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El imperio español de los Calzados Segarra

  • La empresa fue el motor de la economía local.
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Hay que situarse en el túnel del tiempo, fíjense si queda lejos, cien años antes de la exposición del Naranjito, en un enclave ajardinado y un valle dominado por los cítricos. Les voy a narrar, sin ser un guion de Cuéntame, un poco de la historia familiar de una empresa que fue líder en España y parte de Europa en el sector del calzado civil y militar.

Geográficamente, el mapa del territorio valenciano nos ubica en el polo opuesto de la mitificada provincia textil de Alicante. La Vall d’Uixó, hacia 1882. La equidistancia en algunos momentos llama a la puerta de la proximidad, y proximidad fue lo que, en su día, en una tierra labrada por las alpargatas o espardenyas acabaría por transformarse en un calzado adaptado a los tiempos, apto para todos los públicos.

A finales del siglo XIX, este municipio, de la comarca de la Plana Baixa, contaba en su padrón con alrededor de 8.500 habitantes. A los vecinos de La Vall se les conoce con el calificativo de valleros. Trabajaban principalmente la tierra, la ganadería y los cítricos. Lo siguen haciendo con el mismo tesón y fervor que antaño, y la misma fe que pusieron sus antepasados. La agricultura era uno de los principales motores de una economía local guiada por el don de un comercio regentado por artesanos. Oficios diversos: forjadores, sastres, zapateros y un largo etcétera. De aquel nutrido y experimentado grupo de pequeños emprendedores que querían labrarse un futuro en aquella España rural destacaría la figura de un visionario: Silvestre Segarra Aragó.

Los orígenes familiares

Algunos historiadores relatan que la tradición por el corte y confección de las alpargatas en este pequeño municipio castellonense se remonta a la mitad del siglo XVIII. Unos años antes de iniciarse el conflicto colonial que libraría España con Marruecos vino al mundo Silvestre Segarra Aragó (1862-1941), en el seno de una familia modesta. El niño se formaría en el aprendizaje de la educación y cultura popular.

Sin grandes medios, escasos estudios y pocos recursos, el joven demostraría grandes dotes y habilidades en diversas artes y oficios. A Segarra se le atribuye el inicio de la actividad en la alpargatería en 1882, cuando, con apenas veinte primaveras recién cumplidas, deambulaba y comerciaba para ganarse la vida con las primeras piezas que cosía de una manera más primitiva.

No es de extrañar que tras su periplo por el «rompan filas», cumpliendo con el servicio militar, se disparara su atención en cómo reforzar las alpargatas y botas de los soldados españoles para competir con otros ejércitos extranjeros en la línea de combate. Silvestre vería un buen filón si conseguía amarrar un contrato para suministrar alpargatas al ejército.

Además, había que calzar a una hambrienta y desesperada población explorando nuevas técnicas y perfeccionando las existentes del momento, sin muchos sobresaltos para los bolsillos de los valleros y del resto de vecinos de las poblaciones colindantes. Esa era la constante pregunta, siendo Segarra la decidida respuesta. Un teorema que se resolvería bien entrado el siglo XX.

  • Silvestre Segarra con sus hijos Amado y Ernesto, y sus nietos Silvestre y Vicenta. 

Desarrollar un buen calzado masculino era la estrategia empresarial de la familia Segarra. Silvestre Segarra había contraído matrimonio con Teresa Boning en 1885. Fruto de la unión vieron la luz cuatro hijos (Silvestre, Amado, Ernesto y Teresa). Según testimonios locales, la primera apertura de un pequeño taller fue cercana a 1906. La ubicación conocida hace referencia a la plaza del Santo Ángel. Aún quedaba lejos la estampa y el sello de la imagen corporativa que cosecharía tantos éxitos en un futuro. Junto al mayor de sus hijos, Silvestre Segarra Boning (1886-1967), y la esposa de este último, Josefina García Moya, se sumarían unos cuantos operarios que se organizarían en torno a la fabricación de alpargatas y botas.

Debían abandonar materiales obsoletos utilizados en anteriores épocas, como el esparto, el cáñamo o el algodón, entre otros. Renovarse o morir. Manos a la obra: comenzaron por mejorar el calzado en todos los acabados. En 1912 se constituyó la mercantil Silvestre Segarra e hijo, Sociedad Regular Colectiva.

Proveedor del ejército español

Posiblemente ya había habido contactos con responsables militares anteriores a 1916, que, según una fuente, registra un importante pedido de dos mil pares de botas, conseguido a través de una subasta gracias al olfato y tenacidad de su primogénito, Silvestre Segarra Boning, con el fin de servir al Regimiento de Artillería de Montaña de Vitoria, y otro con destino a la Tacita de Plata (Cádiz) para el Regimiento Álava 56. Fruto del aumento de la producción, que tan excelentes resultados cosecharon tras pasar el control de calidad del tribunal militar, la familia se asentaría en Cueva Santa en 1919, inaugurando otras instalaciones que verían aumentar el personal laboral de la mercantil.

La aperturista década de los años veinte, «aquellos maravillosos años», buscaba ampliar un mercado a priori virgen, hecho que depararía un mayor crecimiento, la internacionalización de la producción y el desarrollo de la empresa, paralelamente a una España que se enquistaba con su país vecino en una contienda militar (el Rif, Marruecos), y que se iría alargando con el devenir de los años, beneficiando los intereses económicos de los Segarra.

Había que dar con celeridad una respuesta a la solicitada demanda. Los conflictos bélicos y la sociedad civil reclamaban nuevas atenciones, mejoras en los diseños y un mayor estocaje. Por ello, Segarra viajaría a los Estados Unidos de América para solventar dicha ecuación. En el país de las oportunidades se haría con máquinas de la industria United Shoe Machinery Company, motores avanzados y preparados para solventar la producción de calzado con un estilo más festivo de corte de lona piqué y piso de yute.

Dicha operación fue de tal envergadura, elevando el riesgo financiero, que necesitaría financiación externa, a la que recurrió a través de créditos a la banca, a particulares y a prestamistas privados. Los Segarra no dejarían de innovar, adquiriendo la patente Goodyear Welted, que permitió mecanizar, organizar y optimizar aún más la producción, facilitándola con las mejoras pertinentes y dando equilibrio a una bota elaborada de pies a cabeza en cuero.

Buena parte de culpa la tendría el cambio de régimen en España, tras la entrada en el Gobierno de Miguel Primo de Rivera (1923-1930), hecho que cambiaría las cosas en el pliego de las subastas públicas, reconvirtiéndolas en un concurso único. Aquella medida aminoraba las tareas a la familia Segarra, reduciendo la burocracia a mínimos y optando al contrato con el resultado de conquistar el casi total monopolio de la venta y distribución de calzado al ejército español.

  • Un trabajador confeccionando la suela de los zapatos. 

La Fábrica

Cueva Santa se achicaba. Había que trasladar a otro emplazamiento toda la maquinaria pesada, despachos, almacenes y personal laboral, buscando un espacio mayor para forzar una salida airosa del casco urbano. La familia Segarra se detendría en un punto del extrarradio de La Vall, fijándose en unos terrenos agrarios situados en la carretera que conectaba con Xilxes, para levantar los cimientos de lo que se apodaría, en letras mayúsculas, como La Fábrica.

En 1931 levantó la persiana, estableciendo definitivamente su lugar en el tiempo y creando una industria moderna y competitiva. Si Segarra crecía, La Vall d’Uixó también lo haría. Y no solo empresa y municipio irían cogidos de la mano: el amplio Pantone de referencias de calzado y complementos de piel les acompañaría en tan magna odisea.

Siguiendo la tónica empresarial del calzado militar, y habiéndose garantizado el jugoso contrato, convirtiéndose en proveedor oficial del ejército, le tocaría el turno al calzado civil y al resto de complementos para allanar el camino hacia la eliminación de las barreras económicas generadas por las altas comisiones costeadas a los intermediarios.

Los Segarra pensaron que, aperturando sus propios locales de venta, se ahorrarían cientos de miles de pesetas. Los productos se distribuían en pequeños comercios de la península. La red alcanzó medio millar de distribuidores que, con esa fórmula mágica, fueron instalándose en locales de barrios de las principales capitales españolas para acercar su catálogo a miles de consumidores. Madrid, Barcelona, València, Zaragoza y Sevilla, entre otras urbes, conocerían de primera mano los innovadores diseños y modelos para la temporada, a un precio más reducido durante la década de los años treinta.

II República y Guerra Civil

Con la entrada del nuevo gobierno de la II República, el sustancioso contrato militar vería mermados los ingresos. Los republicanos rebajarían el número de soldados en las filas del ejército, reduciendo los beneficios de los Segarra. A este inconveniente se le sumaría el golpe militar del 18 de julio de 1936, que depararía en la Guerra Civil española. Durante los combates, La Fábrica fue intervenida y colectivizada por los agentes sindicales. Los daños materiales fueron irreversibles y los muros de la fábrica fueron salpicados por los cañonazos. Una vez finalizada la contienda, los Segarra recuperaron la mercantil, reconstruyendo y levantando las paredes de lo que había sido, sin duda, el hogar por excelencia del calzado español.

La familia

La guerra formaba parte del pasado. Reconstruir las vidas de los españoles, con un país devastado de norte a sur y de este a oeste, solo se podía hacer con la clásica ingeniería de una sociedad hambrienta. Los Segarra no tardaron en volver a encender unas máquinas que ni las bombas pudieron silenciar. El ruido de los motores volvió a escucharse. Había mucho que coser. Replicar un imperio como el que había levantado de la nada la familia Segarra no era tarea fácil, pero tampoco imposible.

La mercantil Segarra e hijos, adaptada de nuevo en el registro, formalizó el consejo de administración de la empresa con la incorporación a la primera línea de la segunda generación, salvo Teresa, que participaría accionarialmente en la sombra en la sociedad. Adelantándose a su época, los Segarra compitieron en un mercado publicitario en el que marcaban tendencia los electrodomésticos o los televisores. Así rezaban los eslóganes que acompañaban a la venta al detalle:

 

– Cuestan menos, duran más.

– De la Fábrica, a tus pies.

– ¡Señoras! Vuestro calzado. ¡Ya no es solo

    para hombres!

– Del fabricante al consumidor.

– Nuevo manantial de economía,

    modelos para todos los gustos.

– Toda persona elegante, práctica y bien

    administrada usa Calzados Segarra.

– La mayor producción de España.

– ¡Segarra, resisten!

 

La 'ciudad' Segarra

La posguerra fue un tiempo de oportunidades. De volver a empezar. De llegar a lo más alto. Por ello, la dirección de la mercantil dio un paso más decidido acercando las vidas y las familias de los trabajadores a La Fábrica, construyendo un nuevo barrio o colonia al costado del rugir de las máquinas para que los trabajadores se sintieran como en casa.

Un modelo condicionado al desarrollado por la jefatura de la dictadura franquista, que sectorizaba por barrios los oficios, creando nuevos espacios de convivencia en pequeñas ciudades: pescadores, astilleros, portuarios, etcétera. Cien viviendas se ejecutaron, entregando las llaves a mediados de los años cuarenta, en un proyecto que no solo se quedaría en eso.

El personal laboral disfrutaría de un economato, de una clínica, de biblioteca e, incluso, de un campo de fútbol que portaría durante unos años en su luminoso el nombre de Piel (en clara alusión al material utilizado en la fabricación del calzado). Durante la creación del megaproyecto de la colonia, la gran familia Segarra vería morir (1941) al padre fundador.

La gran expansión de la empresa

La producción no cesaba y la mercantil contaba con una plantilla que superaba la cifra de 1.500 trabajadores, debido en gran parte a haberse asegurado el contrato de la gallina de los huevos de oro con el Gobierno español, que acaparaba casi el total de los ingresos de la empresa. A esta fuerte inyección económica habría que añadir un ingrediente más: la red de tiendas propias que, rozando el centenar, estaban repartidas por las ciudades españolas. Por ello, la figura de Silvestre Segarra Boning, hijo del anteriormente fallecido, fue clave en la expansión nacional e internacional, yéndose a vivir a la capital de España.

Desde Madrid controlaría el negocio y estrecharía las amistades con las principales autoridades del régimen. Los años cincuenta y sesenta fueron los más relevantes en los positivos balances comerciales de esta empresa familiar que había conquistado los hogares españoles. Con un mercado interior atomizado, los Segarra darían el salto a las principales ferias de muestras de Europa y América, incluso exponiendo su línea de productos en los Estados Unidos.

  • Una de las tiendas de Segarra. 

En 1968 diría adiós Silvestre Segarra Boning, el gran artífice de posicionar la marca y alcanzar el pico económico bajo su dirección. Tras su muerte vendrían los problemas generados en las clásicas empresas patriarcales o familiares como el miedo del guardameta ante el penalti: el relevo generacional.

Si al coste humano le sumamos los elevados costes de fabricación, el alto número de empleados, las crisis económicas y la competencia feroz de otros mercados que entraban en escena, Calzados Segarra vería claramente afectada su viabilidad durante la última década de actividad (años setenta).

Llegados a ese límite, en septiembre de 1976, la empresa se declararía técnicamente en suspensión de pagos. Una empresa que fabricaba más de tres millones de zapatos al año sería, dos años después, nacionalizada por el Estado para posteriormente cerrar sus puertas.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza


 

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