Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

VALS PARA HORMIGAS / OPINIÓN

Símbolos alicantinos

14/11/2018 - 

Andan los símbolos alicantinos últimamente en un sinvivir. Porque el alicantinismo, más allá de la coca de mollitas, el buen clima y la desidia general, también tiene símbolos. Que no todo va a ser quejarse del maltrato valenciano, menospreciar a los ilicitanos, recelar de los turistas, especialmente si son madrileños, o contemplar la troquelada fachada litoral desde el Castillo de Santa Bárbara. Primero llegó la marcha de las Clarisas de la Santa Faz. Las pobres monjitas se subieron a un vehículo de noche, para no molestar, y desataron la apertura del Séptimo Sello. O no, porque en esta ciudad, uno nunca sabe si las polémicas surgen o se hinchan convenientemente. El caso es que a la reacción lógica del entramado clerical, se unió la del Ayuntamiento, que apostó a sus agentes de la ley junto al camarín. Y en cabeza de todo el destacamento, el alcalde, que regaló hasta su firma para la restitución de la normalidad. Luis Barcala es tan letraherido como guardián de las esencias. Lo cual quiere decir que sabe leer, sabe lo que lee y sabe que las noticias sobre la Santa Faz están entre las más leídas por parte del electorado. No en vano, y después del riguroso control del botellón, el colectivo político es uno de los más visibles dentro de la Romería. El monasterio es la primera estación de todo buen alicantino. Los desarraigados preferimos las calles vacías, la sombra de los almendros o el primer chapuzón de primavera en la playa, como todo el mundo sabe.

Después llegó el turno del Hércules. La segunda estación. Aficionados locales y del Castellón se reunieron en una coreografía de aquelarre y patadas en las articulaciones de las que no se vieron en el Mundial de Rusia. Hay cierta ingenuidad en los grupúsculos de hinchadas que celebran la fiesta del fútbol con bates y puños americanos y camisetas neofascistas y bufandas del todo a cien. Primero, porque se aíslan de la sociedad que, de verdad, quiere ver percutida la red de la portería contraria. Y segundo, porque da la impresión de que se rodean a sí mismos, como un pelotón de torpes, para facilitar su localización y detención por parte de la Policía. El balance de heridos y detenidos, los disparos al aire de los agentes y los comunicados municipales posteriores no se debieron esta vez a la política, sino a la mera difusión de un suceso. Y como tal, cualquier esfuerzo encaminado a la erradicación de la violencia en los ámbitos deportivos no puede ser menos que aplaudido, incluso por los desarraigados que cuando oímos hablar de los colores blanquiazules, solo pensamos en la albiceleste. Pero el uso político actual del equipo de fútbol de la ciudad no está tan claro. Está demasiado teñido de lamparones y rodales de reuniones clandestinas y restos de ceniza de puro. De rotuladores de colores y rasguños de abrecartas. Mientras no cambien las cosas, acudir al palco del Rico Pérez te convierte en sospechoso. Aunque sea de cruzar la calle sin mirar. Y, con las elecciones a la vuelta de la esquina, más vale evitar polémicas.

Aún quedan incólumes en este revuelo de símbolos las Hogueras. La tercera y última estación. Pero son como Mahoma, nadie se atreve a profanarlas. Y tampoco aguantan ni un chiste.

@Faroimpostor

next
x