X AVISO DE COOKIES: Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Aceptar Más información

LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Esa actividad conocida como 'pinchar'

20/08/2017 - 

VALÈNCIA. Supongo que poner música en público es una extensión lógica de mi trabajo. Empecé a hacerlo a mediados de los ochenta, cuando en Brillante algunos de los clientes habituales con “perfil artístico” (es broma) teníamos bula para pasar a la cabina y poner música. Ese fue el comienzo de algo que en realidad se ha perpetuado como un vicio, un hobby, un ejercicio de vanidad y también una fuente alternativa de ingresos si se da el caso.


Yo lo hacía algunas noches, usando los vinilos del local y alguno que me llevaba de casa en aquellos tiempos, 1986, 1987, 1988, descubrimientos que en muchos casos compartía con César Pérez y Rafa Villalba. Poner música, eso que desde hace tiempo llamamos pinchar. Una expresión fea como pocas, que cuando la uso (la pereza a veces gana), me hace verme a mí mismo como si estuviera poniendo inyecciones en un ambulatorio. Como todo acto que va perdiendo su intención original con el paso del tiempo, pinchar es una expresión que se me antoja cada vez más y más vulgar.


Poner música entonces, era darle continuidad a mi trabajo como crítico. Yo, más que crítico, siempre me he sentido divulgador. Pensemos que hace 30 años, ciertas músicas y ciertos nombres eran poco conocidos o completamente desconocidos. Apostar por ellas era casi una misión divina. Ahora todo es más sencillo, aunque a veces sigue siendo complicado convencer a más de cuatro de que, entre toda esa vorágine de músicas, hay algo ahí, moviéndose, que realmente merece la pena destacar  por algún motivo. Ahora, a los que tienen un predicamento sobre la actualidad musical les llaman prescriptores, que es como lo de pinchar. Dime que fulano es un prescriptor y ya me lo imagino con una bata blanca firmando una receta para el consumo de un disco concreto.


Gran Vía de Madrid sessions

Con el tiempo volví a poner música en público, en los dosmil, en Madrid. Fue coincidiendo con una época en laque salir volvió a parecerme divertido –o no rutinario-. Fue gracias al Ocho y Medio cuando estaba en Mesonero Romanos. Allí volví a poner música, a veces solo, a veces con amigos como Moli y redescubrí la sensación de experimentar cómo las canciones que eliges hacen que la gente disfrute. O no. A partir de ahí, poner música se convirtió en una especie de complemento profesional. Era una época en la que la gente volvía a bailar pop electrónico y también había mucho para elegir. Pasé por clubes diversos de Madrid, por Chicote, el Elástico y también por algunos de València. Poner música, ejercer de dj (otra expresión que me supera, aunque al menos esta no tiene analogía médica) se convirtió en una especie de costumbre irregular que me llevó a Bilbao, al Pink Club que llevaba José Luis Rebollo, mita de Chico y Chica, e incluso a un festival en Macael, Almería que me permitió compartir platos con mi querido Manolo Crespo. Allí estábamos los dos, a la cinco de la mañana, delante de un público que lo único que quería era escuchar trance. “Poned tribal, poned tribal”, nos decía uno de los encargados mientras le mirábamos como si hablar magiar. Poner música cuando no eres un dj famoso implica el riesgo de surcar el caos más absoluto a la hora de trabajar y más todavía a la de cobrar.

Moli (Foto: Rafa Cervera)Bailad, malditos

Poner música es divertido a veces. No siempre, porque considero que si estoy en un local público haciendo esa labor, he de intentar que la gente esté a gusto con lo que suena, sobre todo si  los parroquianos quieren bailar. Ir a poner música para sentar cátedra no es una posibilidad que contemple. Yo voy a entretener y eso lo puedes hacer de muchas maneras –poniendo canciones conocidas, poniendo canciones desconocidas pero que molen-, pero si yo no me lo paso bien, la gente que escucha lo que pongo, tampoco. Y de noche, en un bar, lo fundamental es divertirse y hacer que la gente baile o simplemente disfrute con lo que suena. Poner música es un ejercicio en el que ha de prevalecer una coherencia y ha de haber una cierta fluidez. Esa fluidez intento aplicarla con instinto y sin prejuicios, ya que técnicamente no sé hacerlo. Para alguien como yo, que técnicamente es negado, la posibilidad de pasar de Prince a los Sex Pistols sin que a alguien le dé un ictus es nula.

La técnica. Siempre me tienen que recordar dónde están las ganancias, y yo sigo sin distinguir muy bien para qué sirven los mandos clave de la mesa. Detesto que la gente venga a hacerme peticiones, por dos motivos. Uno, porque no les oigo y me ponen en un aprieto. Dos, porque normalmente te piden canciones que no tiene nada que ver con lo que estás poniendo. A mí jamás se me ocurriría ir a la cabina a pedir una canción. Pero si la petición tiene una cierta coherencia, me esfuerzo por complacer. Hay gente que piensa que lo peor que le puede ocurrir es que le pidan ‘La bicicleta’ de Shakira. Pues no. Eso sí, el verdadero infierno llega cuando alguien se parapeta frente a la cabina y quieres conversación. No os enfadéis conmigo si apenas os hago caso. No oigo, tengo potencia de voz y, sobre todo, soy muy limitado. Si hablo no puedo elegir canciones, si no elijo canciones, se acaba la que está sonando y sobreviene el desastre.

FIB 2014

Mi momento culminante en estas lides, las de poner música, fue cuando estuve en el FIB 2014. Creo que lo que puse gustó, aunque eso nunca es posible saberlo del todo. Había un tipo inglés que llevaba una camiseta que decía “Oooh Rafa Cervera”. Al principio pensé que era una broma. Pero no, el tío, Terry Armstrong (desde entonces somos amigos en Facebook) es un admirador y estaba con sus amigos en primera fila. Es maravilloso tener un único fan pero que sea un fan así. Hace unas semanas vi otra foto de Terry en el MadCool; llevaba la camiseta con mi nombre. La experiencia en el FIB fue, por motivos evidentes, la más placentera que he tenido en estas lides. Durante un minuto me sentí como Springsteen y me arrepentí de no haber llevado bailarines porque visualmente, verme con los auriculares tras una mesa de mezclas no tiene mucho interés. Pero fue una ocasión única. Después de eso, ¿qué me queda? Soy el único periodista musical que la primera vez que fue a un festival (bueno, en 1995 estuve en el Espárrago Rock) no fue a cubrirlo sino a subirse a un escenario. Cada día estoy más convencido de que soy el Ignatius Reilly del periodismo musical español.


Cada vez pongo menos música. Por cansancio y porque apenas compensa el esfuerzo físico con la compensación económica. Además, creo que el acto de pinchar está cada vez más devaluado, y seguro que hay gente que piensa lo mismo cuando me ve a mí haciéndolo, que encima no llevo vinilos y uso gadgets electrónicos y no sé cuadrar bombos. Están en su derecho. Para mí poner música es como una playlist que uno hace en tiempo real y de cara al público. Algo que luego puedes volver a escuchar. Una especie de obra que hay que tratar de una manera muy determinada. O algo por el estilo.

Noticias relacionadas

next