro, se lo han trabajado y les aplaudo”.  En ese sentido, desde la desde la Associació de Professionals de Circ de la Comunitat Valenciana (APCCV) recuerdan que la campaña Sin técnicos no hay cultura surgió tras la publicación de unas ayudas del Gobierno “que no reconocieron la intermitencia de muchos profesionales de la cultura (ayudas necesarias en tiempo de falta de trabajo), y todavía hoy seguimos trabajando por este reconocimiento”. Al mismo tiempo, lamenta que la ciudadanía no acabe de saber “el gran número de profesionales que participan en cada creación. Pero lo importante no es solo que la sociedad los conozca, sino que sean ‘reconocidos’ en el ámbito laboral y cultural, y sobre todo por el Ministerio de Cultura y el Gobierno”. 

¿Y ahora qué?

Para crear, además de inspiración, claro, es necesario el vil metal. Consciente de ello, Matallín asegura que se deberían haber respetado “todos los pagos de lo programado e incluso haber seguido programando aceptando los presupuestos ya adjudicados o derivando esos presupuestos en otras actividades que repercutan en el sector como podrían ser las residencias de creación, producción o mejora en lugar de exhibición”. Pero no ha sido así.

Le toca el turno a Irango,, aplicando la visión a medio plazo, considera que una de las medidas imprescindibles es “el reconocimiento de nuestra actividad como intermitente. El que no lo tengamos todavía demuestra la total ignorancia sobre las características de nuestra profesión”. Además, sostiene que en las salas de exhibición se exige “una rigidez de medidas que no existe en los bares”. Y es que, en opinión de Chillida, en la galaxia de las artes escénicas “no hay muchos intereses para los poderes económicos, así que la presión que podemos ejercer es muy poca en comparación con las aerolíneas, las empresas hoteleras…”

En el caso de València, Matallín señala que hay museos que comienzan a reactivarse, “como el Centre del Carme que demostró que si la restauración podía reanudarse también la cultura debía ser segura. Sin embargo, en artes escénicas la mayoría de los ayuntamientos están desplazando actuaciones conforme se acercan. Las argumentaciones que dan son variadas y en muchos casos insostenibles: cancelaciones por brotes de 3 personas en un pueblo, falta de logística para ofrecer seguridad en el evento, temor a que no venga nadie, ausencia de personal, enfrentamientos políticos internos, etc. Cuando he ofrecido alternativas me he encontrado técnicos de cultura desbordados e impotentes en la toma de decisiones”. Y en esa línea, denuncia una de las trampas dialécticas que están salpicando la vida escénica coronavírica: “aunque sean aplazamientos a meses posteriores en realidad esconden cancelaciones sin retribución económica pues ese mes no cobras y sin embargo debemos pagar autónomos y otros gastos asociados. Estas cancelaciones han puesto en evidencia la falta de respeto de algunos programadores hacia nuestro trabajo al valorar exclusivamente el evento e ignorando la cantidad de esfuerzo que hace falta para poner en escena una pieza”. Y una ultima petición lanzada, en este caso, por el mundo circense: la puesta en marcha de campañas de concienciación y motivación del público para que regresen sin miedo a la oscuridad burbujeante de los patios de butacas.

'Teràpies'.

Primero, las calles. Después, la utopía

Con los rebrotes asomando las orejas en fábricas, escuelas y cenas familiares, quizás la idea de una manifestación pueda generar ciertos recelos. Sin embargo, desde la organización aseguran estar tomando todas las precauciones para que la asistencia sea segura (por ejemplo, mediante la entrega de tiques para gestionar el número de personas congregadas). “Nuestro objetivo es organizar una ceremonia fúnebre por la industria. Estamos habilitando canales para poder confirmar cuánta gente va a unirse, tener accesos controlados, evitar puntos masificados… Si somos capaces de llevar a cabo festivales para 80.000 personas, también lo somos de realizar una movilización sin riesgos y garantizando la trazabilidad de cualquier caso de coronavirus”. Los representantes de la APCCV recuerdan que se han realizado protestas “desde que comenzó la crisis. Primero a través de redes sociales, por ejemplo con la campaña #apagón cultural o #culturasegura, ‘no canceles-aplaza’…y en cuánto se pudo, de manera presencial. Quizás este punto sea una de las cosas buenas que hemos vivido: la unión entre el sector”.

En la misma linea, Lop reclama reunirse “con el ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribesy su equipo para poder estudiar soluciones para el sector y hacerles ver que podemos garantizar la seguridad de nuestros eventos”. Un chiquitito recordatorio al hilo de este reclamo: hace algunas semanas, el responsable de esta cartera esparció la crispación entre los profesionales del espectáculo al declarar durante una entrevista en La Voz de Galicia que “es muy difícil -por no decir imposible- que los conciertos en vivo de rock o pop se puedan celebrar en este momento”.  Así que no hay que ser el mozo más avispado de la comarca para captar que la sintonía con el titular de Cultura no está ahora mismo en su mejor momento.

Defender la cultura puede implicar también defender otros modos de ser y de estar en el mundo, otros modos de vivir y tricotar comunidades. Así lo cree Chillida:

: “nuestro sector debe movilizarse totalmente, pero no sólo para exigir medidas que sólo nos afectan a nosotros, sino en todos los aspectos que nos interpelan como sociedad: sanidad pública, educación pública, derecho a una vivienda digna, derechos laborales, libertad de expresión, derecho a la información, derechos de las personas migrantes, etc.… ¿Para qué sirve la cultura si no es para luchar y construir un paradigma más utópico?”.

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