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vals para hormigas / OPINIÓN

Sin sentido

26/09/2018 - 

Es imposible encontrarle un sentido a un parricidio como el que sucedió ayer en Castellón. Creemos tener respuesta en el hecho de que la única manera en la que un padre puede asesinar a sus hijas de tres y seis años es por venganza. De tres y seis años. Y, probablemente, ese sea el desencadenante inicial de la situación. La venganza por un divorcio inminente, por haber escapado al control, por someter al exmarido al escrutinio público, por demostrar que nunca somos el límite de la vida de nadie. No cabe otra explicación para pensar en matar a tus propios hijos. Pero después hay que ir a la cocina de madrugada, abrir un cajón, elegir un cuchillo afilado, recorrer el pasillo hasta llegar a la habitación de las pequeñas, apuñalar a la mayor, quizá, que es la que mejor puede percibir el terror, girarse, atacar a la pequeña, que tal vez no haga más que llorar, bajar los brazos, contemplar la escena, despertar del odio. Para todo esto, no hay sentido, ni excusa, ni plan. De ahí que no haya otra salida que una ventana en un sexto piso. Y el suicidio.

No hay final con luz en este túnel del terror. Pienso en la madre de las niñas, castigada por atreverse a respirar fuera del agua y sentenciada a un imposible. Hablo con mi madre y ella piensa también en los padres del asesino. Ajusticiados casi por omisión, porque el odio focaliza la mirada en un solo punto. Alguna vez habría que prestar atención a la familia de los verdugos. Quizá ya se ha hecho, más allá de ejemplos como la película Tenemos que hablar de Kevin. Nadie sale inmune de algo así. Nadie es impermeable al asesinato de unas niñas de tres y seis años. De tres y seis años. Atiendes a la noticia y es como si el tiempo se detuviera y tuvieras que tomar aire durante un rato para volver a respirar. Para poder gritar. Como en un mal sueño.

Esto no va a acabar. Ni en esta ni en la siguiente generación. Es demasiado sencillo destrozar la vida de una persona. Y ninguna medida institucional o pública será efectiva mientras no se empiece en casa. Las niñas van cobrando conciencia de su lugar en el mundo y de cómo quieren transformarlo. No sé si los niños reciben de sus padres una educación que de verdad conduzca a erradicar los malos tratos, la condescendencia, la tiranía de los instintos y las teorías supremacistas del hombre sobre la mujer. La imagen que llega desde fuera -no tengo hijos-, siempre generalizando y, por tanto, con un margen de error que sobrepasa todos los límites establecidos, es que los padres tratan de delegar en otras figuras, como los profesores, la educación de sus hijos. Como si no quisieran enfrentarse a sus caprichos. Y no. Como en todos los órdenes de nuestra sociedad, la única solución para cuestiones como la violencia machista está alrededor de la mesa del comedor, con la televisión apagada y los oídos atentos. Junto a la cama donde se leen los cuentos cada noche. En el ejemplo que un padre da a su hijo, en la modulación de la voz de una madre, en la mirada firme de una abuela. Luego llegan los profesores, los trabajadores sociales, los psicólogos e incluso los tribunales. Pero para que esto no vuelva a suceder, en una, dos o tres generaciones, hay que empezar ya. Todos. Y sin descanso.

@Faroimpostor

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