OFENDIDITA  / OPINIÓN

Culpable

16/05/2021 - 

VALÈNCIA. En la tarde-noche de una semana de muchísimo trabajo (una de esas en las que el 80% del día se destina a dos actividades complementarias: ejecutar la faena pendiente y pensar en la faena pendiente), me fui al cine. Tenía la cabeza embotada, estaba saturadísima y no daba para más. Así que me planté con mi hermano en una sala, apagué el teléfono y decidí olvidarme del mundo durante 113 minutos. Me gustaría darme el pisto diciendo que acudí a disfrutar de una gran obra maestra, de un título clave que agitará el panorama audiovisual de los próximos años. Pero esto no es Cahiers du Cinéma y lo que me tragué fue Godzilla vs. Kong. Y lo gocé lo más grande con todos los clichés y tropos sobre pelis de monstruos que están colocados por ahí sin ninguna lógica ni coherencia. Al tuntún más absoluto. Una fantasía. 

No os cuento esto porque quiera convertirme en prescriptora cinematográfica (aunque si el cerebro os pide desconexión neuronal y ver a bichos gigantes zurrándose, ahí dejo la recomendación), sino porque, sorprendentemente, me sentí solo un poquito culpable por haber abandonado mi puesto en pleno Jumanji laboral. Una miaja de remordimiento mientras me preparaba para salir de casa y ya está.

Y eso para mí, autoproclamada emperatriz de la culpabilidad es un breaking news como una catedral. Yo, que estoy abonada a la culpa 24/7 desde el inicio de los tiempos. Que, de cada 12 palabras que salen de mi boca, 10 son ‘perdón’, ‘disculpa’ o ‘lo siento’. Que cada vez que mando un mail me siento en mitad de La cinta blanca de Haneke. La culpa como enmienda a la totalidad, perdón por existir, intentaré existir menos de aquí en adelante, disculpad.

Pero la broma duró poco. En esa maquinaria engrasada a las mil maravillas que es mi sentimiento de culpa, enseguida se empezó a gestar una respuesta nada original: culpable de no sentirme culpable por mi escapada cinematográfica. Sentencia firme. Pues ale, ya está, de vuelta a la normalidad. Me siento culpable por tener la habitación hecha unos zorros, pero si dedico el domingo a ser una ardilla hacendosa, la culpa llega por no estar disfrutando la jornada libre, por no emprender algún plan más estimulante. Y si gasto ese rato en leer y ponerme mascarillas hidratantes (porque a tope con los autocuidados, el tiempo para una misma, etc.), pinchazo de remordimiento por no estar socializando, por tener a las amigas y a la familia abandonadas. 

Vale, pues elijo tomarme unas cañas en el barrio con gente querida. ¡Y unas bravas! 500 latigazos en la conciencia porque, en lugar de abandonarme al hedonismo, ese tiempo se podría destinar a algo más provechoso: estudiar francés, hacer yoga; convertirme en una persona más fascinante, más culta, más solvente, más preparada para el mundo contemporáneo. Culpable por no descansar lo suficiente (ya sabéis, si no duermes bien luego no rindes igual, y eso es lo más importante), pero si me despierto tarde el sábado, vaya lástima haber desperdiciado la mañana. Culpable por no darme un capricho de vez en cuando, que la vida son dos días, y también por si resulta que estoy viviendo por encima de mis posibilidades.

El trabajo tampoco te salvará

Como el ocio se ha convertido en una carrera de galgos, en una sucesión de hypes fugaces y obligatorios, me horroriza no llegar a los 325 libros, series y películas revelación de la temporada. A la vez, también me digo a mí misma que ya me vale por tener tremendas lagunas con los clásicos y haber quitado Hiroshima mon amour a los quince minutos de lo tristísima que me estaba poniendo. Pero, ¡ay, como dedique una tarde a Netflix, con la cantidad de cosas que podría estar haciendo! Y bueno, no hay palabras para describir los remordimientos que me entran cuando paso la tarde volviendo a ver vídeos de YouTube que ya he visto en un millar de ocasiones, ocasión arriba, ocasión abajo.

Una podría pensar que inmolarse en la pira de la autoexplotación podría actuar como salvoconducto frente al reproche interno. ¡Pues claro que no! ¡MEC! ¡Error! Porque siempre puedes hacerlo mejor, currártelo más, dedicarle más horas, entregarte más al oficio, intentar ser más ingeniosa, más brillante, esforzarte másSiempre más, siempre se puede más. Una horita extra más, un cursito que te haga adquirir nuevas habilidades, que aumente tu (¡alerta, toxicidad laboral!) empleabilidad Y ojo como digas que no a algún proyecto, la culpa llega veloz a advertirte de que quizás es la última vez que te llaman, que ya no contarán contigo, te quedarás sin ingresos y tendrás que sobrevivir a base de yatekomos. Pero, ojo, amiga, que cargarte de trabajo tampoco es la solución, pues ahí una vocecita en algún rincón de tu alma te echará en cara que no estás disfrutando de la vida, que el tiempo pasa, que tic tac.

¡La feria de los remordimientos ha llegado a la ciudad!

La culpa es como las rifas de las ferias, siempre toca, siempre toca si no un pito una pelota. Por cierto, qué ganas de montar en el Canguro Loco - o el Saltamontes, o el Grillo, según la atracción que haya recalado en la ciudad- y darme a la suspensión de la realidad mientras suena a todo trapo Cuando zarpa el amor. Ya lo habréis adivinado, en este juego no hay salida buena, no se puede ganar. Porque la vida debe ser 100% monetizable y siempre podrías estar invirtiendo tu tiempo en algo mejor.

Además, la culpa es lista como un mono y no proviene de una sola fuente, sino que mana de varios lugares diferentes, de modo que resulta mucho más difícil sosegarla. Eso sí, siempre con la moral judeocristiana como perejil de todas nuestras salsas. Por una parte, tenemos lo de vivir en un festival ultraproductivista en el que tu valía está ligada a tu eficiencia, así que toda actividad que no sea traducida en objetivos tangibles, toda actividad que no resulte rentable de un modo u otro resulta sospechosa. Hay que vivir en el azuzamiento constante, en la lista de logros, tachando cada meta alcanzada solo para poder añadir una nueva. Debemos maximizar cada hora, exprimir la jornada como Bezos exprime a sus empleados. Parar no es una opción. ¿Estoy aprovechando bien mi tiempo libre? ¿Qué carajo es aprovechar bien el tiempo libre?

Al mismo tiempo, la culpa se siente como pececillo en cristalino arroyo con esa tendencia que estamos cultivando de individualizar los problemas colectivos y criminalizar la disensión, Ante la duda, tu problema es solo tuyo, ya te lo gestionarás como buenamente puedas. Es tu responsabilidad y de nadie más. No vaya a ser que nos pongamos a señalar cuestiones estructurales que nos asfixian a la gran mayoría y se nos acabe el espejismo feroz este de la cultura del esfuerzo y el “Si quieres, puedes (y si no puedes, culpa tuya es)”.

Al apuntarte a la paguita de feminazi te ofrecen suscribirte también a una newsletter con temas de interés para las sobremesas de los aquelarres. Y a estas alturas, ya me he leído las suficientes como para tener claro que parte de esa culpa que llevamos marcadita a fuego en el esternón nos afecta mucho más a las señoras, bien dopadas de presión social para ser y estar siempre perfectas. Complacientes pero no empalagosas, atractivas, pero no presumidas; interesantes e ingeniosas, pero sin resultar apabullantes. Demostrando todo el rato que no somos un puñetero fraude. Con esos mimbres, ¡menuda autopista sin peajes al remordimiento y el reproche constante nos hemos montado, amigas!

Lo más retorcido de la culpa es que no soluciona nada. Una se queda paralizada, se enmohece por dentro, se flagela...y ya está. No hay nada transformador ni emancipador en sentirse culpable. Pero la culpa es una buena droga y, como en toda adicción, cuesta muchísimo no volver a por una dosis más.