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tiempos modernos

Gonzalo Torné: “Hoy Virginia Woolf tendría cuenta de Twitter”

12/02/2020 - 

VALÈNCIA. Conversar con Gonzalo Torné es llenar la habitación de carcajadas. Una, que entrevista a menudo a literatos de toda condición, no está acostumbrada a gente tan brillante que se tome tan poco en serio a sí misma. Por desprendimiento, con la obra de Torné sucede lo mismo: aborda temas trascendentales desde la ironía y la mordacidad más absolutas. Ahora publica en Anagrama El corazón de la fiesta, una suerte de comedia romántica perversa vertiginosa que deja al lector exhausto. Con él hablamos de lo que supone el dinero en estos Tiempos Modernos.

- Una de las primeras cosas que me preguntaba al leer el libro es cómo de fecunda es la literatura del dinero, ¿cuándo nace?
- Hay mucha literatura sobre el dinero en la novela inglesa ya en el XVIII. Cuando empieza a existir la posibilidad de que el individuo se desclase, empieza a escribirse sobre el dinero. En George Elliot, por ejemplo, hay gente a la que desahucian o hay denuncia paródica de la corrupción o del avaro. Eran efectos exteriores del dinero. Pero lo que no había -o había menos- era la voz del dinero, que siempre está sonando en nuestras vidas, lo que podemos hacer y lo que no, y cuántas oportunidades tienes en la vida. Esa era la idea en esta novela: no solo los efectos externos sino como una voz que va sonando incordiante todo el tiempo en la cabeza.

- La novela tiene un ritmo frenético que deja agotado al lector, ¿era voluntario?
- Técnicamente quería que la segunda parte fuera muy rápida, abarcando mucho tiempo vital. Yo le llamo travelling. Hay escenas que están condensadas en un párrafo y que podía haberme demorado en ocho páginas. Podía dejar al lector vivir y acomodarse. Pero yo quería azuzarlo constantemente y crear sensación de violencia con el lector: las frases invitan a pararte y el ritmo de la narración invita a ir hacia delante. La idea era técnica al principio pero luego me di cuenta de que si la novela va sobre el dinero como pesadilla no estaba mal asfixiar un poco al lector. Por eso la novela termina con un ritmo más relajado porque ni yo era capaz de aguantarlo.

-La atmósfera social de El corazón de la fiesta es esta Cataluña tensionada en la que vivimos. ¿Fue tu primera idea contar el asunto del dinero y ubicarla en Barcelona?
-Cuando publiqué hace diez años 'Hilos de sangre' di una entrevista a la agencia EFE y me preguntaron cuál iba a ser mi siguiente novela y les respondí que quería hacer una novela sobre el nacionalismo. No en contra del nacionalismo sino sobre cómo afecta vivir con sentimientos nacionalistas. Diez años después sigo sin haberla escrito. Pero hubo un momento en el que me di cuenta de que los sentimientos nacionales y el dinero pertenecen finalmente a la historia contemporánea de España. Casi se podría definir la Transición como la continuación del caciquismo  por otros medios, ¿no? Me parecía más interesante tomar el ejemplo catalán como un tipo más de cosas que hemos visto en otras comunidades autónomas. Me interesa saber por qué lo hacen, por qué destruyen sus vidas. Siempre decimos: por dinero. Pero bueno, la verdad es que ya tenían un montón de dinero. Entonces, ¿por qué siguen? Esa especie de bulimia me interesaba mucho. Y finalmente tomé el caso catalán porque era el que tenía más cercano, pero luego ya pensé que era interesante tratar otras tensiones sociales, aunque esta no es un novela social porque no hace teoría social. Todo lo vemos narrativamente.

-Tú has dicho que es, más bien, una novela de formación algo perversa...
-Sí, eso me gusta decirlo así que gracias por preguntarlo. La novela de formación tiene un poco de trampa porque está protagonizada por un personaje que siempre tiene un montón de peripecias llamativas  y al final de la novela hay una apuesta y es que ese personaje ha madurado. El proceso de maduración del personaje, por tanto, es un correlato de la maduración que experimenta el lector al leer el libro. Pero, la verdad, es que yo veo a bastante gente que pasa por muchas experiencias y sigue igual. Entonces me parecía interesante que construir este personaje de Violeta Mancebo, que es la persona de clase media a través de la cual vemos la corrupción de los ricos. Y me parecía divertido ver que Violeta pasa por una serie de experiencias -muerte, divorcio, dolor- que tendrían que hacerle aprender muchas cosas, pero que yo no estoy seguro de que aprenda nada.

- Violeta es charnega. Y no sé si en este debate que se ha abierto recientemente a partir del libro de López Menacho, tienes alguna opinión formada. Porque ha estado en la tradición literaria desde Marsé hasta Cercas.
-Una de las cosas que yo pregunté a los amigos al escribir este personaje era si se podía seguir diciendo 'charnego' porque, en verdad, el 'charneguismo' es una situación histórica que es la venida de castellanoparlantes a trabajar a Cataluña. Pero cuando empecé la novela pensé que no podía llamar a Violeta 'charnega' sino, más bien, algo como 'choni' que es lo que reivindican ciertas cantantes trap y que tiene que ver con reivindicar algo que otro mira y asocia con cierta vulgaridad. Violeta es una despolitizada que, de repente, por la tensión social se descubre en una tribu que no es la suya. Pero yo creo que hay una trampa en el charneguismo como contraparte de la burguesía catalana. Es muy jugosa y útil  tanto para los nacionalistas de derechas como para los movimientos de izquierdas pero es falsa porque hay trabajadores cataloparlantes, trabajadores que no son ni cataloparlantes ni castellanoparlantes y también hay una burguesía castellanoparlantes. Esto desactiva la tensión social y la convierte en una especie de tensión nacionalista. El debate concreto yo lo veo un poco raro. Entiendo que es una reacción al procés, es decir, que cuando nace el nacionalismo hay alguien que te dice que solo eres catalán si votas y piensas de una manera y si no eres no sé qué. Y, por supuesto, la gente que no quiere votar eso, reasigna un valor y recoge un término peyorativo. Ahora, darle ya ahí un valor cultural que indica que porque seas charnego te tiene que gustar un tipo de música, por ejemplo, no sé, ya le estás haciendo el mismo juego a toda identidad que, en el fondo, es una locura. 

- También es interesante la correspondencia -o no- entre la identidad íntima y la colectiva. ¿Cómo crees que se afectan la una a la otra?
-Hay mucha reivindicación de grupos representativos que está muy bien: la mujer feminista, la clase trabajadora, la homosexualidad, etc.. pero estas etiquetas que son muy amplias, a la que te descuidas, se vuelven muy estrechas. Porque la buena feminista o el buen homosexual tiene que pensar una serie de cosas y no otras. A mí me gustaba ver hasta qué punto yo era receptivo con el nacionalismo. Por ejemplo, yo entiendo que en un mundo en el que vas a estar setenta años y te van a echar de manera cruel, uno quiera tener cierto sentimiento de pertenencia. Humanamente, yo eso lo entiendo. Ese tipo de pensamiento cuando no encajamos en el grupo que nos representa recorre toda la novela. Ese desajuste interno me interesaba mucho.

- Hablemos de algunos personajes. Sobre todo de los dos femeninos. Ya hemos hablado de Violeta pero, ¿quién es Clara Montsalvatges?
-En cada novela si no me invento una narrativa que no me aburra, no sé como empezar. Ya había hecho 'Hilos de sangre' que era un contraste de voces de generaciones distinta y género distinto; 'Divorcio en el aire' era un misterio sobre el destinatario de una larga carta y en 'Años felices' no sabes quién está narrando hasta que está muy avanzando el libro. Pensé que hay muchas novelas de conversación pero en esta novela pasa otra cosa: un personaje habla, para y comenta lo que ha pasado. Violeta habla en presente, Clara se va a comentar eso de lo que ha hablado y después vuelve. Yo lo llamo, de momento, diálogo desplazado. No lo había visto pero me pareció interesante. Así explicado es complicado pero leído funciona mucho.

- Hay un tercer personaje femenino más pequeño pero muy interesante y tierno, la mecanógrafa Astrid. Y recoge una idea peculiar: que los catalanes sois los nórdicos de la península.
- Es mi personaje favorito porque me permite explicar narrativamente la constitución del catalanismo. Normalmente, parece como si el desprecio fuera estable, pero en el fondo el desprecio es una cadena muy extraña por la cual, a veces, los catalanes decimos que somos los nórdicos de la península, pero cuando un holandés dice PIGS, pues no hace diferencia. Y otro ejemplo tonto que me hizo gracia: yo sabía que a los daneses les llaman los italianos del norte y pensé que eso era algo bueno, pero los suecos lo hacen despectivamente. Entonces es una especie de cadena de desprecio delirante. Y a nivel político esto es muy importante porque, ¿cuánta gente de clase popular vota, no contra la gente que le está fastidiando la vida, sino a una especie de miedo al que es más débil?. Este personaje de Astrid hace ese juego.

- Y el Rey de Cataluña, ¿está inspirado en algún político real?
- Este personaje cumple la misma función en la ficción que la que cumplía Pujol en el mundo real. A partir de aquí todo es distinto porque, ya lo he dicho en alguna pasión, Pujol no tiene categoría para salir en una novela mía. Es un hombre muy triste. Yo necesito personajes un poco más intensos. No es lo mismo lo que hacen ni lo que piensan pero la función en la misma. No es una parodia, no tiene nada 'boadellesco'. 

- Y luego está Barcelona que es la otra gran protagonista de la novela. ¿hay una cierta elaboración literaria de Barcelona como escenario?
- La verdad es que sí. A mí lo que me gusta de Barcelona como escenario no es tanto que salga la Sagrada Familia, sino porque para un escritor es una suerte tremenda: tiene todos los posibles conflictos de clase pero desde dos sensibilidades distintas: la catalana y la castellana. Un libro que para mí ha sido muy importante es 'Els castellans' de Jordí Puntí porque me daba una mirada. Es una ciudad que no es de nadie por esa cantidad de comunidades en conflicto. Está el mar que te da no sólo para descripciones, también la idea de apertura. Y después, Barcelona es una ciudad no asimilada. Es muy difícil que cuando un barcelonés vaya a Madrid piense que esté yendo a la capital, pero nunca Barcelona ha sido nacionalista. Lastra mucho el proyecto nacionalista que en tu capital no te tomen en serio. Al final, Barcelona es una ciudad muy interesante para un narrador porque ha sido ya muy narrada. Tienes a Goytisolo, Marsé, Mendoza...

- Por último, tienes un perfil bastante ecléctico siempre muy vinculado a la literatura pero te has desvelado como un gran tuitero: mordaz y divertido pero tremendamente divulgativo también.
- Pues no es nada deliberado. Me puse en Twitter porque en El Cultural me contrataron para hacer una sección de internet y no estaba en ningún sitio. Me da mucha vergüenza las redes sociales pero ahora mismo es una herramienta perfecta de conocimiento de gente divertidísima e inteligentísima. He creado muchas complicidades. Es un sitio de búsqueda de talento y donde puedo hablar. Yo no tengo internet en el móvil, entonces me tengo que sentar a escribir los tuits. Entonces cuando trabajo en un ensayo o una edición, soy muy hiperactivo y antes me levantaba y me paseaba por el pasillo y ahora pongo la cita en el tuit. Creo que es importante desjerarquizar y el mundo cultural -que debería ser de acogida- no desjerarquiza habitualmente. Entiendo el espacio público como espacio polémico y no tanto de amistad, aunque tenga muchos amigos ahí. Y lo utilizo mucho para preguntar cosas. El nombre de Masclans, por ejemplo, me lo dio un internauta. Lo que sí creo es un escritor debe estar en Twitter porque ves a la gente en el mejor momento para un novelista que es perdiendo los papeles y sabiendo lo que les preocupa. No tengo ninguna duda de que Virginia Woolf estaría -con el perfil de Leonard, quizás- en Twitter, espiando y tomando apuntes.

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