Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

vals para hormigas / OPINIÓN

Ojos cerrados de par en par

20/05/2020 - 

Me asomo a mi calle desde el balcón y veo rellenos los huecos que faltaban. Las cristaleras de los comercios abiertas como ventanas en primavera, después de haber permanecido cerradas como el cofre de los tesoros. Los uniformes chillones de los vigilantes de la zona azul, semáforos ambulantes de la nueva normalidad. Las compras pequeñas de almuerzo y siesta de los obreros de la construcción. El zumbido de las motos, las charlas por teléfono, los saludos distanciados de quienes no se ven desde mediados de marzo, los portazos repentinos con los que vibran las corrientes de aire. La instalación de mamparas, los arreglos pequeños para los que siempre hay tiempo. El gorjeo de los estorninos acallado otra vez. Toda una vida impaciente, huidiza, temeraria o circunspecta que se va acostumbrando a las mascarillas como aquellos japoneses de Tokio que tanto nos llamaban la atención no hace tantos meses atrás. Cuando la amenaza era la atmósfera y no queríamos saberlo. Toda una vida que suele plegarse al atardecer como los juguetes de los niños obedientes.

Vuelven a oírse voces en una ciudad que se debate, como todas, en todas partes, entre la prudencia y la necesidad. En un país que se balancea, como todos, en todas partes, entre la agorafobia y la claustrofobia. Pero con esa tendencia al abrazo y el contacto que no tienen los del norte. Y con esa manía de discutir como en Dibullywood, arrojando pianos desde las alturas o activando puños con resorte marca ACME. Hay quien no sabe qué hacer para dar de comer a sus hijos. Hay quien no sabe qué hacer para visitar a los suyos sin miedo. Y hay un Gobierno y una oposición, probablemente daría igual si los papeles estuvieran cambiados, que no sabe desempeñarse en el centro de la rosa de los vientos. Somos un pueblo extremo, goyesco y centrífugo. Atropellado e impetuoso. Entre la improvisación y la picaresca. Incapaz de conciliar.

Un leve claxon en una esquina demuestra que hemos superado lo imposible para adentrarnos, otra vez, en lo previsible. La mitad estaremos barajando el primer paso y la otra mitad estaremos calculando ya el quinto. Acabamos de recuperar nuestra sombra, que perdimos durante el confinamiento, y volvemos a decantarnos por Wendy o Peter Pan. Sin término medio. En el bando de la salud o en el de la economía. En el de la prudencia o en el del albedrío. En el de las fórmulas o en el de los algoritmos. En el de la empatía o en el del desapego. En el de la confianza o en el de la furia, ciegas las dos. Incluso en el de las cuentas corrientes o en el de los repartos de beneficios. Volar hacia Nunca Jamás en mallas verdes o en camisón blanco. Sin reparar en que ambos bandos tienen un punto común, un villano enfrente, un Capitán Garfio al que cabe derrotar para que volvamos a tener la capacidad de elegir.

Me asomo a mi calle por el balcón y los vehículos vuelven a ceder el paso a los peatones en los pasos de cebra. El eco del vacío ya ha desaparecido. Los paseos vuelven a tener un destino fijado de antemano. Y con todo aún por hacer, lo urgente es abrir los ojos. Que históricamente, y como tituló Kubrick su última película, los hemos tenido cerrados de par en par.

@Faroimpostor

Noticias relacionadas

next
x