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LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Lo que hay que tener

Foto: DAVID ZORRAKINO/EP

Los independentistas catalanes se parecen, en su cobardía, al joven Casado y a la bella doña Inés. Ninguno tiene lo que hay que tener. Los separatistas siguen dando la matraca, pero les falta coraje para separarse de España. Al negarse a dimitir por el fracaso electoral, los líderes del PP y Ciudadanos empujan a sus partidos a la irrelevancia

22/02/2021 - 

En el loco mundo de los payasos que es la política española, las elecciones catalanas han sido una alegría que, no por esperada, deja de tener enorme importancia. Los independentistas de fray Junqueras y del locuelo de Waterloo han vuelto a ganar, eso sí, con una abstención cercana al 50% que cuestiona el sistema. Una sociedad enferma y una ley electoral tramposa han jugado de nuevo a su favor.

Para los que amamos España porque no nos gusta, el triunfo separatista y la derrota de los constitucionalistas son, si se me permite la cursilada, un rayo de de esperanza para nuestros corazones atribulados. Con un Gobierno rendido a los pies de los separatistas y una oposición de gatillazo, los comicios catalanes son un paso más hacia la independencia. Les animamos a darlo. Ya tardan en volver a intentarlo, mejor hoy que mañana. Una parte considerable de los españoles anhelamos la secesión del Principado porque no soportamos más la matraca victimista de los independentistas.

Que se vayan, que se marchen ya, cuanto antes, pero sin un referendo manipulado y con todas las consecuencias. Nada de doble nacionalidad, ni de ayudarles a pagar las pensiones y la deuda; nada de facilitarles el acceso a la Unión Europea. Que se vayan, aunque nos duela el corazón por esa mitad de catalanes que aún se sienten españoles.

Teodoro García Egea y Pablo Casado. Foto: RICARDO RUBIO/EP

No hay independencia sin violencia

Pero no caerá esa breva. Porque fray Junqueras y la señora Borràs, gigante de la política catalana, son especialistas en amagar y no dar. Les va bien como hasta ahora, con su chantaje diario a un Estado en descomposición que sigue cediendo a sus pretensiones. Quieren que les salga gratis ser la Dinamarca del sur. Todavía no han entendido que nunca habrá una mesa de negociación en Oslo, y tampoco están dispuestos a pagar la factura de dolor y pobreza para alcanzar su objetivo de separarse de España. No hay independencia sin violencia.

“Si no hay un golpe de mano en Génova, Pablo Casado convertirá al PP en la muleta de la muchachada bizarra de Santi el Asirio”

Los amigos independentistas, por los que en el fondo sentimos una cierta ternura, carecen de lo que hay que tener —coraje, osadía y heroísmo— para ser soberanos. Un pueblo que lleva más de 300 años independizándose es, digámoslo claro y alto, muy poco serio. Que aprendan de los portugueses y los holandeses. Esos sí tenían lo que hay que tener.

Los separatistas catalanes son actores de este teatro de máscaras en que se ha transformado la política celtibérica, en el que nada es lo que parece. Todos simulan lo que no son. Por raro que parezca, los independentistas son igual de cobardes que el joven Casado y la bella doña Inés.

Momento chungo para la nación española

El joven Casado tampoco tiene lo que hay que tener en este momento chungo para la nación española. Carece de valentía, astucia y determinación para recomponer el centro-derecha. Después de la debacle del 14-F, el líder conservador anuncia la venta de su sede nacional. En el PP sólo dimiten los edificios. La culpa, claro está, es del malvado Bárcenas y de los señores Aznar y Rajoy, a quienes debe su carrera política. Matar al padre no siempre es un buen negocio. Es imposible equivocarse tanto en tan poco tiempo.

Si no hay un golpe de mano en Génova, Casado —que me recuerda a Benjamin Button porque cada día que pasa parece más niño— convertirá al PP en la muleta de la muchachada bizarra de Santi el Asirio. Yo he decidido poner de mi parte para evitarlo: todas las noches le rezo a una estampita de Fraga Iribarne con el sereno propósito de que tome el control del partido, como hizo durante la nefasta etapa de Hernández Mancha, y ponga las cosas en su sitio.

Inés Arrimadas. Foto: EFE/FERNANDO VILLAR

Al igual que el infante Casado, doña Arrimadas se ha puesto de perfil cuando vienen mal dadas en Cataluña. Tampoco dimite después de haber perdido un millón de votos y 30 diputados. Tampoco tiene lo que hay que tener, esto es, un poco de vergüenza torera para admitir el fracaso colosal de su gestión. ¿Le extraña que el electorado catalán le haya dado la espalda cuando lo traicionó huyendo a Madrid? ¿Cree que el respaldo al Gobierno pinocho en el estado de alarma era la mejor opción para recuperar los votos perdidos en las elecciones generales de 2019?

El liberalismo es un vicio minoritario

A doña Arrimadas se le ha puesto cara de Rosa Díez, aunque sin el vinagre destilado por la vasca. Ciudadanos, partido que contó con mi simpatía y mi voto, correrá la misma suerte que UCD, el CDS y UPyD. El liberalismo es un vicio minoritario en un país que no acaba de sacudirse el pelo de la dehesa.

Reconozcámoslo: el panorama de la derecha patria es ciertamente desolador. Una jaula de grillos, una pelea de pigmeos. Pablo y Santi, ahijados de la señora Aguirre, se pelearán por los restos del naufragio, para regocijo del presidente maniquí que, según me susurra mi amigo Vladímir, duerme a pierna suelta. Al final tendré que darle la razón a Pérez-Reverte y reconocer que Pedro Sánchez es el político más listo —y despiadado— de su generación.

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