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socialmente inquieto / OPINIÓN

Todo quedó en casa 

23/12/2019 - 

Tener delante la obra de un personaje ilustre que tanto hizo y tanto tenemos que contar de sus hazañas y de su liderazgo, es un lujo para el erudito. Y es un privilegio para la imaginación que se precipita a contar de él tantas cosas de golpe que no hay folio en blanco que lo resista. Para todo, la precipitación es una mala compañera de viaje. Y por serlo, permitan que empiece desde el sosiego y la mesura de quien quiere contar muchas cosas.

¿Quién es este misterioso personaje, protagonista de este artículo?. Bien haremos por guardarle respeto porque se lo ganó en vida y lo recordamos en los anales de nuestra historia, además de dar nombre a una de las calles de Alicante. Se dijo de él que era el mejor entre sus iguales, tenía el rostro grande, ojos negros, brazos gruesos y bien hechos, hermosas manos, bien echado en las armas, fue valiente, y tenía una astucia y un talento poco común. Lo demostró. Para ser quien fue en aquella época necesitaba de una personalidad especial.

Dejó escrito el relato de los hechos de su vida. No quería interpretaciones ajenas, ni la posterior manipulación de sus decisiones y los acontecimientos de los que formó parte. Listo él, ya saben.

Fue el padre de Doña Violante y el suegro de quien sería Alfonso X el sabio. De la primera se tiene buen recuerdo en uno de los barrios más populosos de Alicante por ser causa de su nacimiento, nunca mejor dicho. Los otros dos son recordados en Alicante por muchas cosas y, una de ellas, por expulsar a los moros de estas tierras en varias ocasiones, que entonces se dedicaban a eso. Unos fueron los conquistadores, otros las víctimas por no cumplir el pago del vasallaje con quien se habían comprometido.

Supongo que ya saben a quién me refiero. Aciertan. Es Jaime I el Conquistador. Y ya verán por qué lo menciono, no sólo por sus conquistas, por su carácter, por su diplomacia, o por sus maneras de hacer sus asuntos, sino también por otra cosa. Ahora se lo cuento, no se me impacienten.

Situémonos en el Alicante del siglo XIII. Ya saben, ese Alicante amurallado a los pies del Benacantil. La Villa Vella. Con esa gran puerta Ferrisa, de la que sólo queda un lienzo de una de sus torres que había a cada lado con el que podemos imaginar el tamaño y la monumentalidad de esta puerta (claro que de las otras puertas de las murallas de Alicante no queda nada. La rapidez por el desarrollo de la ciudad y la especulación del ladrillo terminaron con ellas, ¿les suena?). Esta es la ciudad de Alicante que se encontró el príncipe Alfonso, hijo del rey Fernando III de Castilla, una ciudad pequeña intramuros, con casas extramuros diseminadas por aquí y por allá.

Gracias a los Cronistas podemos contar muchas cosas, lo fueran árabes o cristianos. Entre los primeros, Ibn Jaldún nos contó que el último Gobernador musulmán de Alicante - Zayyan - salió por patas abandonando la ciudad ante la presión del citado príncipe castellano y su ejército (1247) quien conquistó el castillo el 4 de diciembre de 1248, poniéndole el nombre de Santa Bárbara por coincidir ese día con la celebración de la festividad de esta santa, según nos cuenta Viravens en su Crónica.

Entonces ya eran pujantes los reinos de Aragón y el de Castilla. Y por serlos, se repartieron el territorio limítrofe entre ellos para que no se enfrentaran sus ejércitos. Para esto firmaron el Tratado de Almizra (26 marzo 1244) según el cual trazaron una frontera imaginaria desde Biar, Villena, hasta la costa mediterránea por el barranco de Aigües. Quedaba al norte el reino de Aragón y al sur el de Castilla.

Tras fallecer el rey Fernando III de Castilla, Alfonso X el Sabio heredó esa Corona (30 mayo 1252). Este nuevo rey castellano colmó de privilegios a Alicante dándole a esta villa la categoría de las mejores ciudades de Castilla (25 octubre 1252).

En Murcia, los musulmanes debían vasallaje al rey de Castilla. Se sublevaron en 1260. La pela es la pela, debieron pensar, y antes que darla, mejor gastarla. Quizá no esperaban la reacción del nuevo rey castellano quien, desbordado por la gravedad de la revuelta, pidió ayuda a su suegro el rey Jaime I de Aragón quien acudió con su ejército. Este rey aragonés estaba dotado para la guerra y no tuvieron que convencerle para venir en ayuda de su yerno.

Antes de ir a por los musulmanes rebeldes, Jaime I estuvo y pasó las Navidades en Alicante en 1263 (posteriormente también después del asedio de Murcia por su hijo el Infante D. Pedro en 1264). Se hospedó en el palacio de Mingot, que estaba edificado en la villa nova. Lo cuentan la Crónica de Viravens, así como la Crónica de Bendicho. Jaime I volvió a Alicante en febrero de 1265 después de pacificar Murcia para su yerno. En Alicante mandó purificar y bendecir la mezquita que los musulmanes tenían en la villa vella. Jaime I quiso rendir tributo de gratitud a Dios por los favores que le dispensó en sus batallas, dedicando esta iglesia a la Virgen María en su gloriosa Asunción, cuyo ministerio era muy venerada por la reina Violante.

Ya ven, todo quedó en casa entre yerno, suegro y una mujer bella con personalidad propia.

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